LA HERMANDAD DE LOS DRAGONES CAPÍTULO 5: THEO

MAR HERNÁNDEZ Y JOSÉ FERREIRA LIJÓ

CAPÍTULO 5: THEO

capitulo 5-portada2

 

Theo solo dejó de gritar cuando sus pies tocaron tierra firme de nuevo. El joven tenía el rostro enrojecido, el cuerpo tan tembloroso que se le doblaron las rodillas y se desplomó sobre la hierba que rodeaba la base de la alta torre del mago. Necesitaba uno segundos para recuperar el aliento en el jardín en el que habían ido a parar. Un muro curvo con una pequeña puerta de madera, delimitaba el pequeño oasis repleto de vegetación exótica y flores tan brillantes como las linternas mágicas colgadas en las ramas de algunos árboles.

-¡Oh Dioses, gracias por no dejarme morir! –Exclamó Theo cuando consiguió recuperar el ritmo de su respiración.

-Tus ridículos Dioses no han movido un dedo para salvarte la vida –replicó el mago con las manos en las caderas y un ligero reproche en la voz–. Si tienes la imperiosa necesidad de agradecérselo a alguien puedes agradecérmelo a mí. He sido yo quien ha evitado que tus sesos ensuciaran mi jardín privado.

-¡Pero si has sido tú quien me ha lanzado al vacío en contra de mi voluntad! –Replicó el joven mientras se ponía de pie con ímpetu.

-¡Pero qué quejica que eres! –Dijo Ash en tono burlón y la sonrisa ladeada-. Encima te muestro la manera más rápida de mi precioso castillo. No valoras en absoluto mis esfuerzos.

-No te rías de mí. Podríamos haber bajado por las escaleras. No era necesario este numerito.

-Si tú lo dices… -Ash se encogió de hombros sin perder su buen humor.

Theo abrió la boca para replicar cuando una gran explosión ahogó sus palabras y tuvo que agarrarse a una hamaca que colgaba entre un árbol y la pared de la torre.

– ¡Demonios! – Exclamó Ash enfadado y se dio la vuelta–. ¿Por qué no vais a destrozar cosas al maldito infierno? Seguro que a Jofren le hacéis un favor.

Theo se sorprendió por el comentario del mago. Era la primera vez que escuchaba a su amigo nombrar a uno de los cinco Dioses.

De dos zancadas Ash llegó hasta la puerta del muro cubierto por enredaderas y la abrió de golpe. Al otro lado, en el jardín principal de la fortaleza, se libraba una lucha que poco tenía que ver con los libros de caballería que Theo había leído desde que era un niño. Lo que estaba viendo era una batalla de verdad donde no había sitio ni para el honor ni el romanticismo; donde el choque de espadas y los gritos de guerra y dolor eran los únicos sonidos que podían escucharse; donde los buenos no siempre vencían a los malos.

– ¡Cómo han osado traer Dreidres a mi casa! – Gritó Ash mientras se pasaba una mano por el pelo.

Los ataques mágicos iluminaban el cielo sin luna. Grandes proyectiles se estrellaban por todas partes y de sus interiores salían aquellas guerreras, dispuestas a cumplir con los designios de la Hermandad de los Dragones o morir en el intento.

– ¡Malditas Dreidres!– El mago estaba furioso y se notaba tanto en su tono como en el tic nervioso que le hacía temblar el ojo derecho.

Los soldados caían uno detrás de otro frente a las guerreras que les superaban en altura y llevaban el cuerpo pintado. Parecían las enviadas de la mismísima muerte con su vestimenta cubierta por los trofeos de sus víctimas y esa habilidad innata para acabar con cualquiera que se enfrentara a ellas.

– ¿Quiénes son? –Preguntó Theo sorprendido y atemorizado a partes iguales.

– Son las exploradoras de las lagartijas y no saben hacer otra cosa más que matar. ¡Son adorables! –Dijo el mago con acritud.

Apenas hubo terminado la frase vieron como una de aquellas mujeres protagonizaba un ataque magistral contra cuatro soldados con armadura. Los hombres apenas resistieron unos minutos ante su enemiga quien blandía sendas espadas de filos aserrados y llevaba un collar confeccionado con restos de cabelleras, huesos y dedos.

