LA HERMANDAD DE LOS DRAGONES CAPÍTULO 3: ASH

MAR HERNÁNDEZ Y JOSÉ FERREIRA LIJÓ

 

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Dentro de la estancia reinaba el caos absoluto. Apenas había sitio para moverse sin engancharse, tropezarse, herirse o incluso morir. Una multitud de objetos que iban desde un simple lápiz, pasando por baúles de madera tallada, frascos, libros, ropas, probetas e incluso armas; hasta llegar a los artilugios más extraños y exóticos con los que cualquier mago podría soñar, se amontonaban en torres de dudoso equilibrio por todas partes. La cama con dosel a un lado de la habitación y bajo un precioso ventanal de cristales de colores no era ninguna excepción.

Entre una montaña de almohadas, sábanas arrugadas e innumerables trastos, descansaba Ash. Hacía rato que dormía. Esa noche solo le costó contar hasta diez antes de sumergirse en el mismo sueño que se repetía siempre: dejaba de ser él y se convertía en alguien con muchos nombres, con muchas vidas.

– ¡Ash!

Esa voz jadeante le resultaba familiar. Repetía su nombre una y otra vez para sacarlo de un sueño al que se abrazaba tan fuerte como a la almohada que tenía entre sus brazos.

– ¡Despierta, Ash!

Sí, ahora respondía a ese nombre. Era sencillo, corto y muy útil. Fácil de recordar y de olvidar.

–  ¡Estamos en peligro! ¡Tenemos que huir!

Se escuchó un chillido y varios golpes que terminaron por escupirlo a la realidad. Detestaba que lo despertaran así.

– ¡Por todos los demonios! – Maldijo sin reparos sentándose en la cama.

La habitación estaba en penumbra, el fuego de la chimenea casi apagado. Ash dirigió sus ojos fruncidos hacia la puerta. La modorra aún lo envolvía y estuvo valorando la idea de volver a tumbarse cuando oyó de nuevo unos gritos ahogados.

Se frotó la cara para deshacerse del sueño, para apartar los mechones de cabello oscuro y azul eléctrico que le molestaban. Refunfuñando como un viejo cascarrabias abandonó su cómodo lecho. Se estiró con la elegancia de un gato recién levantado de la siesta. Su cuerpo desnudo de veintiocho años seguía estando en muy buena forma. Debería darles las gracias a los Dioses, pero no iba a darles esa satisfacción.

Caminó hacia la puerta con el ceño fruncido. Quienquiera que estuviera al otro lado lo iba a lamentar. Hinchó el pecho y adoptó la expresión más severa que pudo.

– ¡Ahh! –Gritó.

Acababa de golpearse el dedo meñique de su pie derecho contra la pata de una silla. De un manotazo la tiró al suelo, enfurecido por el dolor. Se cogió el pie con ambas manos. Lo masajeó durante unos instantes, parecía que no había nada roto. Estaba furioso, iba a arrancar la cabeza al desgraciado que se había atrevido a sacarlo de la cama a esas horas.

Si ya lo decía él, la noche era para amar y dormir.

Cuando el dolor fue solo un cosquilleo Ash agarró con rabia la bata de algodón que estaba sobre un taburete junto a la silla derribada. Miró la tela estampada durante unos instantes, una sonrisa maliciosa apareció en sus labios. Dejó caer la prenda al suelo y de dos zancadas llegó hasta las enormes puertas talladas de su habitación.

Abrió de golpe.

– ¡Cómo osas perturbar mi descanso!– Rugió con voz exagerada mientras salía hecho una furia al descansillo. Quería impresionar de verdad.

¡Afm, fhanfhame fhe afhiz! – Fue lo único que escuchó porque no pudo ver nada.

Su plan no había salido bien. No contaba con que esa noche era la más oscura de todo el año. No había luna y el fulgor mágico de la aguja de su torreón apenas conseguía entrar por las dos ventanas del descansillo.

Ash bufó molesto. Levantó una mano y dijo:

¡Accemdatum!

Varias lámparas en las paredes se encendieron. Apenas hubo luz volvió a adoptar una postura amenazante y gritó, exagerando aún más sus palabras:

– ¡Cómo osas despertar al poderoso mago Ashton Graykon, mortal insignificante!

