LA HERMANDAD DE LOS DRAGONES CAPÍTULO 4: KAHLI

MAR HERNÁNDEZ Y JOSÉ FERREIRA LIJÓ

 

CAPÍTULO 4: KAHLI

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– ¡Responde! –Gritó Arkuss–. ¿Qué es esto?

El capitán le mostró el pequeño frasquito de cristal vacío.

–Es para… –Kahli tenía que buscar alguna excusa, rápido – el dolor de… ¿estómago?

– ¿Te crees que soy idiota?

– ¡No! Te estoy diciendo la verdad – insistió ella con la mentira–, pero es que estaba muy malo y…

–Ya veremos lo que dice el sanador y el General cuando lo examinen –la interrumpió Arkuss mientras se guardaba la botellita con cuidado–. Ahora, andando.

El capitán no le dio más explicaciones. La levantó del suelo con un tirón y después la arrastró entre las filas de soldados. Los otros hombres de la escolta no cuestionaron la decisión de Arkuss en ningún momento; le siguieron adoptando una formación en rombo entorno a ambos

– ¡Anda! –Exigió el capitán apretando más la mano alrededor del brazo de ella.

A Kahli le costaba mucho mantener el paso. Aún tenía las piernas temblorosas y el estómago revuelto como nunca antes lo había tenido. La cabeza tampoco estaba demasiado lúcida en esos momentos.

Que Arkuss hubiera descubierto que se había tomado un preparado, sin el consentimiento del sanador de la División del Dragón Blanco, era una soberana tontería comparado con que la mismísima Archibruja Lura le hubiera mostrado aquella botellita encantada. No había que ser muy inteligente para darse cuenta de que la Archibruja había metido las narices y las manos donde no debía. Y eso era muy peligroso.

De nuevo, unos familiares graznidos volvieron a interrumpir los pensamientos de Kahli. Levantó la cabeza hacia el cielo y allí seguían revoloteando las arpías–cuervo. Tenían el plumaje más negro que la mismísima noche y no dejaban de observarla con sus ojos amarillos. Lura no quería perderla de vista en ningún momento.

–Tendréis que esperar un poco… – Kahli escuchó esas palabras tímidas y miró hacia delante.

Acababa de hablar un chico de su misma edad, rubio y vestido de blanco y azul, con el emblema del Dragón blanco bordado sobre su pecho.

–Todavía no hemos terminado de montar la tienda de los estrategas… –añadió casi en un susurro.

– ¡Pues daros prisa! –Gritó Arkuss.

El joven asintió con la cabeza y se apresuró a obedecer.

Kahli había estado dándole tantas vueltas a las cosas que apenas se había dado cuenta de cómo Arkuss la había conducido hasta la elevada tarima donde se levantaba la tienda de los estrategas, o parte de ella. Lo único que parecía en su sitio eran los estandartes con el emblema del Dragón a cada lado de la entrada, donde el mismo símbolo se repetía en la tela que hacía las veces de puerta.

Arkuss entró en la tienda y dejó escapar un largo suspiro de desaprobación. La lona estaba sin asegurar, las juntas eran tan grandes en las paredes que podía haberse colado una persona y la estructura secundaria de sujeción todavía estaba a medio montar.

– Los postes maestros están bastante bien – afirmó el capitán después golpearlos con el pie un par de veces–. Será suficiente. –Entonces se giró hacia Kahli–.  ¡Espera aquí! –Ordenó con brusquedad –. Y por tu propio bien, no hagas más tonterías esta noche.

Arkuss la soltó de golpe y le dio la espalda. En cuanto el capitán abandonó la tienda ella le dedicó la mueca más desagradable que se le pasó por la cabeza. A Kahli le hubiera gustado gritarle un par de cosas más, pero no se sentía de humor para enzarzarse en otra discusión con él, era agotador.

Entonces ella echó un rápido vistazo a su alrededor. Era la primera vez que estaba en la tienda de los estrategas a medio montar y se preguntaba cómo aquel desastre de maderas, cuerdas, baúles, cajas y demás trastos podía convertirse en el centro neurálgico del Ejército de la Hermandad. Si ni si quiera habían montado la gran mesa con los mapas. En ese momento Kahli reparó en los tres cadetes que la miraban con curiosidad desde el otro extremo del recinto.

–Hola –saludó ella para romper el silencio.