En ese momento Theo se acercó hasta la pequeña puerta y la cerró para luego derrumbarse contra la madera. Necesitaba tiempo para asimilar todo lo que acababa de ver, todo lo que estaba ocurriendo.

– ¿Cómo vamos a salir de aquí con vida? – Murmuró y se abrazó a sí mismo.

El estruendo de la batalla estaba más cerca y el joven cerró los ojos asustado. Quería desaparecer de allí. Hubiera dado cualquier cosa por estar de vuelta en su hogar, en su habitación.

-Podemos… -empezó a decir Ash.

-¡Zöe! –Exclamó Theo-. Tenemos que encontrar a Zöe…–añadió con una voz suplicante mientras miraba al mago.

– ¿Para qué? No decías que no la necesitabas para nada –dijo a la vez que arqueaba una ceja.

-Estoy… preocupado por ella… -respondió el joven, no iba a reconocer que en realidad estaba dispuesto a tragarse su orgullo y suplicar ayuda.

– Ya… -el mago no parecía muy convencido con la respuesta-. No sufras por ella. Es lo bastante mayorcita para poder defenderse. Además, si ha ido a importunar a lord Velam, a estas alturas él y sus hombres la estarán escoltando hacia el laberinto.

– ¿Laberinto? –Preguntó el chico con la sorpresa dibujada en el rostro – ¿Qué laberinto?

– Sí, bueno, la ruta secreta de evacuación de mi castillo –explicó Ash encogiéndose de hombros–. Es un laberinto, si no sabes el camino…

– Y… tú sí lo sabes… ¿Verdad?

– Theo, este es mi castillo, sé absolutamente todo lo que hay que saber sobre él.

Más explosiones hicieron temblar el pequeño jardín donde se encontraban. Parte de los ladrillos del muro que se unía a la gran torre se desplomaron.

– No es muy inteligente quedarnos aquí. Debemos marcharnos –dijo Ash–. Apártate de la puerta Theo, quiero mostrarte algo.

El joven lo miró con los ojos muy abiertos, como un cachorro asustado.

– No temas –añadió enseguida y sonrió-. Solo la abriré lo necesario.

Theo dudó unos instantes, pero al final obedeció. Ash fue fiel a su palabra.

– Debemos dirigirnos hacia allí. –El mago le señaló con el dedo un gran edificio que había al otro lado del jardín principal del castillo–. Entraremos por esa puerta, bajaremos a las mazmorras y nos daremos un agradable paseo hasta el laberinto. ¡Fácil!

Theo no compartía el entusiasmo de su amigo. El tramo que tenían que recorrer era un camino de piedras luminosas, bordeado por setos bajos que pasaba junto a una fuente destrozada y los pedestales vacíos de las esculturas a las que Ash había dado vida. Después, el jardín se abría a una gran zona de césped con árboles frutales plagados de más linternas mágicas y macetas con flores brillantes. Y en último lugar se encontraba su objetivo, la puerta situada en el muro de un esbelto edificio con ornamentación antigua y la mayoría de las ventanas destrozadas. El tejado amenazaba con hundirse de un momento a otro. No soportaría mucho más los continuos ataques mágicos que se estrellaban contra sus paredes

La distancia no sería un problema si no hubieran guerreras repartiendo muerte por todo el trayecto.

– ¡Estás loco! – Exclamó el chico aterrorizado y cerró la puerta despacio. La idea de llamar a gritos a Zöe tomó fuerza en su cabeza–. ¡Cómo vamos a cruzar el jardín! ¡Está lleno de esas… esas… criaturas! ¡Tú has visto lo que les están haciendo a los soldados!

– Tranquilízate. – Ash le puso una mano en el hombro y le apretó ligeramente–. Debería sentirme insultado por tu falta de confianza en mí, pero te perdono porque estás muerto de miedo –dijo con una media sonrisa-. Soy el gran mago Ashton Graykon y hace falta mucho más que un puñado de lagartijas para acabar conmigo –añadió con orgullo, hinchando el pecho-. Yo me encargaré de que podamos llegar a la puerta sanos y salvos.