Parpadeó unas cuantas veces, el sorprendido era él. De todas las personas o criaturas que esperaba encontrarse allí, Theo ni siquiera se le pasó por la cabeza. El chico se balanceaba colgado del techo como una pieza de carne puesta a secar. Estaba envuelto en una especie de tela de araña amarillenta y una gruesa tira de ese mismo material le tapaba la boca.

–  ¡Afm, fhanfhame fhe afhiz! –Intentó gritar, lo único que consiguió fue ponerse más rojo todavía y balancearse un poco más rápido.

Después de la sorpresa inicial, Ash no pudo mantener por más tiempo esa imagen intimidatoria que se había propuesto y empezó a reírse a carcajadas.

¡Fhoh nof fe fheoh fa frahfiah! – Jadeó Theo e intentó liberarse de sus ataduras sin mucho éxito.

Su cuerpo se balanceó más rápido y se estrelló contra la pared que tenía al lado. La risa de Ash incrementó. Las carcajadas que sacudían su cuerpo lo habían obligado a apoyarse en el marco de la puerta.

– ¡Afm!

– No esperaba que fueras precisamente tú quien tuviera el valor para despertarme en mitad de la noche –dijo al cabo de buen rato–. He mandado a la tumba a otros por menores afrentas…

El mago se fijó entonces en la expresión furibunda del joven, en sus ojos verdes entornados. Úrsula también lo había mirado así muchas veces, furiosa y desafiante. Estaba claro que tenía un don muy especial para hacer enfadar a esa familia.

– La culpa es solo tuya. No es muy inteligente subestimar las advertencias de un poderoso mago.

Señaló un cartel escrito con arcaica caligrafía situado al lado de la puerta de su habitación: “Quien perturbe el descanso de los demás, con consecuencias trágicas se encontrará” podía leerse allí, debajo de un montón de runas muy antiguas.

¡Afm, effamosh ef fefigroh! –Fue lo único que pudo gritar el chico.

– ¿Qué dices? – Preguntó el mago usando la mano alrededor de su oreja para intentar escucharlo mejor–. Lo siento, no te entiendo. No hablo bocamordazada.

Theo resopló. Sus ojos echaban chispas, podría haber fulminado al mago si hubiera heredado las habilidades de Úrsula. Ash se alegraba de que no fuera así y de que en el cuerpo del chico no hubiera una sola pizca de simpatía por la magia.

– ¡Bah! –Exclamó sacudiendo la cabeza–. Los jóvenes de hoy en día no tenéis sentido del humor.

Tocó suavemente la tela de araña y las tiras liberaron a su presa. Theo cayó al suelo con un golpe seco. Se arrancó la tira que le cubría la boca y gritó indignado:

– ¡Ash! ¡Esto no ha tenido ninguna gracia! –Se puso en pie–. ¡Casi me matas!

– ¡Calumnias! –Se defendió el mago–. Has sido tú quien ha obviado mis advertencias. Todo el mundo en el castillo sabe que no es muy sensato ignorar mis hechizos. –Señaló con el dedo el rótulo de la pared.

– Si te refieres a esos ridículos carteles que hay por todas partes, te diré, que hasta lord Velam piensa que son los típicos proverbios que cuelgan las viejas en sus casas para ahuyentar el mal –replicó el chico.

– ¡Ignorante mocoso! – Gritó el mago intentando fingir que se sentía herido en su orgullo–. ¡Esas frases son hechizos inmemoriales! ¡Llevan protegiendo este castillo desde… desde hace siglos!

– ¿De qué? ¿De gente tan inofensiva como yo? –Respondió Theo con sarcasmo.

El chico abrió ambos brazos mostrándose ante él tal y como era: no muy alto. Fue el primer pensamiento de Ash. Algunas de sus sirvientas le sacaban más de una cabeza.  En cuanto a su aspecto general, el mago había oído a algunas mujeres de su fortaleza comentar que era muy guapo. Él solo veía un crío de dieciséis años de cabello castaño ondulado, ojos claros y bien vestido, que le recordaba demasiado a Úrsula, la condenada mujer que llevaba años intentando olvidar.

– Las apariencias engañan y un mago nunca es lo suficientemente precavido. – Ash desvió la mirada y se encogió de hombros. No estaba dispuesto a darle la razón.