–Hola –le respondió el chico más alto, un elfo con el cabello alborotado y que sujetaba un poste de madera para que los demás terminaran de atar la parte inferior de la lona.

El cadete más serio de los tres, el humano que había informado a Arkuss, le golpeó la rodilla a su compañero para llamarle la atención.

–Niem, no hables con ella –dijo mirándola de reojo– o nos meterás en un lío.

– ¿Y eso por qué, listillo? –Inquirió el elfo adoptando un aire desafiante.

– ¿No sabes quién es? –Se sorprendió el chico humano.

Los tres la miraron con renovado interés.

– ¡Qué pasa! –Respondió ella molesta por el descaro con el que la estaban examinando desde la cabeza hasta la punta de sus botas.

–No me suena –dijo Niem al cabo del rato e ignorando por completo la incomodidad de Kahli.

–Es la ayudante del General Gideon – empezó a explicar su compañero–. La semana pasada les dio una paliza a otros cinco ayudantes mayores que ella –continuó cotorreando–. Según dicen por ahí, los Generales están muy enfadados, sobre todo la General de las Arpías.

– ¡Vaya! – Exclamó el elfo y le dirigió una mirada de admiración.

– ¿Seguro? – Preguntó el cadete más joven de los tres, un enano de grandes ojos azules quien no creía las palabras de su compañero–. Pero si es una cría esmirriada…

Kahli lo fulminó con la mirada.

–Si quieres, te enseño lo que le hice a esos engreídos… –dijo ella, adoptando una postura desafiante que le costó mantener por culpa de las molestias de su estómago y el dolor de cabeza.

El enano dio un paso hacia atrás intimidado, había visto algo en su expresión o quizás en sus ojos. No estaba muy seguro.

– ¡Venga! – Intervino el humano para romper la tensión del momento – ¡A trabajar!

Los tres cadetes se centraron en su tarea y Kahli los ignoró también. Tenía demasiadas cosas dándole vueltas por la cabeza mucho más importantes que demostrarle a un enano ignorante que no era tan inofensiva como su aspecto aniñado podía sugerir.

Kahli buscó entonces el rincón más apartado que pudo encontrar. La penumbra de la tienda le recordó un poco a las secciones antiguas de la biblioteca de la escuela de Brujería. Aunque detestaba ese sitio ahora se lamentaba por no haber prestado más atención a los hechizos que Agatha se esforzaba por enseñarle cuando la obligaba a acompañarla hasta allí. Tenía que haber copiado también el que servía para ir de un sitio otro. Ahora lo utilizaría para largarse de allí.

Por ahora estaba obligada a quedarse precisamente donde estaba, sentada sobre unas cajas de madera y de espaldas a los cadetes. Con mucho cuidado sacó uno de sus elixires de los bolsillos secretos donde los llevaba ocultos. Examinó el vial, a simple vista todo parecía estar bien hasta que lo agitó con fuerza. Ocurrió exactamente lo mismo que Lura le había mostrado: el líquido transparente brilló durante unos segundos con un fulgor morado antes de volver a su estado normal.

Kahli destapó el frasco y con mucho reparo se lo llevó a la nariz. El olor era igual de asqueroso que el sabor a jabón amargo y picante del elixir que se había tomado antes.

– ¡Maldita hija de una arpía sarnosa! – Murmuró un tanto desanimada mientras se frotaba las sienes para intentar aplacar su horrible dolor de cabeza.

Kahli comprobó el resto de sus elixires y obtuvo el mismo resultado. Si Lura había manipulado todas sus medicinas era porque sabía perfectamente la fórmula del compuesto y para qué se usaba.

Tan enojada estaba que estrelló contra el suelo dos de los viales que tenía en la mano. Las botellitas se rompieron en mil pedazos y el líquido se derramó sobre la madera impregnando el aire con ese asqueroso aroma. Los cadetes se sobresaltaron por el ruido. La miraron con curiosidad durante unos instantes mientras ella se inclinaba hacia delante, apoyaba los codos en la rodillas y la cabeza en las manos sin dejar de murmurar maldiciones.

La Archibruja conocía su enfermedad.

Un escalofrío sacudió a Kahli de arriba abajo.

– ¡Cómo he podido ser tan tonta! – Se dijo a sí misma–. Al final Arkuss va a tener razón…

Tenía ganas de gritar y golpear todo lo que había a su alrededor, pero se contuvo. Respiró profundamente unas cuantas veces.