Ambos se miraron en silencio. Ash estaba muy seguro de que podrían pasar, Theo seguía dudando.

-¿No hay otro camino? –Preguntó.

-Probablemente.

– ¿Y? –El joven movió la cabeza para que el mago de diera una explicación más coherente.

-Hay muchas maneras de llegar hasta el laberinto –explicó Ash-. Desde aquí podríamos cruzar la torre –señaló la puerta que estaba justo en su base y tan oculta entre la vegetación que Theo no había reparado en ella hasta ahora-, subir unos cuantos pisos y salir por la puerta principal. Recorrer el patio…

-¡Para! Solo quiero saber si hay otro camino menos peligroso –le interrumpió el joven desesperado.

-No tengo ni la más remota idea.

-¡Pero has dicho que sabias todo lo que hay que saber sobre tu castillo!

-No sé si te has dado cuenta, pero ahora mismo mi casa está patas para arriba. Lo que sepa o deje de saber es irrelevante. No soy un adivino, no sé lo que está ocurriendo en las otras partes de mi humilde morada.

-¿Adivino? -Murmuró-. ¡Adivino! ¡Eso es! –Exclamó Theo con los ojos muy abiertos, acababa de darse cuenta de algo-. ¡El libro!

– ¿Qué?

– El Libro de las Profecías –explicó con un brillo febril en los ojos–. Seguro que puede ayudarnos a elegir el camino correcto.

– No tenemos tiempo para esas bobadas – dijo el mago cruzando los brazos y dejando escapar un suspiro de frustración -. Y tu actitud está empezando a ofenderme de verdad.

– Creo que esta noche mi libro ya te ha demostrado que lo que dice no son bobadas y es muy importante que lo consultemos para tomar una decisión tan peligrosa –replicó el joven mientras se sentaba en el suelo para sacar el volumen guardado entre sus ropas–. Y no significa que confíe más o menos en ti. Es una cuestión de seguridad, para los dos.

– ¡Eres tan insufrible como Úrsula! – Exclamó el mago dándose por vencido.

– Estoy orgulloso de parecerme a ella.

Theo pagó el precio de la sangre para llegar hasta los secretos de su preciado libro. Las frases no paraban de aparecer y desaparecer. Solo consiguió entender algunas palabras pues la velocidad a la que los párrafos mutaban era frenética: sangre, Hermandad, tiempo, Dragones, Dreidres, Drakolía…

– ¿Drakolía? – Murmuró sorprendido era la primera vez que el término aparecía en su libro. – ¿Ash, sabes lo que significa la palabra Drakolía?

El mago se encogió de hombros.

– ¿Drakonía?

– No – le corrigió él–. Dra–ko–lí–a.

– Nunca antes había oído algo así. –Ash se frotó la barbilla–. ¿Has descubierto ya por qué camino las Dreidres no nos arrancan la cabeza?

– Nuestro futuro se define por nuestras decisiones y por las acciones de cada persona que se cruza en nuestro camino. Esta noche hay demasiada gente… Demasiados factores a tener en cuenta… Es… complicado… Es difícil, entender algo. ¡Argh! –Theo se alborotó el cabello frustrado.

– Vamos, que estas peor que antes. ¿Quieres deja de perder el tiempo en averiguar lo que puede o no ocurrir? Es mucho más emocionante descubrir las cosas en el momento oportuno.

– Hablas como un viejo…

– Querrás decir como un sabio –lo rectificó el mago levantando el dedo índice–. He vivido más que tú y sé de lo que estoy hablando.

Ash se acercó hacia la puerta del muro del pequeño jardín.

– ¿No tenías tanta prisa por huir? –Preguntó al joven-. Este es el camino más rápido.

Theo quería permanecer allí hasta que obtuviera una respuesta clara de su Libro de Profecías, pero sabía que eso iba a ser imposible. Los ataques mágicos se estaban desviando hacia el lugar donde se encontraban y pronto alcanzarían la torre de Ash.