– Espero que tus otros hechizos sigan funcionando –comentó Theo sacudiéndose el polvo de la ropa y recogiendo varias velas apagadas del suelo- porque van a hacernos mucha falta. Estamos en…

– ¡Por supuesto que funcionan! – le interrumpió Ash con una sonrisa pícara e inclinándose hacia delante– ¿O quieres que te haga otra demostración?

Theo dio un paso atrás sobresaltado por la oferta y reparó en un detalle que hasta ese momento su cerebro había decidido ignorar por razones obvias.

– ¡Por todos los Dioses, Ash, ponte algo encima! – Gritó girando el rostro hacia un lado.

– ¿Te incomoda mi desnudez? –Preguntó el mago sin vergüenza e hinchando su pecho bien definido con orgullo–. Úrsula siempre me suplicaba que fuera sin ropa…

– ¡Por favor, Ash! –Replicó el chico sin atreverse a volver a mirarle–. ¡Un respeto! ¡Qué estás hablando de mi abuela!

– ¡Qué tiempos aquellos! Éramos unos jovenzuelos románticos… –sonrió melancólico.

-No he venido a hablar del pasado de nadie, Ash. –Se apresuró a interrumpirle, mirándolo de reojo.

El mago cruzó los brazos ante el pecho y su expresión se volvió fría:

-¿A qué has venido entonces, Theo? Tienes que tener un buen motivo para acercarte hasta aquí y perturbar mi descanso sin la protección de Zöe.

-No necesito a Zöe tanto como crees –fue lo primero que dijo el chico, el comentario parecía haberle herido el orgullo.

Ash se limitó a sonreír.

Theo carraspeó nervioso.

– Además, ella ha ido a avisar a lord  Valem de…

– ¿Avisarlo? –El mago alzó una ceja – ¿De qué?

– Es lo que estoy intentando decirte desde hace un rato. Estamos en peligro. – afirmó el chico rotundamente–. Tenemos que huir del castillo ahora mismo. El Libro de las Profecías me ha mostrado…

– ¡Espera, espera, espera! –Dijo Ash sacudiendo la cabeza y alzando las manos para que dejara de hablar–. ¿Has enviado a Zöe a asustar al pobre lord Velam y me has sacado de mis sueños por culpa de ese estúpido juguete?

– El Libro de las Profecías no es un juguete y un mago como tú debería saberlo.

– Ese libro no sirve más que para confundirte, Theo. Y cualquiera que sepa un mínimo acerca de magia te dirá lo mismo que yo: es imposible predecir el futuro.

– Eso no es cierto –el chico no estaba dispuesto a ceder –. Zöe dice que…

– Zöe es capaz de decir que los gorrinos vuelan y que las ranas tienen pelo si le conviene.

– Pero…

– Tranquilo, yo te lo explicaré todo. Sígueme.

Ash entró en la habitación con su larga melena negra con mechones azules agitándose a su espalda.

– ¡No tenemos tiempo para esto!

El mago lo ignoró para vestirse con unos pantalones oscuros y arrugados que sacó de debajo de una enorme montaña de cofres, armas, telas…

-¡Ash!

-Siéntate ahí.

Señaló un taburete situado junto a la silla tirada contra la que se había golpeado el dedo meñique. El mago alzó una mano y todos los trastos de esa zona, frente a la chimenea, se apartaron hasta el fondo de la habitación. Ahora formaban parte de una de las montañas de objetos más dispares que nadie pudiera imaginar.

-Estamos perdiendo el tiempo… -Theo continuaba protestando, pero se sentó donde el mago le había indicado.

-Tu sí que estas malgastando el tiempo con esa tontería de predecir el futuro –replicó Ash a la vez que levantaba la silla y se acomodaba frente al joven.

Movió una mano hacia la chimenea. El fuego se avivó al instante. La calidez de su luz fue extendiéndose con rapidez por todos los rincones de la estancia. La atmosfera era agradable, demasiado tranquila, como si estuvieran en el interior de una burbuja ajena al resto del mundo.

-Voy a explicarte por qué tu libro es un fraude. –Ash adoptó la postura de un maestro paciente y dispuesto a enseñar algo muy simple a su alumno más tonto–. Se puede predecir el futuro siempre que usemos valores matemáticos. Podemos predecir el crecimiento de una planta, el choque entre dos objetos a determinadas velocidades y ese tipo de cosas.

