LA HERMANDAD DE LOS DRAGONES CAPÍTULO 1: THEO

MAR HERNÁNDEZ Y JOSÉ FERREIRA LIJÓ

 

CAPÍTULO 1: THEO

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Los últimos rayos de luz se escondieron tras el horizonte y dieron paso a una noche oscura, una noche sin luna, donde un castillo en el borde de un acantilado brillaba envuelto en magia, como un poderoso faro en un mar de tinieblas.

Theo se había refugiado en su habitación del ala norte hacía varias horas porque detestaba aquella fecha. El motivo de su odio no tenía nada que ver con las supersticiones de quienes creían que el mal dominaba el mundo esa noche. No, sus razones eran mucho más simples y a la vez vergonzosas. Tenía un miedo terrible a la oscuridad.

Ya no era un niño y esos terrores le estaban causando demasiados problemas, sobre todo en la Noche del Silencio, como se conocía a ese acontecimiento anual, esa noche en la que la oscuridad se volvía más densa y palpable.

Con el gesto contrariado Theo observó la habitación donde lo habían acomodado por ser el nieto de Úrsula Lotham. Estaba claro que el buen nombre de su abuela le había facilitado el viaje y le había abierto puertas tan importantes como las del castillo en el que se alojaba.

Los sirvientes, como todos los días, se habían encargado de avivar el fuego de la chimenea y también habían encendido más velas en los candelabros para ahuyentar la oscuridad de aquella singular fecha.

Aun así Theo no se sentía cómodo.

Estaba muy preocupado porque esa noche la luz tenía un débil brillo y demasiados rincones en penumbra a su alrededor. Ya se había dado la vuelta dos veces, sobresaltado porque creía haber visto algo moverse por el rabillo del ojo.

Podía solucionar aquella situación en cualquier momento. Sólo tenía que llamar a Zöe y pedirle un hechizo que iluminara la estancia como si fuera de día, pero era una salida demasiado fácil para su orgullo.

Theo suspiró. No podía pedirle algo así de nuevo. ¡Ya no era un crío! Tenía dieciséis años y el conocimiento suficiente para intentar enfrentarse a sus terrores él solo. Buscaría ayuda si de verdad la necesitaba.

Como siempre, era más fácil decirlo que hacerlo. Ya llevaba un buen rato intentando tranquilizarse. Andaba de un lado a otro de la habitación. Estaba seguro de que si no tuviera las puntas de los dedos vendadas ya se habría comido todas las uñas por culpa de la ansiedad.

Dio media vuelta al llegar a la pared de fondo y sintió como su voluntad flaqueaba. Su mirada voló hacia la puerta doble de la habitación y se imaginó a sí mismo saliendo de allí para ir a mendigar un hechizo de luz.

– ¡No! -Se enfadó consigo mismo por ser tan pusilánime.

Entonces su atención se desvió hacia el armario donde estaban guardadas las dos velas que habían sobrevivido al largo viaje hasta ese castillo. Tenía que reservarlas para cuando de verdad las necesitara porque su sentido común le decía que ya había bastantes fuentes de luz en la estancia. Sin embargo, su percepción de la realidad seguía gritando lo contrario.

De repente las campanadas rompieron el silencio de la noche, anunciaban el cambio de guardia. Theo dio un respingo y sintió como el corazón casi se le salía por la boca. Se llevó la mano al pecho y respiró profundamente unas cuantas veces. Después de varias semanas en el castillo aún no se había acostumbrado a su rutina.

Un tanto exhausto se sentó en el banco de piedra junto a la ventana. Limpió uno de los cristales empañados con la manga de su camisa y miró hacia fuera. Había un agradable resplandor azulado que palpitaba como si fuera el latido de un corazón. Theo se acercó más, buscaba el origen de esa luz. Como todas las noches, en la aguja del tejado de la torre más alta del castillo brillaba un hechizo. Su poderosa magia conseguía mantener a las densas tinieblas alejadas.

Theo suspiró apoyando la frente en el cristal de la ventana. Sintió el frío en la piel. Si tan solo pudiese lanzar un hechizo miles de veces más simple que ese… la luz nunca le faltaría.

No podía seguir perdiendo el tiempo de esa manera. Lamentarse por lo que no podía hacer no iba a arreglar nada, debía buscar una solución efectiva y dedicarse a la tarea que llevaba demasiado tiempo posponiendo.

Respiró hondo un par de veces con los ojos cerrados. Sus opciones eran reducidas, así que la elección no fue tan difícil.

– Sé que luego me arrepentiré… –murmuró.

Cruzó la estancia y abrió el armario para sacar esas velas guardadas que estuvo mirando durante unos segundos, dudando.

