LA HERMANDAD DE LOS DRAGONES CAPÍTULO 2: KAHLI

MAR HERNÁNDEZ Y JOSÉ FERREIRA LIJÓ

 

CAPÍTULO 2: KAHLI

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El Ejército de la Hermandad de los Dragones avanzaba envuelto en una oscuridad densa y pesada como la mortaja de un difunto.

Kahli apenas contaba con dieciséis años y ya caminaba entre las filas de la división del Dragón Blanco, bajo las órdenes del famoso General Gideon. Debería sentirse la estudiante más afortunada de la Escuela de Brujería. Muchos de sus compañeros habrían hecho cualquier cosa por ocupar su puesto y ya se lo habían demostrado durante el viaje…

Sí, era toda una suerte ser la ayudante personal de Gideon. Siempre que te gustara rellenar aburridos informes durante horas y te conformaras con alimentarte de las insulsas raciones de comida del Ejército.

El estómago de Kahli rugió hambriento por primera vez esa noche. Rápidamente metió las manos en los bolsillos de su túnica gris buscando algunos restos de pan o cualquier otra cosa que poder llevarse a la boca. Sólo encontró el pequeño frasquito de cristal que contenía su medicina.

Sintió el líquido moverse de un lado a otro. Bebérselo ahora no la saciaría. Además, si la descubrían tomando algo así no podría inventarse mentiras suficientes para salvar el cuello.

Dejó escapar un suspiro de resignación. Era mejor esperar a que acamparan. Mientras tanto se preguntaba qué esencia habría escogido su hermana Agatha para enmascarar el verdadero sabor, demasiado ácido, de su medicina. Había tantas posibilidades: caramelo, canela, vainilla, chocolate…

Su estómago protestó por segunda vez.

Tenía tanta hambre que había tomado la firme decisión de procurarse una buena cena esa misma noche, aunque tuviera que saltarse una lista de normas más larga que su brazo. También estaría desobedeciendo órdenes directas del General, sí, pero necesitaba llevarse a la boca algo más consistente que una sopa aguada.

Para conseguir su objetivo, primero tendría que despistar a la escolta personal de Gideon. Cuatro capitanes enfundados en armaduras blancas que la vigilaban muy de cerca por culpa del pequeño incidente con otros estudiantes, días atrás.

Por ahora no podía hacer nada más que seguir el ritmo marcado por el Ejército y cruzar los dedos para que llegaran pronto a su destino. Una vez se levantara el campamento sería mucho más fácil encontrar el momento adecuado para escabullirse de sus vigilantes.

– ¡Oh Dioses, me muero de hambre! – Fue lo que Kahli pensó por enésima vez al levantar la cabeza hacia el cielo con la ridícula esperanza de que las divinidades se apiadaran de ella.

Sin embargo nadie podría haberla visto desde las alturas, Dioses o no. Era la Noche del Silencio y una capa de oscuridad envolvía el mundo. No había ni luna ni estrellas ni… Kahli percibió un ligero movimiento en el cielo que llamó su atención. Parecían las ondas de un estanque negro al que alguien hubiera lanzado una piedra. Las ondulaciones se extendían hacia todas partes, más allá de donde podía alcanzar su vista. Y el origen de todo estaba en el centro del Ejército, allí donde se concentraban los brujos y brujas de la Hermandad, rodeados de un hechizante resplandor verde.

Por unos instantes, Kahli apartó de su cabeza la obsesión por la comida. Se había quedado ensimismada por aquel fulgor que aumentaba de intensidad y se extendía libremente sobre el Ejército. En cuestión de segundos empezó a ver todo a su alrededor con matices verdosos. Y sintió que sí pertenecía a ese mundo extraño que la rodeaba, donde elfos oscuros, enanos de arena, arpías, trolls, orcos y un sinfín de razas más se habían unido con un objetivo común: servir a la Hermandad de los Dragones.

Kahli no podía dejar de maravillarse del poderío del Ejército del que ella misma formaba parte. Y tan ensimismada estaba con sus pensamientos que acabó tropezándose con una piedra en el camino. Se precipitó hacia delante e hizo aspavientos con los brazos para intentar mantener el equilibrio. No lo consiguió. Acabó estrellando su cara contra la espalda del capitán de la escolta que iba justo delante. Se agarró a su nívea capa para no acabar en el suelo y a punto estuvo de desgarrar la tela.