-Sí, se llama ciencia –replicó Theo, movía la pierna derecha sin parar.

– ¡Shuss! No me interrumpas y escucha.

Theo no tuvo más remedio que obedecer.

– También se puede predecir el futuro añadiendo algo de magia a esos valores matemáticos –continuó–. Un mago tan poderoso como yo podría hacerlo. Algo de investigación, tiempo, esfuerzo, objetos mágicos bastante inusuales y algunas cuantas cosas más que ahora no recuerdo… Pero – reforzó sus palabras levantando el dedo indicie hacia arriba–, siempre habrá un factor incontrolable: el azar. Ese pequeño bastardo es imprevisible y siempre, siempre hace lo que le da la real gana.

– Entiendo lo que quieres decir. Tiene sentido, es lógico.

– Soy una persona muy lógica.

– Lo que tú digas –murmuró Theo sin ganas de volver a avivar la discusión–. Ash, no sé cómo puede funcionar mi Libro de las Profecías, pero te aseguro que sí es capaz de predecir cosas –con la mano sobre el lado izquierdo de su pecho continuó hablando–. He leído lo que va ocurrir esta noche y deberíamos escapar del castillo sin perder más tiempo. Estamos en peligro, el…

– Lo que deberíamos hacer es quemar ese maldito libro –interrumpió Ash frunciendo el ceño y perdiendo un poco la paciencia–. ¡Trae! – extendió la mano con intención de cogerlo.

Theo se levantó del taburete con rapidez y dio varios pasos hacia atrás.

– No voy a dejar que destruyas el libro de mi abuela –replicó el joven–. Yo he leído cosas en estas páginas que, por increíble que parezcan, se han convertido en realidad.

– Te repito, el libro no sirve. Y en el hipotético caso de que estuvieras en lo cierto ¿no crees que un mago como yo también estaría al tanto del peligro? -Sonrió muy seguro de sus palabras–. Todo el castillo y sus alrededores están repletos con… ¿Cómo los has llamado? –Se irguió en la silla para imitarlo con gestos exagerados y una voz en falsete–, los típicos proverbios que cuelgan las viejas en sus casas para ahuyentar el mal.

Theo se mantuvo justo donde estaba, con la mano sobre el lado izquierdo del pecho y una expresión muy seria, nada propia de un chico de su edad.

– El Libro de las Profecías nunca ha fallado en sus predicciones. Si afirma que el Ejército de la Hermandad de los Dragones intentará matarte esta noche es porque va a pasar.

Ash arqueó una ceja lentamente.

– ¿El Ejército de la Hermanad de los Dragones quiere… matarme? – Preguntó sorprendido.

– ¿En serio, Ash? ¿Aún no has leído las cartas de mi abuela?

-¡Por todos los demonios! ¡Ahórrame esa tortura!

-Estoy seguro de que hay cosas importantes; cosas que son solo para ti.

-¿Puedes resumirlas?

-De acuerdo –accedió el joven después de dejar escapar un profundo suspiro-. Yo tampoco las he leído porque no iban dirigidas a mí, sino a ti –le señaló con el dedo-. Y te repito por enésima vez que lo único que sé es que estas cartas te avisan de que estás en peligro y que debes reunirte con mi abuela lo antes posible.

-Típico de Úrsula. ¿Cómo ha sabido ella antes que yo que el Ejército de la Hermandad quiere matarme?

-No has escuchado una sola palabra de lo que te he dicho durante estos últimos días –replicó Theo un poco enfadado.

– Yo siempre escucho –el mago fingió una expresión indignada.

– Lo que te conviene.

– Eso no es cierto.

-Llevo dos día diciéndote que mi libro nos está avisando de un gran peligro que se acerca; estoy seguro de que es el mismo peligro del que mi abuela ha intentado advertirte, con varias semanas de antelación, al enviarnos a entregarte las cartas que tú no has querido leer –explicó el chico aún más serio y preocupado que antes–. Esta noche el Libro de las Profecías me ha revelado que ese peligro que se acerca es el Ejército de la Hermandad de los Dragones y te quieren muerto.

Ash se echó a reír.

-¿Te das cuenta de lo que estás insinuando con esa afirmación, Theo?