A la luz de la chimenea, de los candelabros y candeleros, se les sumaron las llamas de las dos viejas velas. Y sin embargo, Theo seguía sintiendo la opresión de la oscuridad.

– ¿Qué me está pasando hoy? –Se preguntó molesto, llevándose las manos a la cabeza.

Debía acabar con esa tontería de una vez por todas. Tenía una misión que cumplir y la estaba retrasando demasiado.

– Piensa… –murmuró, dándose golpecitos en el labio con el dedo índice vendado de la mano derecha.

Sus ojos revisaron todos y cada uno de los objetos que habían en la estancia. Entonces recordó algo que había leído en un libro.

Theo se puso manos a la obra en seguida.

Cualquiera que entrara en su habitación en ese instante pensaría que estaba loco. Había movido el gran espejo de pie hasta situarlo muy cerca de la chimenea. También descolgó el que estaba en la habitación contigua, que servía para el aseo personal, y lo dejó en el suelo frente a los sillones cerca de la chimenea. Juntó una jofaina y una jarra de metal brillante en el mismo sitio. Después corrió a descolgar los dos escudos de superficie pulida y los amontonó junto a todos los demás objetos.

A simple vista, la distribución de todos aquellos elementos frente a la chimenea parecía caótica, pero todo cobró sentido en cuanto empezó a colocar cada una de las velas en sitios concretos, a mover las cosas para que la luz se reflejara en las superficies brillantes y se proyectara al resto de la habitación.

En cuestión de segundos su estancia estaba muchísimo mejor iluminada. Ya no sentía la presión de los rincones oscuros ni la ansiedad que no le dejaba centrarse en su trabajo. Theo sonrió, se sentía muy orgulloso de sí mismo por haber resuelto el problema sin tener que recurrir a nadie.

Ahora sí que podía dedicarse a su tarea diaria: consultar el Libro de las Profecías.

Se sentó en el sillón frente a su peculiar experimento con el que había conseguido reunir la mayor cantidad de luz. Entonces, como parte de su ritual diario, se abrió el cuello de la camisa para alcanzar el libro que siempre llevaba sobre su corazón, tal y como le había enseñado su abuela.

El volumen estaba envuelto en una funda de seda blanca con el escudo de su familia bordado con colores en el centro: un frondoso árbol de largas raíces y enmarcado por filigranas, el símbolo de la vida. Theo retiró la tela con cuidado y observó durante unos instantes el precioso Libro de las Profecías. Estaba encuadernado en suave piel y cubierta por infinidad de runas desconocidas para un neófito de la magia como él. En la portada había un sistema de seis cadenas que se unían en el centro bajo una pieza dorada que mantenía el volumen cerrado.

Theo se miró los dedos vendados durante unos instantes. Se quitó la venda del dedo índice de la mano derecha y examinó su yema. Había una pequeña marca oscura justo en el centro, que presionó con el pulgar para asegurarse de que la herida estaba cerrada. Asintió satisfecho antes de usar ese mismo dedo índice para deslizar hacía un lado el círculo más pequeño de la pieza metálica en la portada de su libro, dejando al descubierto una cavidad sobre la que presionó con fuerza. Theo sintió la gruesa aguja y aguantó el dolor apretando los dientes. Su sangre era la única llave para abrir el Libro de las Profecías.

Al cabo de unos segundos, se escuchó un sonido metálico y las cadenas se soltaron de los anclajes de la pieza central. Theo retiró el dedo para limpiarlo. Después abrió el volumen por la cinta roja que le marcaba la última página que había leído. A simple vista no había cambiado nada. Revisó entonces la antepenúltima y la penúltima hoja. Las palabras escritas con tinta negra relataban los hechos ya pasados, los que no iban ni podían variar. Releyó los párrafos en los que el Libro de las Profecías llevaba tres días advirtiendo de un peligro que le acechaba a él y al mago Ashton Graykon, señor de aquel castillo.

Theo apretó los labios en el momento que llegó a la última página escrita. Las palabras eran de un violeta brillante y temblaban como las hojas de los árboles en el otoño.

Se apresuró a leer los párrafos antes de que las frases se desvanecieran y otras nuevas se crearan. El futuro se reescribía una y otra vez.

Las palabras dejaron de cambiar y le mostraron, a su peculiar manera, lo que ocurriría:

 

“Pasado y presente se cruzan en la Noche del Silencio y aunque tú no lo deseas en esta encrucijada te encuentras.

El fuego de su odio es por todos conocido y temido: el Ejército de la Hermandad de los Dragones es en lo que se ha convertido. Avanza envuelto en hechizos, brujería y oscuridad, sin centinelas en el cielo que les puedan culpar.