El hombre aguantó el golpe y el tirón con firmeza. Enseguida se dio la vuelta con cara de pocos amigos mientras otro capitán ayudaba a Kahli a recuperar el equilibrio. Ella se llevó las manos a la nariz dolorida. Quiso disculparse, sin embargo no tuvo oportunidad.

– ¿Se puede saber qué estás haciendo? – Gritó el capitán contra el que se había golpeado la cara mientras se arreglaba la capa sobre los hombros.

– Me he tropezado con una maldita piedra –respondió Kahli sin apartar las manos de la nariz y su voz sonó cavernosa.

El hombre dejó escapar un resoplido de frustración.

– Intenta no hacer más el idiota, aunque solo sea por esta noche – dijo secamente–. Así todos veremos un nuevo amanecer –añadió en voz baja y tensa.

– ¡Yo no hago el idiota! –Replicó Kahli casi gritando. Estaba indignada por el comentario –. Si estás enfadado no lo pagues conmigo, Arkuss –añadió Kahli torciendo el gesto–. A mí tampoco me gusta esta situación.

– Tiene gracia que digas eso –el capitán la miró de reojo incrédulo y más enojado que antes–. Estamos así precisamente por tu culpa.

– ¡Ya os lo he repetido mil veces! – Protestó ella gesticulando con las manos para enfatizar sus palabras – ¡Yo no tengo la culpa de lo que pasó con esos repipis engreídos!

Arkuss la fulminó con la mirada sin perder el paso.

– Están las cosas bastante calientes ya para que sigas insultando a quien no debes –dijo–. Si por mí fuera, dejaría que los Generales ajustaran las cuentas contigo ahora mismo.

– Los otros Generales tienen cosas más importantes de las que preocuparse –comentó Kahli muy segura de sí misma.

– Sí, por esta noche –añadió el capitán con una ligera sonrisa en los labios–, pero cuando acabe su misión tendrán todo el tiempo del mundo para decidir cómo castigarte.

– Eres un exagerado. Nadie se tomaría tantas molestias por un puñado de estudiantes magullados…

– Eres más tonta de lo que creía – se rió Arkuss sin vergüenza–. Después de tantos años en la Escuela de Brujería y aun no te has enterado de que los puestos de ayudante de General están ocupados por estudiantes, ¿cómo decirlo para que lo entiendas? – Hizo una pausa –  Privilegiados

– ¿Qué quieres decir con eso? –Replicó ella a la defensiva.

– Que la gran mayoría de esos ayudantes son familiares, hijos, primos, hermanos… de gente muy importante, tanto dentro como fuera de la Hermandad –explicó Arkuss regocijándose en sus palabras–. Ahora piensa, ¿cómo se va a tomar la Hermandad que una doñanadie como tú haya dado una paliza a esos estudiantes privilegiados? Has dejado sin ayudantes a un gran número de Generales entre nuestras filas y no están muy contentos.

Kahli no respondió. Sabía que estaba metida en un buen lío, aun así no se iba dejar avasallar. Puede que no fuera una estudiante privilegiada, pero si estaba allí como ayudante del mismísimo General Gideon tenía que ser por un buen motivo.

– Se merecían lo que les pasó –dijo ella al cabo del rato. No iba a darle la razón a Arkuss – ¡Querían quitarme del medio para quedarse con mi puesto!

– La que exagera ahora eres tú –replicó el capitán–. Te gastaron una novatada y no supiste encajarla.

– Según tú debería haber dejado que me dieran una paliza ¿no?

– Hubiera sido lo mejor para todos – afirmó él con demasiada sinceridad–. Nosotros estaríamos haciendo nuestro trabajo esta noche y no siendo tus niñeras. Has enfadado a gente que podría matarte sin pensárselo dos veces.

– ¡No se atreverán! –Exclamó Kahli mientras sentía como el vello del cuerpo se le erizaba–. Estoy bajo la supervisión y protección de Gideon. No se enfrentarían al General de la división del Dragón Blanco….

– Cosas más increíbles se han visto… –sentenció el oficial con una sonrisa inquietante.

Ella no se atrevió a decir nada más. No quería creer aquellas palabras, aunque no tenía más que mirar a su alrededor para darse cuenta de que estaba diciéndole la verdad. Si no estuviera en peligro, el General no habría ordenado a sus mejores capitanes que la protegieran precisamente la noche que él más los necesitaba.