– Si no me crees solo tienes que asomarte a tu mirador, verás un extraño amanecer verde en el horizonte….

– ¡Eso es imposible! – Ash se puso en pie sin dejar de reírse–. Un Ejército así no puede atravesar dos reinos sin que nadie se dé cuenta. Las noticias de sus avances ya nos habrían llegado. Y si estuvieran tan cerca como insinúas todo el valle de Ethera estaría en pie, estas gentes aman demasiado su tierra como para dejar que nadie los invada sin una buena lucha.

– Yo solo sé lo que he leído en mi libro y lo que he visto en el horizonte.

-Y yo solo sé que si tú y tu libro tuvierais razón mis hechizos ya se habrían activado.

Ambos se miraron durante unos instantes. Theo seguía muy preocupado y no paraba de jugar con las vendas de sus dedos. Ash no creía que el chico tuviera razón y confiaba por completo en sus hechizos de magia antigua. No había por qué preocuparse…

De dos zancadas el mago se plantó delante de las puertas con vidrieras de colores del mirador de su torre. Salió al exterior, el viento frío le dio las buenas noches agitando su largo cabello. Oteó el horizonte entornando los ojos, todo era oscuridad. No había rastro del temido Ejército.

-¿Ves? Todo está en…

– ¡Por todos los Dioses! –exclamó Theo aterrorizado cuando llegó junto a él.

Ash lo observó. Estaba pálido, tenía tan abiertos los ojos que parecía que iban a salirse de sus órbitas.

– ¿Qué es lo que ves?

– ¡Al Ejército de los Dragones! –Respondió el chico dando varios pasos hacia atrás.

-¿Te estás burlando de mí?

Theo negó con la cabeza porque no podía hablar.

-¡Demonios!

Ash entró corriendo en la habitación. Rebuscó en su desordenada mesa hasta que encontró una hoja de papel que no estaba muy arrugada. Dibujó varias runas con tinta negra, después dobló el papel rápidamente hasta darle una forma triangular que parecía tener una especie de alas a ambos lados del cuerpo principal.

Ash volvió al mirador con su papelito en la mano derecha. Le susurró unas palabras y luego lo lanzó con todas sus fuerzas hacia la oscuridad que había frente a su castillo. El papel voló como un pájaro, cruzó por encima del jardín y pasó sobre la muralla. Allí su velocidad se vio reducida durante unos segundos y el papel brilló con una luz azul muy intensa. Daba la sensación de que estaba atravesando algo invisible… después se lo tragó la oscuridad de la Noche del Silencio.

Ash apretaba la mandíbula casi tan fuerte como se aferraba a la balaustrada de su mirador. Con los ojos entrecerrados intentaba ver algo más que la nada frente a él.

Al cabo de unos segundos hubo un fogonazo que iluminó la noche como si fuera de día. La oscuridad empezó a resquebrajarse lentamente con un crujido y cayó al suelo como los pedazos rotos de un cristal negro.

Entonces Ash también lo vio.

– ¡Por todos los demonios de Jofren! – Fue lo único que pudo articular.

El Ejército de la Hermandad de los Dragones era impresionante. Sus linternas mágicas se perdían más allá de donde podía alcanzar la vista, el grueso de su fuerza rodeaba el castillo y él ni si quiera se había enterado.

Ash apretó los puños. Estaba realmente enfadado y todavía no sabía con quién. Si con el Ejército de los Dragones por haber usado las artes oscuras para ocultarse de su poder o consigo mismo por no haber revisado el estado de sus hechizos.

– ¡Maldición! –Exclamó dando un puñetazo a la baranda de piedra.

Echarle la culpa al enemigo era de idiotas. El único responsable de esa situación era él mismo y lamentarse no iba a ayudarle a resolver el problema.

– ¡Hemos perdido demasiado tiempo en tonterías! ¡Tenemos que huir!

– ¡No! –Respondió Ash frunciendo el ceño y negándose a aceptar lo evidente, como había estado haciendo hasta ahora– ¡No voy a abandonar mi precioso castillo y salir huyendo con el rabo entre las piernas por culpa de esos aspirantes a dragoncillos!