En la segunda hora no Antiqüis Magicaeh, no piedra azlí, no armas ordinarias podrán detener el deseo que les mueve a desafiar a quien tuvo mil nombres; Su sangre anhelan y grandes sacrificios ofrecerán por arrebatarle la vida que le queda. 

Ashton Graykon es como tú le conoces, aunque no siempre ese fue su nombre. Dueño y señor de castillo en el que te hayas, lugar que será destrozado por la tempestad de la conquista y la huida de quienes aquí habitan.

La Hermandad de los Dragones el mundo se tragará cuando con Ashton esta noche consiga acabar.

El caos empezará y la vida como la conoces terminará.”

 

Theo se puso en pie tan rápido que tiró al suelo uno de los escudos que había usado en su rompecabezas para iluminar mejor la habitación. Ni el estruendo del metal ni la debilidad de la luz lo sobresaltaron en esta ocasión pues sus pensamientos estaban en otra parte.

– ¡La Hermandad de los Dragones! – Exclamó.

Tragó saliva despacio y volvió a releer el párrafo escrito en rojo para asimilar el significado de las palabras. Una infinidad de preguntas empezaron a revolotear en su cabeza como un enjambre enloquecido que no podía encontrar las respuestas adecuadas.

¿Por qué querían matar a Ash? ¿Qué podía haber hecho el mago para atraer sobre él la ira de aquella organización? ¿Cómo conseguiría llegar hasta allí el Ejército de la Hermandad sin levantar sospechas, sin que los soldados del valle de Ethera hubieran dado la alarma de una invasión? ¿Y si mataban a Ash?  ¿El mundo se acabaría? Theo no quería comprobarlo.

Estaba tan nervioso que empezó a andar de un lado a otro de nuevo, pensando una y otra vez en la cercanía del Ejército de los Dragones. Todavía no podía creérselo, sin embargo su Libro de las Profecías nunca había errado en sus predicciones.

Theo deseaba esconderse en un agujero y le importaba bien poco que fuera el más oscuro del mundo. Desde pequeño le habían enseñado a temer a la Hermandad; el caos y la destrucción eran sus compañeros cuando abandonaba la sede en el antiguo reino de Ibóleh. Y solo lo hacía por dos motivos, grandes riquezas o grandes rivales. ¿Cuál de las dos razones era Ash?

En realidad no importaba la respuesta porque no habría un mañana. Por mucho miedo que tuviera, Theo no estaba dispuesto a quedarse con los brazos cruzados. Poseía una valiosísima información y tenía que hacer algo para evitar el desastre, para cumplir con la misión que su abuela le había encomendado, ¿pero qué podía hacer un chico de dieciséis años sin ningún talento contra un legendario Ejército? No tenía ni idea.

Buscó el reloj de pared junto a la puerta de entrada. Sus agujas pasaban ya de la primera hora de la noche, no quedaba mucho tiempo antes de que la profecía comenzara a cumplirse. Nervioso se puso a recoger sus pocas pertenencias en una bolsa de piel y revisó por última vez las palabras rojas de su Libro de las Profecías. Seguían sin cambios.

Abrió la ventana de la habitación y sacó más de medio cuerpo fuera para observar la densa negrura más allá de las murallas rodeadas por la luz de los braseros mágicos. El aire le recibió con una caricia helada y le hizo estornudar aunque ya se había echado la capa por los hombros.

–La Noche del Silencio… –Murmuró mientras el vaho escapaba de su boca.

No había luna, solo oscuridad. No se escuchaba sonido alguno, tan solo silencio.

Permaneció observando y expectante. No dudaba lo más mínimo de su libro, pero aceptar que el Ejército de los Dragones pudiera estar tan cerca era casi un acto de fe.

Theo abrió los ojos sorprendido. Acababa de ver algo extraño. Casi contuvo la respiración mientras el corazón se le aceleraba por momentos y el pánico le agarrotaba todos los músculos.

Las tinieblas en el horizonte se apartaban despacio para dejar al descubierto un amanecer irreal, intenso, que se extendía con su luz verde hasta donde la vista le alcanzaba. Solo la magia podría conseguir algo así en la Noche del Silencio; Y sólo había una organización en los ocho reinos con el poder necesario para una hazaña de tal magnitud.

La Profecía estaba a punto de cumplirse. El Ejército de la Hermandad de los Dragones se acercaba.

4 comentarios

  1. No está nada mal. Tu primer párrafo está demasiado cargado de adjetivos antepuestos al nombre y “fobia” es un termino psiquiátrico demasiado moderno para una ambientación medieval, pero es un capítulo interesante que deja con ganas de continuar.