– ¡Piensa! ¡Piensa! –Se repetía en un murmullo, una y otra vez.

No sabía cuáles eran las intenciones de Lura, aunque conociendo su reputación seguro que no tendría nada bueno en mente.

Kahli sentía la amenaza, sentía el peligro y algo se revolvió dentro de ella para darle la razón. Entonces dejó escapar un largo suspiro. Había llegado el momento que llevaba temiendo durante los últimos años: tenía que tomar una decisión que condicionaría el resto de su vida.

La opción más fácil sería seguir donde estaba y rezar a los Dioses para que Gideon la defendiera y protegiera como lo había estado haciendo hasta ese momento; para que las intenciones de la Archibruja no fueran tan oscuras como Kahli se imaginaba. Pero a quién quería engañar, Lura no se había convertido en la General de las Arpías por ser una bruja buena.

Decidirse por el camino más difícil significaba hacer caso a Agatha y desertar de la Hermandad de los Dragones, con todas sus consecuencias.

Kahli nunca pensó que llegaría a este punto de inflexión en su vida. La decisión no era simple, sin embargo sintió que se le empañaban los ojos incluso antes de haber elegido. Desde que abandonó la sede de la Hermandad supo que jamás volvería a ver a Agatha.

Kahli se limpió las lágrimas con rabia. No iba a llorar. No era el momento. Además, su hermana le hubiera dado una colleja, si hubiera estado allí, por ser tan pusilánime. Sorbió por la nariz y se irguió. Estaba decidida a marcharse de allí, costara lo que costase. No importaba que ahora estuviera recluida en la tienda de los estrategas, vigilada por algunos de los mejores hombres de la división del Dragón Blanco y situada en el mismo centro del Ejército. Encontraría la manera de marcharse.

Un estruendo arrancó a Kahli de sus pensamientos y la devolvió a la realidad. El ruido había sonado demasiado cerca y parecía que también había avivado el griterío del Ejército fuera de la tienda. Llevada por su curiosidad se acercó hasta la entrada y retiró la tela. Al otro lado, como ya esperaba, encontró a Arkuss y el resto de su escolta. El capitán le lanzó una mirada de advertencia.

–Tranquilo –le respondió ella con retintín–, no voy a salir corriendo.

Kahli recibió un gruñido a modo de respuesta y ambos decidieron ignorarse.

La situación de la tienda de los estrategas era de las mejores dentro del campamento. Se encontraba sobre una estructura de madera que permitía contemplar como el poderoso Ejército de los Dragones se había desplegado frente al hermoso castillo envuelto en magia antigua.

De momento, Kahli había dejado de lado sus planes de huida porque aún no había visto la manera de llevarlos a cabo. Mientras tanto tenía su atención puesta en el campo de batalla pues era la primera vez en su vida que veía algo así: Las catapultas de los elfos oscuros no dejaban de disparar salvas de proyectiles hacia el castillo. Sus ataques se estrellaban contra la barrera invisible que protegía toda la fortaleza y las impresionantes detonaciones iluminaban la noche más oscura de todo el año con fulgores verdosos.

A pesar de la gran distancia que había entre el campo de batalla y la tienda de los estrategas Kahli podía sentir como su cuerpo se estremecía con cada nueva explosión.

Los tres cadetes no tardaron en abandonar sus tareas y salir afuera. El ruido de los ataques también había despertado su curiosidad por saber qué estaba pasando.

– Os apuesto el pan de la cena de esta noche a que la barrera mágica aguantará sólo dos ataques más –dijo Niem con una sonrisa.

Los capitanes los miraron de reojo.

– ¿Se puede saber que hacéis aquí perdiendo el tiempo? – Preguntó Arkuss con esa expresión de pocos amigos que siempre tenía en la cara. – ¡Acabad de una vez de montar la tienda!

Los tres cadetes dieron un respingo y volvieron al interior sin replicar.

Al cabo de unos instantes, Kahli vio como la cortina de le entrada se apartaba ligeramente y Niem asomaba la cabeza con timidez para asegurarse de que los capitanes, y sobre todo Arkuss, estaban distraídos con el asalto. Y como así era, el elfo avisó a sus compañeros y los tres se colocaron de manera que pudieran soltar la lona de la entrada para ocultarse si los descubrían. Por ahora tenían la suerte de poder disfrutar de la batalla que observaban con los ojos brillantes de emoción.