En ese momento una andanada de proyectiles mágicos salió disparada de un grupo de sofisticadas máquinas de guerra del Ejército de los Dragones. Theo dio un paso atrás porque vio como la trayectoria del ataque iba en su dirección. Ash permaneció erguido e impasible en el mirador de su torre. No les temía.

– ¡Vamos a morir! – Chilló el chico aterrorizado.

Los proyectiles se precipitaron hacia el castillo dejando tras de sí una estela verde brillante. Cuando llegaron a la altura de los muros de alzí estallaron. La onda expansiva se comportó de una manera muy extraña, toda su fuerza se aplastó contra algo invisible que había alrededor de la fortaleza.

– ¿Lo has visto? – Preguntó Ash muy orgulloso y apuntando con el dedo hacia su muralla–.  Ese es el cometido de los hechizos de los que antes te has mofado.

Las campanas del castillo sonaron alborotadas anunciando el peligro. En minutos el ejército de la fortaleza se desplegó ocupando los lugares estratégicos para defenderse.

– ¡Huyamos antes de que sea demasiado tarde! –Insistió Theo.

Ash lo ignoró. No podía apartar su atención de las andanadas de proyectiles que continuaban estallando en el aire.

– ¡Ash! –Theo suplicaba – ¡Por favor!

– Estamos a salvo –dijo el mago cruzando los brazos frente a su pecho desnudo–. El escudo invisible que rodea al castillo nos protegerá de los ataques mágicos de estos imbéciles y las murallas de alzí de sus ataques físicos.

– No deberías subestimarlos –advirtió Theo–. El Libro de las Profecías…

Una gran explosión interrumpió sus palabras. La barrera mágica se hizo visible por primera vez. Tenía un suave tono azulado que palpitaba con debilidad. Entonces aparecieron también las primeras grietas. Se extendieron en la zona que había sido más castigada, frente a la torre del mago.

– ¡Maldición! ¡Esto no debería de estar ocurriendo!

Una nueva oleada de ataques se centró en el punto más débil de la protección mágica.

¡Fortitudo et praesidium. Ressitebatto et quo materius. Coniunctic et quo poderius! –gritó Ash.

Alzó ambos brazos hacia la barrera. Desde sus manos surgieron varios rayos azules que se concentraron en el mismo punto donde estaban impactando todos los proyectiles. La zona se volvió casi opaca.

El escudo resistió.

El mago bajó las manos. Tenía la respiración acelerada y los ojos clavados en el horrible remiendo que acababa de hacer a su protección mágica. Ni un aprendiz hubiera hecho algo tan burdo, tan tosco.

No había tiempo para más. Ash no podía dedicarse a devolver el aspecto y la fuerza al escudo desde allí y en ese momento. El enemigo volvía a atacar. Sus proyectiles se extendieron alrededor del parche, las explosiones castigaban toda esa zona cubierta de grietas y bastante debilitada. Era cuestión de tiempo que el escudo cayera.

– ¡Autoritudo in essentia quo materiae. Dispersio et quo poderius. Coniunctic in alpha spatium!

El mago gritó. Alzó los brazos de nuevo y varios rayos azules volvieron a escapar de sus manos. Su magia parecía más luminosa, más intensa que antes y se extendió por el interior de cada grieta del escudo para reforzarlo; Para evitar que las explosiones que hacían estremecerse al castillo hasta sus cimientos consiguieran volar la protección mágica en mil pedazos.

La barrera había resistido una vez más.

Los ataques cesaron y Ash bajó los brazos, jadeando. El sudor le resbalaba por la frente, estaba agotado después del esfuerzo. Necesitaba unos segundos para recuperarse.

– ¿Te encuentras bien?

– Sí –mintió el mago sin ningún tipo de remordimientos–. Hace falta mucho más que esos trucos de feria para vencerme –añadió fanfarroneando.

Theo le dedicó una tímida sonrisa.

Los soldados que defendían el castillo también llevaban un buen rato castigando a los invasores con las máquinas de guerra ancladas en el patio de armas y las murallas. Aunque sus ataques eran mucho más débiles estaban consiguiendo crear cierto caos en la vanguardia del Ejército de los Dragones.

El leve momento de calma llegó a su fin.