– No tienes que preocuparte absolutamente de nada más que de correr con todas tus fuerzas –dijo el mago mientras abría un poco la puerta para otear la situación-. Yo me ocuparé del resto. No puedo permitir que el nieto de Úrsula muera. ¿Sabes lo que podría llegar a hacerme?

Ash sonrió. Theo se relajó un poco por la broma. Sí, podía imaginarse a su abuela atormentando al mago durante el resto de sus días.

– ¿Estás preparado? –Preguntó Ash, dedicándole una última mirada.

Theo tenía un nudo en la garganta y no pudo más que responder con un asentimiento de cabeza. Si las cosas tenían que ser así… Respiró hondo.

Terrae elementun, ego obedit. Potentia ego estit.

Ash dibujó frente a él una runa tan grande como el movimiento de su brazo derecho le permitió. El símbolo era de color ámbar, brillaba con la fuerza del sol del amanecer y flotaba con calma en el aire.

– Essentia tua ego controlit. –El mago hizo una pequeña pausa-. ¡Viscera converti in armis quia victoriu hostes meum!

Los trazos de la runa se expandieron hacia todas partes hasta que el símbolo explotó con un fogonazo blanco que obligó a Theo a protegerse los ojos durante unos instantes. Cuando volvió a abrirlos la poderosa luz del hechizo estaba clavada como una flecha frente a los pies de Ash. El suelo cubierto de hierba tembló un poco y pronto empezaron a aparecer grietas por las que la magia se hundió hacia las entrañas de la tierra. El pequeño jardín volvió a quedar iluminado por el resplandor de las suaves linternas mágicas de los árboles. Theo deseaba quedarse allí, protegido por la naturaleza, aunque el sonido de la batalla saltara los muros cubiertos de vegetación para anclarlo en la realidad.

-Pase lo que pase no te detengas –fueron las últimas palabras de su amigo.

Theo volvió a tragar saliva, le sudaban las manos.

El mago abrió la puerta de golpe y echó a correr. Él le siguió con el corazón demasiado acelerado. Aquel era uno de los momentos más aterradores de su vida. Podía ver a las guerreras entre la vegetación y los árboles que rodeaban el jardín privado de la torre de Ash. Las mujeres pintadas seguían entretenidas con los valientes soldados de lord Velam. Los hombres intentaban contenerlas, pero ellas eran unas luchadoras experimentadas y tan destructivas que les resultaba imposible vencerlas cuerpo a cuerpo.

Theo estaba horrorizado. Jamás había oído hablar de las Dreidres y de su estilo de lucha tan salvaje; Tampoco había leído nada en los libros de historia de su biblioteca acerca de sus horribles costumbres de destrozar y mutilar a sus enemigos… y eso era precisamente lo que estaban haciendo con los soldados… Hubiera preferido seguir disfrutando de su ignorancia porque desde aquel día jamás podría olvidar las atrocidades que estaba viendo.

El miedo le empujaba a seguir, a correr sin parar y por unos instantes creyó que conseguirían alcanzar la puerta sin problemas. Él y Ash salieron de la protección de los árboles, cerca de donde se encontraba la fuente destrozada. En ese momento un agudo chillido le heló la sangre a Theo. Dio un respingo y a punto estuvo de caer. Giró la cabeza hacia ambos lados hasta que vio a la guerrera que corría hacia ellos desde la derecha.

-¡Ash!

El mago también había reparado en la mujer, en cómo seguía gritando para llamar la atención de sus compañeras cercanas que seguían mermando la guardia del castillo sin compasión.

Theo apretó más el paso. El sudor le resbalaba por la frente y sentía el cuerpo muy cansado, pero no se detendría. No, después de haber visto las atrocidades que le esperaban si caía en manos de las Dreidres. Solo un poco más, ya estaban casi a la mitad del camino. La fuente destrozada y los pedestales vacíos quedaron a su izquierda, cubiertos de sangre y cadáveres.

Delante el espectáculo no era mucho mejor. Había más hombres mutilados o tan destrozados que sus cuerpos eran solo reconocibles por los uniformes; y más guerreras que se habían fijado en sus nuevas víctimas.