Kahli se llevó la mano a la cara. Necesitaría un milagro, uno de los grandes, para poder salir bien parada del lío en el que estaba metida. Maldijo mil veces en silencio la hora en que fue elegida para ser la ayudante del General Gideon.

Estaba tan absorta en sus pensamientos que dio un respingo al oír a varios oficiales gritando órdenes a sus hombres cerca de allí. De repente había mucho movimiento entre las filas de la División del Dragón Blanco.

Llevada por su curiosidad, Kahli se fijó en lo que estaba sucediendo en su entorno. No eran solamente los oficiales y soldados cerca de allí quienes se estaban reagrupando. El resto de Divisiones que constituían el poderoso Ejército de la Hermandad también había empezado a ocupar las posiciones estratégicas que les indicaban sus superiores, sin detener el avance en ningún momento.

El escuadrón de las Dreidres pasó bastante cerca del grupo de Kahli. Eran mujeres guerreras, tan elegantes como salvajes; de cuerpos flexibles y largos cubiertos por pinturas tribales en verde oliva y negro. Sobre sus atuendos creados exclusivamente para la lucha destacaban toda clase de trofeos que habían ido arrancando a sus víctimas en sus luchas anteriores: orejas, cabelleras, ojos, huesos…

Kahli se fijó en una de aquellas guerreras porque destacaba entre las demás. Caminaba casi al final del escuadrón y parecía ser la más alta solo por el casco que llevaba. Estaba confeccionado con los restos de huesos de las presas de las que más orgullosa se sentía. Dos enormes cuernos de un minotauro se montaban sobre el cráneo partido de un orco. En sus cuencas oculares había dos ojos humanos con la mirada clavada en el infinito. Parecía que los acababan de añadir, la sangre roja chorreaba sobre el hueso aun. El penacho del casco estaba hecho con cabellos, plumas y algunas cintas de colores.

La guerrera clavó sus ojos rojos en Kahli también y la joven dio un respingo. La mujer intimidaba, tanto por su altura, su forma de mirar, su atuendo cargado de huesos, pezuñas y recuerdos de todas sus víctimas y su arma. Era la única que llevaba una alabarda de borde aserrado, además de sus dos espadas en las caderas.

Kahli volvió a respirar cuando la guerrera pasó de largo y su escuadrón se perdió entre las máquinas de guerra que también se estaban movilizando. Avanzaban hacia la vanguardia tiradas por animales de carga y algunos trolls guiados por brujos.

Unos graznidos hicieron que Kahli levantara la cabeza hacia el cielo. Había varios grifos y otras tantas criaturas aladas. Pero los seres que habían soltado aquellos espeluznantes sonidos estaban sobre su cabeza y eran cuatro de las arpías–cuervo más grandes que había visto en su vida.

– Las mascotas de la Archibruja Lura… –Murmuró.

Aquellas detestables criaturas se dedicaban a trazar círculos ascendentes y descendentes sin dejar de emitir unos graznidos capaces de erizar el vello de cualquiera. Eran insoportables.

Al escándalo de las arpías pronto se le unió la algarabía del propio Ejército de la Hermandad. ¿Qué estaba ocurriendo ahora? Kahli Solo tuvo que esperar unos instantes para ver a qué se debía tal alboroto. Entre las cabezas de los soldados vio una construcción emerger a lo lejos. Era un castillo, impresionante y poderoso, que brillaba en medio de la oscuridad con un halo de magia muy antigua.

Kahli no pudo más que quedarse ensimismada observándolo. Tenía los muros más altos incluso que la sede de la Hermandad y si no se equivocaba, juraría que estaban hechos de alzí, uno de los materiales más resistentes conocidos en los ocho reinos.

Frente a la entrada principal había dos impresionantes colosos de piedra que representaban a sendos guerreros también de alzí. Parecían dispuestos a dejar caer sus pesadas armas sobre cualquiera que intentara asaltar la fortaleza.

Tras las murallas del castillo destacaba una hermosa torre que daba la sensación de estar construida con oro y joyas. Su estilizado tejado estaba rematado por una enorme aguja que brillaba con un resplandor azulado.

Kahli  se preguntaba quién viviría allí arriba. Desde el mirador uno casi podría sentirse el dueño del mundo…

Arkuss levantó la mano.

– ¡Alto! –Gritó.

Los oficiales y capitanes de los grupos cercanos a ellos también se apresuraron a comunicar la orden a los soldados. En cuestión de segundos el inmenso Ejército de la Hermandad se detuvo.