Un proyectil con forma de flecha, tan grande como un carro y envuelto en llamas rojizas voló por el aire a una velocidad increíble. Se clavó en el centro de la zona opaca. Su punta atravesó la superficie mágica. El escudo se estremeció. Las grietas que partían de ese punto se hicieron más grandes y otras nuevas aparecieron con rapidez por toda la cúpula que protegía el castillo.

-¡Demonios! –Gritó el mago.

La barrera mágica estalló en mil pedazos y la flecha llameante siguió con su trayectoria.

Ash la vio venir y apenas tuvo tiempo de reaccionar. Agarró a Theo del cuello. Ambos rodaron por el suelo mientras el proyectil pasaba sobre sus cabezas y arrancaba gran parte del tejado de su habitación antes de perderse en la oscuridad de la noche.

– ¡Serán desgraciados! –Grito Ash poniéndose en pie – ¡Acaban de destrozar mi preciosa torre!

El  mago no podía apartar sus ojos de los restos llameantes de su tejado. Refunfuñando pronunció las palabras que apagaron el fuego antes de que algo más prendiera.

– ¡Esto no se va a quedar así! – Añadió con una sonrisa cruel en los labios.

Ash estaba tan furioso que empezó a recitar los salmos de un nuevo hechizo:

Golemus dormienti, audite vocem creatorus…

Sabía que tendría que pagar un precio muy alto por lo que pretendía hacer, pero valdría la pena solo para enseñarles a esas miserables lagartijas una pequeña muestra del poderío de Ashton Graykon.

El Ejército de la Hermandad volvió a reanudar sus ataques con proyectiles mágicos que ahora volaban libres por todas partes. Algunos se perdían en el cielo nocturno; otros se incrustaban en las murallas o en las paredes del propio castillo. No iban a detenerse hasta haber conseguido su objetivo: invadir la fortaleza.

Ego Dominus. Ego tibi vitaem dedit. Ego et obedientiam exigit. Hostes ne intrare mea castellum…

Ash continuaba impasible en su mirador. Preparaba su hechizo con calma. A pesar de estar con los ojos cerrados aún se permitía el lujo de desviar algunos proyectiles que tenían como objetivo destrozar lo que quedaba de su adorada torre.

¡Excitati!, ego darum tibi libertatem quia parere ego deseares.

El mago terminó el ritual con una palmada frente a su pecho. Sonó igual que un estallido hueco y entonces se crearon un montón de haces de luz roja. La magia dio un par de vueltas alrededor de sus manos antes de que él les diera la última orden con una voz enérgica.

¡Exitus et perdamus ominia!

Los haces de luz salieran despedidos hacia todas partes.

Las rodillas de Ash se doblaron y tuvo que apoyarse en la barandilla para recuperar el ritmo de su acelerada respiración.

– ¿Qué te ocurre? – Preguntó Theo que había acudido en su ayuda.

– Nada –volvió a mentir usando al chico como apoyo para incorporarse –. ¿Y a ti?

Ash tenía puesta su atención en seguir protegiendo su torre de los proyectiles y sobre todo en el hechizo que acababa de lanzar.

Su magia se había introducido en las estatuas enormes del jardín así como en los dos impresionantes colosos que flaqueaban la puerta de entrada al castillo. Al cabo de unos segundos la piedra empezó a moverse y antes de que Theo pudiera asimilar lo que estaba pasando diez esculturas tan altas como los gigantes de las montañas se encaramaban a los muros de alzí que protegían la fortaleza.

– ¡Qué es eso! –Preguntó el chico, sorprendido y maravillado a partes iguales.

– ¡Gólems! –Respondió Ash hinchando el pecho con una expresión de autosuficiencia muy exagerada–. Esas lagartijas van a arrepentirse de su patético intento por acabar conmigo.

Los gólems de piedra saltaron al otro lado del muro y cayeron sobre la avanzadilla del Ejército. Los gritos se escucharon incluso desde la torre. Ash sonrió satisfecho al ver como sus creaciones sembraban el caos.

– Tú ganas, Theo –dijo el mago sin mirarle a la cara porque le estaba costando demasiado admitir que el chico había tenido razón desde el principio y Úrsula también–. Ha llegado el momento de huir –añadió apartándose un mechón azul de la cara.

Con un largo suspiro de cansancio Ash regresó a la habitación. Rebuscó entre sus cosas para vestirse rápidamente con una camisa, un chaleco de faldones largos, una capa oscura y, por su puesto, sus botas que parecían hechas de escamas de dragón.