Las luces del jardín y las explosiones mágicas iluminaban la noche como si fuera de día. El edificio estaba cada vez más cerca, la puerta se perfilaba con claridad entre dos ventanales con ornamentación muy recargada.

Entonces Ash se paró en seco y gritó al chico:

-¡No te detengas!

Theo quería obedecerlo, pero no era tan fácil. Las guerreras que no estaban enfrentándose a los soldados corrían hacia ellos, empuñando sus armas para atacar con el salvajismo que les hacía invencibles a los ojos del joven.

¡Gladious petram! –Gritó el mago a su espalda.

Theo sintió el suelo temblar durante unos segundos y tuvo que esforzarse por mantener el equilibrio. A su paso aparecieron sobre la hierba cinco círculos brillantes, un poco más pequeños que las ruedas de una tartana y no pudo evitar preguntarse qué serían cuando vio unas siluetas oscuras aparecen en el centro de la luz.

Las guerreras no habían acusado los temblores y ya estaban demasiado cerca, alzando las armas para tacar. El joven no sabía si debía seguir o detenerse a gritar de miedo…

Hubo muchos fogonazos blancos procedentes del suelo. La luz fue tan intensa que Theo tuvo que protegerse los ojos y sin darse cuenta se detuvo.

El joven no vio como la espada de una de sus enemigas caía sobre él con violencia, pero sí escuchó el quejido del metal contra la piedra seguido de varias corrientes de aire que agitaron su cabello y ropas.

Theo apartó las manos de la cara y abrió los ojos para saber qué estaba ocurriendo. Las Dreidres ya lo habían rodeado y la más adelantada volvía a atacarle con la elegancia de una bailarina. El joven estaba tan aterrorizado que no pudo moverse cuando vio como la hoja manchada de sangre descendía hacia su cara. En el último instante algo se interpuso entre la espada de la guerrera y el joven; las chispas saltaron y se volvió a escuchar el choque del metal contra la piedra.

Theo abrió los ojos sorprendido. Una enorme espada de roca gris acababa de salvarle la vida. El arma tenía el resplandor ambarino de la runa que Ash había creado hacia unos momentos, aunque su forma no era demasiado perfecta. La empuñadura tenía restos de tierra, hierba y el cuerpo estaba cubierto por oscuras raíces.

El resto de guerreras no parecían impresionadas por la magia y atacaron a la vez con movimientos elegantes, pero certeros.

Theo gritó de pánico, tan fuerte como le permitieron sus cuerdas vocales. Las cinco espadas mágicas a su alrededor se movieron por voluntad propia y a una velocidad tan rápida que desaparecieron durante unos instantes. Volvieron a reaparecer deteniendo los filos ensangrentados de las armas de las guerreras. Las creaciones de Ash continuaron protegiendo al joven entre la estridente melodía del metal y roca enfrentándose.

Theo no sabía qué hacer. Seguía con los músculos tan tensos que le habían empezado a doler. Miraba a alrededor con la mente entumecida y sin entender el ansia de aquellas mujeres por matarle a toda costa. Él no era nadie, solo un chico que estaba en el momento y lugar equivocado. Se tapó los oídos y cerró los ojos para alejarse de la batalla. No quería seguir viendo los dientes afilados, las miradas rojas y los trofeos de las víctimas…

Sintió una ráfaga de aire que estuvo a punto de tirarlo al suelo. Un resplandor muy poderoso le hizo sentir por unos instantes que era de día de nuevo a través de los párpados cerrados. Abrió los ojos. Había demasiada claridad a su alrededor que provenía de los agujeros que las espadas mágicas habían dejado en el suelo al nacer. La luz se desvanecía despacio mientras todas las guerreras a su alrededor estaban protegiéndose la cara como podían y chillaban, de dolor o rabia, Theo no sabía distinguirlo.

-¡Por todos los demonios! ¡No te he dicho que no te detengas!

Ash corrió hacia el joven y lo cogió del pescuezo para que volviera a ponerse en marcha.

-¿Qué les pasa? –Preguntó.

-Una explosión de luz mágica –dijo el mago con la respiración entrecortada-. No va a durar mucho… ¡Corre!