Kahli se puso de puntillas e intentó ver qué ocurría por encima del hombro de Arkuss. Había mucha expectación entre las filas de la División del Dragón Blanco y enseguida supo el motivo.

Ella reconoció al jinete que intercambió unas cuantas frases con los oficiales, varios metros más adelante. Su pose altiva, la melena rubia ondeando, la capa de pieles sobre los hombros y la hermosa cabeza de dragón tallada en el peto de su armadura blanca eran inconfundibles.

– Gideon… –murmuró ella.

A Kahli se le aflojaron ligeramente las rodillas cuando vio que el General azuzaba a su caballo para dirigirse precisamente hacia donde ella se encontraba.

– Cuando el campamento esté levantado escoltad a mi ayudante hasta la tienda de los estrategas y esperad allí mis órdenes para el asalto –dijo Gideon a Arkuss en cuanto alcanzó al grupo y se situó junto al capitán –. Protegedla por encima de todo. –Hizo una pausa y se giró hacia ella–. Es demasiado importante, no podemos correr riesgos…

Kahli apenas escuchó las últimas palabras del General. Estaba demasiado ensimismada contemplando sus ojos claros tan extraños. Gideon tenía una mirada intensa que prometía esconder una infinidad de secretos. Y ella se preguntaba cuáles podrían ser. Entonces se dio cuenta de que él le sostenía la mirada y no pudo evitar enrojecer por su descaro mientras el corazón se le aceleraba. Muerta de vergüenza la ayudante bajó la cabeza para esconderse detrás de su larga melena oscura y alborotada.

Gideon controló a su caballo para que se situara justo al lado de la joven.

– Kahli –la llamó con suavidad, como siempre hacia cuando le hablaba.

– ¿Señor? – Preguntó ella tímidamente, sin atreverse a mirarle.

– No te separes de mi escolta bajo ningún concepto –le ordenó.

– Sí… señor –respondió torpemente.

La ayudante se permitió cruzar de nuevo una mirada tímida con el General quien tenía esa maldita expresión tranquila que no dejaba ver qué podía estar pensando. Él no dijo nada más, espoleó a su caballo y se perdió entre las filas de soldados para dedicarse a otros asuntos más importantes.

Kahli dejó escapar el aire lentamente. Había estado conteniendo la respiración sin darse cuenta. La presencia del General siempre conseguía atontarla y ahora se sentía avergonzada por su comportamiento. Bueno, no era ni mucho menos la única que reaccionaba así delante de él.

Su estómago volvió a protestar rompiendo el hilo de sus pensamientos. Ella puso una mano sobre su barriga para intentar calmarlo.

– ¡A paseo mi plan! –Murmuró con el gesto torcido–. ¡Voy a cenar informes con relleno de tinta!

Acababa de darse cuenta de que el trabajo que le esperaba esa noche iba a dejarla sin dormir, sin comer y de muy mal humor.

Mientras los soldados a su alrededor se disponían para la batalla Kahli empezó a refunfuñar cosas ininteligibles y metió las manos en los bolsillos de su túnica en una actitud que mostraba claramente su enfado. Entonces sintió de nuevo el pequeño frasquito de cristal que había olvidado. Debía tomarse su medicina.

Antes de decidirse, miró con disimulo a su alrededor. Quería saber lo que estaban haciendo los miembros de su escolta en ese preciso instante. Se fijó en que Arkuss hablaba con un oficial y estaba de espaldas a ella. El resto de capitanes tenían la atención puesta en los movimientos de los soldados más cercanos pues no paraban de moverse de un lado a otro cumpliendo órdenes de sus superiores.

Aun así, Kahli sabía que no era el momento ideal para tomarse su elixir, pero no era buena idea seguir retrasándolo. No sabía si esa noche volvería a tener una oportunidad como aquella, donde por unos minutos nadie parecía prestarle atención, aunque estuviera en medio de una multitud.

Con la habilidad de alguien que ha practicado mucho, abrió el frasquito de cristal con una sola mano aun teniéndolo en el bolsillo. Entonces fingió un bostezo y con esa misma mano se tapó la boca llevando la botellita sujeta con el pulgar. En un movimiento que había repetido miles de veces, echó la cabeza hacia atrás preguntándose, de nuevo, con que sabor le sorprendería Agatha.

Vació el elixir en su boca y…

– ¡Puaj!