–Os apuesto el pan de mi cena –repitió el más alto a sus compañeros en un susurro–, a que sólo con dos oleadas más de proyectiles la barrera mágica caerá. ¿Tú que dices, Roy?

–Parece magia antigua –replicó su compañero en un leve murmullo–, yo creo que harán falta por lo menos de cuatro a cinco ataques para tirarla abajo.

– ¿Cuatro o cinco? –Pregunto el elfo –. Tienes que elegir.

– ¡Cinco! –Se apresuró a responder el humano.

– Yo haré de juez –habló entonces el enano–. No quiero jugarme el pan.

La primera oleada de ataques acababa de empezar y la magia que protegía al castillo parecía debilitarse con cada nuevo impacto. En apenas unos segundos la barrera se hizo visible y ya mostraba grandes grietas que se extendieron rápidamente por toda la superficie, pero no cayó. En los puntos más debilitados de la protección pudieron verse unos rayos rojos que se centraban para reforzar la zona y evitar que los ataques alcanzaran su objetivo.

Hubo una leve pausa antes del siguiente ataque. Una enorme flecha de fuego salió disparada de su catapulta a gran velocidad. Cruzó el cielo hasta que su punta atravesó la protección mágica del castillo. La barrera estalló en pedazos con un sonoro estruendo mientras el proyectil arrancaba parte del tejado de la torre más alta de la fortaleza y después se perdía en la oscuridad de la noche.

Todo el Ejército de los Dragones celebró esta pequeña victoria con gritos de alegría y levantando las armas. Los trolls se golpearon el pecho mientras rugían y los enanos oscuros hicieron sonar sus peculiares trompas desafinadas.

– ¡Maldita sea! –Se lamentó Roy por haber perdido–. ¡La magia antigua es una birria!

–Es magia arcaica ¿qué esperabas?  –Inquirió el enano.

–Que fuera más poderosa.

–Todo el mundo sabe que no es así ¿verdad? – Preguntó Niem dirigiéndose hacia Kahli.

Ella lo miró sorprendida de que después de lo que había pasado antes aún se atreviera a hablarle.

–Supongo… –respondió ella mientras se encogía de hombros desde el otro lado de la entrada de la tienda.

En realidad la magia antigua sí era mucho más poderosa que la actual, sin embargo si los hechizos no se mantenían al día ocurría lo que acababa de pasar con la barrera que protegía al castillo: la magia se debilitaba, o eso le había contado Agatha.

¡Cuánto la iba a echar de menos!

– ¡Qué demonios es eso! –Exclamó Arkuss dando un paso al frente.

Todos miraron hacia la muralla y se quedaron perplejos. Nadie esperaba un contraataque, al menos no tan rápido. El ruido de algo pesado moviéndose precedió a la imagen de diez enormes estatuas de piedra saltando los muros del castillo con una agilidad impresionante. Sus pesados cuerpos cayeron sobre la vanguardia del Ejército sin darles tiempo a reaccionar.

– ¡Gólems! – Exclamó alguien incrédulo.

Por si las diez estatuas, dos veces más grandes que los trolls del Ejército, no fueran suficiente se le sumaron los dos colosos de piedra alzí que eran tal altos como la muralla del propio castillo.

Kahli abrió los ojos sorprendida. Se preguntaba qué clase de magos habría en la fortaleza para poder crear a tantos gólems, y sobre todo, a gólems de alzí.

– ¡Qué no avancen! –Gritaban los tenientes y capitanes cerca de allí.

Las estatuas cayeron sobre el campo de batalla causando grandes estragos. Cada nuevo ataque se saldaba con innumerables víctimas en las primeras filas del Ejército. Mientras que los gólems de alzí no se habían movido apenas de su lugar. Flanqueaban la puerta de entrada al castillo con sus armas preparadas para caer sobre los invasores.

– ¡Dejad paso al Gran Brujo Isrym! –Se escuchó por otro lado.

Las filas del Ejército de la Hermandad se fueron abriendo para dejar paso a la figura estilizada del Gran Brujo. Iba seguido de sus hechiceros oscuros quienes se dividieron en varios grupos para desplegarse alrededor de los mortíferos gólems de piedra.

– ¡Lanzad a las Dreidres! – Se escuchó el eco de la orden a la izquierda.

Kahli miró hacia ese lado. Vio como las exploradoras se preparaban para el ataque. Subían de un salto a la cuchara de la catapulta de su División y en segundos un hechizo verde las envolvía en el interior de una esfera mágica. Rápidamente eran lanzadas contra el castillo.