Ambos aprovecharon la ventaja del hechizo para continuar avanzando por la amplia explanada rodeada de gigantescos árboles frutales repletos de linternas mágicas. La puerta estaba muy cerca, sólo un poco más, unos pasos y estarían a salvo, o al menos es lo que Theo se repetía sin cesar.

Escuchó tras de sí un golpe seco.

-¡Ah!

El joven se detuvo y se giró. Una guerrera que se había recuperado demasiado pronto había derribado a Ash.

-¡Sigue corriendo! –Gritó el mago sin mirar al joven mientras se ponía en pie tan rápido como podía.

Theo dudó. No podía dejar a Ash así… Enseguida se dio cuenta de que estaba muy equivocado. Su amigo usó varias esferas mágicas contra la mujer que saltó una vez más contra él. Los hechizos iban dirigidos hacia sus ojos. Los dos primeros fallaron por muy poco, el tercero dejó a la guerrera retorciéndose en el suelo entre gritos de dolor.

El resto de Dreidres se recuperaban rápido y un grupo demasiado cercano a Theo ya tenían puesta toda su atención en él, en su próxima víctima.

El joven retrocedió, intimidado como nunca antes se había sentido en su vida. Se atrevió a mirar hacia atrás por encima del hombro, la puerta no estaba lejos. Tenía que llegar hasta allí, era su salvación… El cuerpo se negaba a obedecerle y tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para darse la vuelta y correr de nuevo. No le gustaba dejar atrás a su amigo por muchas razones, pero el mago podía defenderse con magia mientras que él solo tenía una espada corta que poco podría hacer contra la habilidad de aquellas guerreras.

Escuchó a las Dreidres gritar tras él. El sonido del metal, el tintineo de sus abalorios… Theo subió los escalones del edificio de dos en dos y embistió con el hombro la puerta entornada. La hoja se abrió sin oponer mucha resistencia y él cayó al suelo de bruces. Estaba seguro de que se había roto algo.

El metal y la roca volvían a encontrarse de nuevo demasiado cerca y  Theo se incorporó todo lo rápido que pudo para asomarse a la puerta rota, con la mano todavía sobre el hombro dolorido.

Las cinco espadas de piedra que antes habían protegido al joven volvían a hacerlo de nuevo. Las armas mágicas se movían con su vertiginosa velocidad delante de las escaleras del edificio. Atacaban o bloqueaban a las mujeres pintadas de verde. El poderoso hechizo que había dado poder a la roca no permitiría pasar a ninguna de las guerreras.

Theo miró un poco más allá, hacia donde su amigo se encontraba. Ash estaba en el centro de la explanada de hierba y rodeado de tantas Dreidres que las espadas de roca apenas podían contenerlas. El joven olvidó por unos instantes el miedo que sentía en todo el cuerpo y observó fascinado como su amigo dejaba de parecer un hombre normal y corriente para demostrar quién era de verdad: un poderoso mago.

El cuerpo de Ash se iluminó con un aura roja. Sus ropas y cabello se agitaron con violencia mientras levantaba el brazo derecho sobre su cabeza. Algunos rayos saltaban de su puño cerrado al suelo o volaban del suelo al puño, Theo no estaba muy seguro. No importaba ese detalle, seguía siendo igual de impresionante ver como la luz roja alrededor de su amigo se expandía mostrando su poder.

Las Dreidres a su alrededor continuaban chillando, intentaban alcanzarle sin importar la magia que él pudiera estar usando. Las espadas se movían con más rapidez para poder contener los ataques de las guerreras y lanzas que usaban con maestría. Era cuestión de segundos que alguna de aquellas armas encontrara un hueco en la formación de las espadas mágicas.

Ash levantó tanto el puño que acabó casi de puntillas.

¡Trepidius terrum!

El mago clavó su puño derecho en el suelo con toda la fuerza del conjuro que acababa de gritar.

La hoja de una alabarda consiguió cruzar la protección de roca y pasó rozando su cabeza.

Entonces hubo una explosión bajo tierra seguida de una onda expansiva tan poderosa que se propagó varios metros alrededor del mago. Toda criatura en ese radio de acción acabó en el suelo.