    PD: Errata en “anunciado el cambio de guardia”

    Le gusta a 1 persona

    • Muchas gracias por leer el capítulo. Me apunto los comentarios para hacer una revisión cuanto antes.
      Me alegra que que el capítulo te haya parecido interesante. No estaba segura si lo había conseguido.
      Gracias otra vez.

      Me gusta

  2. Buenos días

    Como dije en Twitter, te dejo aquí un comentario sobre tu primer capítulo.

    Globalmente, está muy bien escrito, con tan solo pequeñas erratas. El estilo es bueno y el capítulo introduce pronto el que se supone que es el primer conflicto (si no el principal) de la novela. No caes en la tentación de escribir un primer capítulo centrado en describir al protagonista y su pasado (eso está bien, pero es mejor intercalarlo en la trama).

    Por otro lado, sitúas bastante rápido al lector en el tipo de novela y de mundo en el que se va a adentrar. Es un mundo donde la magia existe y es lo bastante influyente como para manifestarse de manera abierta. Especialmente interesante lo de la Noche del Silencio, ya que es un punto que puede intrigar.

    Ahora, varias cosillas y sugerencias.

    “Los últimos rayos de luz se escondieron tras el horizonte y dieron paso a una noche oscura, una noche sin luna, donde un castillo”. Salvo que sea muy importante que el lector sepa que en tu mundo hay una luna, parece redundante decir que la noche era oscura y que era una noche sin luna. Quita una. Yo dejaría solo “noche sin luna” porque en el tercer párrafo ya comentas que es una noche excepcionalmente oscura. Lo demás, perfecto. Bonita la imagen del faro.

    ¿Por qué se llama Noche del Silencio cuando lo que parece suceder es que es una noche más oscura de la cuenta? Podrías explicarlo en el tercer párrafo, añadiendo una frase. No te recomiendo nada largo, porque no es momento de una explicación larga, pero sí algo como esto (es un ejemplo tonto): “esa noche en la que la oscuridad se volvía más densa y palpable y el mundo parecía volverse mudo”. Si se llamara la “Noche de la Oscuridad” esta aclaración sería innecesaria.

    Cuando dices que Theo tiene 16 años, acabas de establecer que escribes para esas edades. Eso está bien, pero si no era lo que pretendías, decir ahí la edad es una información que yo usaría más adelante. La frase ¡Ya no era un crío! lo identifica como una persona joven, de entre 14-18 años. Ya te digo, no es que esté mal que digas la edad ahí (y resulta, además, muy natural de la forma en que lo haces). Si es lo que querías, decirle al público que tu novela va orientada a lectores juveniles, genial: no lo toques.

    El único párrafo que encuentro mejorable es este:

    “De repente las campanadas rompieron el silencio de la noche, anunciaban el cambio de guardia. Theo dio un respingo y sintió como el corazón casi se le salía por la boca. Se llevó la mano al pecho y respiró profundamente unas cuantas veces. Después de varias semanas en el castillo aún no se había acostumbrado a su rutina.”

    Me parece una reacción exagerada que por el sonido de unas campanas que anuncian el cambio de guardia, esté a punto de sufrir un síncope. Otra cosa es que hubieran empezado a sonar cuando no tocaba pero, aun así, ese pánico seguiría pareciéndome exagerado. En todo caso, como has dejado claro antes que ese castillo no es su hogar, no aporta mucho que incluyas ese párrafo para decir que llevaba poco tiempo allí. Podrías decirlo cambiando esta frase con lo que pongo en mayúsculas: “Con el gesto contrariado Theo observó la habitación LUJOSA donde SE ALOJABA DESDE HACÍA VARIAS SEMANAS por ser el nieto de Úrsula Lotham” y quitar este párrafo. Quitado ese párrafo, cambiaría también “exhausto” de: “Un tanto exhausto se sentó en el banco de piedra junto a la ventana.”

    Nada más. Me gusta que el libro sólo se abra cuando absorbe un poco de sangre de Theo.

    Un saludo.

    Juan.

    Le gusta a 1 persona

    • Hola, Juan.
      Muchas gracias por tomarte tu tiempo para leer este capítulo y hacer este comentario. Me ayuda mucho, es la primera vez que me atrevo a enseñar públicamente lo que escribo.
      Repasaré los párrafos que me has señalado con calma, creo que tienes razón en la mayoría de cosas que me indicas. Otras, tengo que mirarlas más a fondo. De todas formas te haré saber los cambios pronto.
      Respecto a la edad del personaje, mi intención es hacer un relato juvenil para “romper la mano”, aprender y mejorar la escritura. Intento mantener ese tono en todos los capítulos. Espero haberlo conseguido.
      De nuevo, muchas gracias.

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