Muchos de esos proyectiles volaron por encima de las estatuas de piedra, de los muros de alzí y se incrustaron en la estructura principal de la fortaleza. Otros, sin embargo, no tuvieron tanta suerte y se estrellaron contra los golems, el suelo o rebotaron contra la muralla del castillo.

– ¡Ahí van nuestras exploradoras! –Comentó Roy dando un paso hacia fuera de la tienda para poder ver mucho mejor a las Dreidres.

–Son capaces de no dejar nada para cuando nosotros lleguemos –replicó el enano, saliendo también a fuera.

– Ni que fuéramos a pisar el castillo… –dijo con desánimo Niem mientras cruzaba los brazos y se situaba un poco más delante de sus compañeros.

Los tres cadetes se estaban dejando llevar tanto por las emociones de la lucha que habían perdido el miedo a la posible reprimenda que les iba a caer en cuanto Arkuss los viera plantados en la tarima y sin atender a sus obligaciones.

– ¿Qué es eso? –Preguntó con curiosidad el chico enano atreviéndose a dar otro paso hacia delante para ver mejor.

La atención de todos regresó al campo de batalla. De repente aparecieron infinidad de círculos mágicos de color rojo alrededor de los cuerpos y extremidades de los gólems.

Kahli se fijó enseguida en los brujos, divididos en tantos grupos como estatuas había. Intentaban mantener la distancia de seguridad para finalizar sus complejos hechizos con la ayuda de la División de los trolls y los proyectiles de  las máquinas de guerra que todavía estaban intactas.

Entonces, varios gólems cayeron al suelo por la fuerza de los ataques. Los hechiceros supieron aprovechar esta ventaja y se apresuraron a terminar el hechizo. Los círculos mágicos se cerraron sobre las estatuas y cortaron la roca como si fuera mantequilla. En segundos varios gólems quedaron reducidos a un montón de escombros irreconocibles.

Todo el Ejército de la Hermandad celebró la destrucción de las estatuas con gritos de alegría.

Entonces Kahli se dio cuenta de un pequeño detalle: todos los que se hallaban en la plataforma de la tienda de los estrategas estaban ensimismados por la lucha y nadie le prestaba la menor atención a ella. Ni si quiera Arkuss. El capitán se encontraba al borde de la tarima junto al resto de la escolta personal de Gideon. Los cadetes, llevados por la emoción, se habían alejado de la tienda también unos cuantos pasos sin dejar de comentar cada detalle de lo que estaban viendo.

Kahli no podía haber encontrado mejor momento para sus planes. Sin embargo aún dudaba y se mordió el labio inferior por el nerviosismo. Notó como sus dientes se hincaban en la carne con demasiada facilidad y un sabor metálico llenaba su boca. Se llevó la mano a los labios y después miró sus dedos con sorpresa, estaban manchados de sangre. No había apretado tan fuerte… Daba igual. No podía perder tiempo en tonterías. Tenía que decidirse de una vez. Echó un último vistazo a los gólems. Todos habían caído bajo el ataque de los brujos, todos menos los dos colosos de alzí. Vencerlos iba a ser mucho más complicado y quizás ellos podrían darle toda la ventaja que necesitaba.

Kahli dio varios pasos hacia atrás, muy despacio, hasta que regresó al interior de la tienda de los estrategas sin que nadie se diera cuenta. Ahora estaba sola y tan nerviosa que se retorcía las manos, hasta que sintió un arañazo en la palma de la mano derecha.

– ¡Ay!

Enseguida miró hacia abajo. Vio sangre en la herida y en las uñas convertidas en garras de su otra mano.

– ¡No! –Susurró aterrorizada y su voz se perdió en el estruendo del asalto del exterior.

– ¡Isrym es el mejor! –gritó uno de los cadetes muy alegre.

Kahli sabía que se le acababa el tiempo y la fuerza que se revolvía en su interior tomó control de su cuerpo durante unos instantes en los que la dirigió hacia el poste donde los cadetes habían estado trabajando antes. La lona no estaba asegurada y un ligero viento agitaba la tela con una clara invitación a huir.

Miró a su alrededor una última vez. Fuera, continuaba el estruendo de la batalla y los gritos de los soldados.

Casi sin darse cuenta su cuerpo se movió por sí solo y en un instante estaba deslizándose hacia el exterior de la tienda.

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