Sacó una bolsa de piel de debajo de una montaña de trastos. Empezó a murmurar una lista de todo lo que necesitaría llevarse y se puso a dar vueltas por la habitación sin encontrar lo que necesitaba.

-¡Maldita sea!

Dejó escapar un largo suspiro. Sonrió.

-A grandes problemas, grandes soluciones.

Abrió su bolsa de piel y la puso al borde de la mesa donde había una montaña innumerable de libros, cajas, frascos de cristal con etiquetas de colores, pergaminos, hojas con dibujos, tinteros, plumas, ropas, armas… Con el brazo que tenía libre empujó todos los objetos hacia el borde.

-¿Qué haces?

-Mi equipaje.

La montaña de trastos cayó en el interior de la bolsa, pero su forma no varío en ningún momento. Theo lo observaba con curiosidad.

-¿Nunca has visto un saco sin fondo? –Preguntó al joven.

-Claro que sí. Zöe tiene uno, aunque el suyo es de color rosa y mucho más pequeño.

-No importa el tamaño exterior, sino el interior.

Cuando el mago consiguió meter todo lo que había sobre la mesa y varias estanterías dentro de su saco sin fondo vio una montaña de cartas sin abrir sobre el borde de una mesita baja. Seleccionó unas cuantas que guardó en el bolsillo interior de su chaleco. Ya las leería después, o no.

Salió al mirador. Sonreía. Estaba muy orgulloso de sus creaciones. Los gólems eran destrucción en estado puro, no había nada que pudiera detenerlos, por ahora. Acababan con todo lo que intentara acercarse al castillo. Los cuerpos desmembrados salían despedidos por el aire junto a los pedazos de algunas máquinas de guerra.

Ash había arriesgado mucho al crearlos, pero valía la pena. Al Ejército de los Dragones iba a costarle derrotarlos, sobre todo a sus colosos de alzí que habían abierto sendos surcos en el suelo de la entrada principal al usar sus pesadas espadas para presionar la retirada del enemigo.

– Si no estuviera tan débil os iba a enseñar mi verdadero poder, malditos desgraciados –masculló.

– ¿Decías algo? – Preguntó Theo.

–  Decía que a dónde vas. – Ash decidió omitir su comentario.

– Hacia la puerta… –respondió el chico señalando al otro lado de la habitación y sin entender la pregunta.

Ash le dedicó una sonrisa ladeada que no auguraba nada bueno.

– ¿Tantas ganas tienes de bajar los doscientos escalones que has subido? – Preguntó mientras se acercaba hasta la baranda del mirador.

– Realmente no –respondió con sinceridad y sin esconder el miedo que le recorría el cuerpo–, pero no veo otra manera de…

De un salto Ash se subió a la barandilla de piedra, parecía completamente recuperado del esfuerzo anterior.

– Es una broma, ¿verdad?

– ¿No tenías prisa por huir? –Preguntó inclinándose un poco hacia delante con una sonrisa socarrona–. Este es el camino más rápido.

– ¿Cómo?

– Saltando –respondió tranquilamente mientras apoyaba ambas puños en las caderas y miraba al chico desde lo alto de la baranda sin importarle que los proyectiles cada vez pasaran más cerca de la torre –. No tenemos toda la noche para que te decidas.

– Tengo… tengo en muy alta estima mi vida –respondió Theo dando varios pasos hacia atrás, temblando–, así que nos veremos abajo, si no te importa.

Dicho esto se dio media vuelta dispuesto a volver por donde había venido. Ash no se lo iba a permitir. De un salto bajó de la balaustrada, agarró a Theo de la capa y se lo echó al hombro como si fuera un fardo.  Por unos instantes sintió algo extraño, una debilidad aún mayor que cuando había despertado a sus gólems. La sensación se fue tan rápido como vino y Ash no le dio mayor importancia.

– ¡Agárrate bien! –Gritó mientras se daba la vuelta y corría hacia el borde del mirador.

– ¡Si muero me convertiré en fantasma para atormentarte el resto de tu vida!

Sin decir nada más el mago saltó al vacío.

Theo no pudo reprimir un grito de pánico.

– ¡Ahhhhhhhhh!

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