¡Sabía a pastilla de jabón amarga y picante! Estaba tan asqueroso que sintió como el líquido le quemaba la garganta al pasar. Su cuerpo reaccionó enseguida y empezó a toser hasta que se le saltaron las lágrimas.

Uno de los hombres de la escolta acudió al rescate de la única manera que se le pasó por la cabeza y le golpeó la espalda tan fuerte con la mano abierta que la dejó sin respiración.

Kahli creía que iba a morir allí mismo.

El capitán intentó ayudarla de nuevo con la misma técnica, pero ella se alejó a toda prisa sin dejar de toser y con la mano levantada para indicarle que la dejara tranquila. Entonces se detuvo y se dobló por la cintura.

¡Cómo podía saber tan mal su elixir!

El resto de capitanes se acercaron. Uno de ellos le dijo no sé qué de tocarse la nariz… o algo parecido; Otro le tendió una cantimplora de agua y el tercero se limitó a frotarle la espalda como sí con eso fuera a conseguir que sus ataques de tos desaparecieran y el líquido dejara de quemarle por dentro.

Kahli intentó erguirse para beber un poco de agua y entonces vio entre los soldados a la mismísima Archibruja Lura. La elfa de cabello rubio platino tenía sus alargados ojos clavados en la joven, sonreía con satisfacción.

Con un elegante movimiento Lura levantó una mano y le mostró a Kahli un frasquito exactamente igual al que contenía sus elixires. El líquido brilló durante unos instantes con un fulgor morado y después se desvaneció. La Archibruja movió los labios pronunciando una extraña palabra: “Drakolía”.

– ¿Qué es lo que ocurre aquí? –El vozarrón de Arkuss distrajo a Kahli durante unos instantes y cuando ella volvió a mirar hacia donde Lura se encontraba la mujer había desaparecido.

– Parece que se ha atragantado…– comentó uno de los capitanes –. ¿Deberíamos avisar al sanador?

– ¡No! – Reaccionó ella, a duras penas.

– ¿Se puede saber qué te pasa? – Preguntó Arkuss esta vez un poco preocupado al ver como el cuerpecillo de la chica no dejaba de sacudirse.

– No… Es… nada… – respondió ella cuando la tos le dio algo de tregua.

– ¡Mentira! –Gritó él–. A ti te pasa algo, tienes muy mala cara.

Kahli intentó responder, pero no pudo. Sintió como algo se rasgaba en su interior. Las piernas le temblaron y cayó de rodillas al suelo.

– ¿Qué es eso? – Preguntó Arkuss con la atención puesta en algo que brillaba en el suelo, junto a ella.

El capitán se arrodilló y recogió un frasquito de cristal vacío. Observó la botellita con el ceño fruncido y miró a Kahli directamente a los ojos.

– ¿Qué te has tomado? –Preguntó muy seriamente.

2 comentarios

  1. Te felicito porque el capítulo es un buen contrapunto en ambiente al primero. Y la protagonista es más interesante que Theo, siempre cuesta un poco empatizar con un personaje cobarde.

    Aunque si vuelve a decir repipi es para colgarla.

    Me ha gustado la consistencia con los nombres (dejando aparte la elfa por razones lógicas). Gideon es hebreo, Kahli suena a hindú, claro. Arkuss un poco a griego. Todo el ejército tiene un aire en nombres a tropas exóticas del imperio persa. Muy sobresaliente.

    “Sopa aguada” es lo que hacían los ejércitos cuando tenían que estirar las raciones, así que o Gideon no ha planeado bien la incursión o llevan más tiempo en campaña del que parece.

    Le gusta a 1 persona

    • Gracias Ernesto. Tus comentarios me ayudan un montón.
      Revisaré lo de “repipi”. Seguro que se me ha pasado algo que no me he dado cuenta.
      Respecto a los nombres, pues la verdad es que no me había parado a pensar mucho en su origen. Sí que suelo buscar el significado de algunos nombres, sobre todo para los protagonistas, y aunque a veces me invento algunos trato de que recuerden a nombres reales. Creo que inventarse demasiados nombres extravagantes para una historia puede ser caótico para el lector.
      Respecto a lo de la “sopa agua”, me parece que no he conseguido transmitir lo que pretendía. No es que las raciones del ejército sean malas, es que a Kahli le parecen poca cosa si las compara con lo que comía en la sede de la Hermandad. Tendré que revisar este detalle.

      Muchas gracias por tu tiempo.

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