Algunos pedazos de roca salieron despedidos hacia arriba con mucha fuerza mientras que el suelo de la explanada crujía de una forma impresionante. Las grietas corrieron desde donde se encontraba Ash agachado hacia el exterior, formando círculos concéntricos. Algunas zonas más debilitadas se hundieron y se llevaron a varias guerreras, a sus gritos desesperados por aferrarse a la vida.

Theo tuvo que agarrarse a los restos de la puerta desencajada para no caer también. El edificio sobre su cabeza se tambaleó un poco y sus cimientos se quejaron durante un tiempo. Las Dreidres frente a las escaleras estaban en el suelo algo aturdidas porque los temblores en el suelo seguían repitiéndose.

En el centro de la explanada la escena era mucho más macabra. Algunas de las rocas que la explosión escupió con violencia habían acabado con la vida de unas pocas mujeres. Otras tenían los cuerpos clavados al suelo por varias espadas de piedra y Theo solo deseaba no haber visto algo así nunca.

Los temblores del suelo se repetían con menos violencia cada vez y las guerreras se incorporaban tan rápido como sus cuerpos les permitían.  Algunas estaban heridas de gravedad, otras magulladas o un poco aturdidas.

A Ash le costó demasiado ponerse en pie. Parecía un poco cansado y respiró hondo dos veces. Tenía que aprovechar el momento de confusión y echó a correr hacia la puerta.

A Theo se le hicieron eternos los segundos que el mago tardó en llegar hasta él. El joven veía como las guerreras se lanzaban a perseguirlo con las armas listas como más rápido de lo que esperaba. Gritaban como siempre, con ese tono agudo que conseguía colarse en su cerebro, intimidarlo tanto que no podía moverse…

Ash se detuvo de nuevo frente a la puerta y se dio la vuelta. Su figura se recortaba en el umbral contra un cielo plagado de proyectiles mágicos, de explosiones que sacudían el mundo entero.

Las Dreidres habían alcanzado ya la escalinata del edificio. Las más adelantadas soltaron sus estridentes aullidos de guerra y alzaron las armas rojas para acabar con el mago.

¡Gladious petram multiplicamini!

Ash gritó mientras levantaba los brazos de golpe, con las manos contraídas hacía arriba con fuerza, como si estuviera tirando de algo invisible, algo muy pesado que prefería permanecer donde estaba. Frente a él se abrieron seis círculos de luz blanca y de ellos surgieron más espadas envueltas en magia ambarina.

Las armas de roca bloquearon a las guerreras en el último instante. Ash dio varios pasos atrás y se apoyó en el marco de la puerta para recuperar el aliento.

-¿Estás bien? –Preguntó Theo.

Su amigo no le respondió. Estaba concentrado en observar la lucha entre las Dreidres y las espadas mágicas como si pudiera ver algo más en los elegantes movimientos de las guerreras.

-¡Malditas seáis! –Gritó de repente el mago y caminó hacia atrás despacio.

Theo también se dio cuenta en ese instante de la razón por la que Ash estaba tan preocupado. Las guerreras habían cambiado su estrategia de lucha y se dividieron en seis grupos. Algunas de las mujeres se lanzaron directamente contra las armas mágicas, estaban preparadas para sacrificarse por el resto, por el éxito de su nuevo plan.

Muchas murieron, pero no en vano. Las guerreras estaban consiguiendo su objetivo de ir separando poco a poco la formación de las espadas mágicas que no les dejaba avanzar hacia sus presas. Pronto las Dreidres rodearon las armas de roca que se encontraba en los extremos. Con sus ataques y sacrificios alejaron una de las espadas con luz ambarina; la otra se quedó incrustada en el suelo al atravesar el cuerpo de una de las guerreras.

– La magia no podrá contenerlas mucho más –murmuró el mago y se giró hacia Theo con una expresión cansada-. Hay que seguir.

Las mujeres gritaron a la vez, parecían contentas por algo. Los dos dirigieron su atención hacia el otro lado de la puerta. Habían conseguido abrir un estrecho camino entre tres espadas que aún continuaban activas. Las primeras Dreidres avanzaban de nuevo hacia ellos.

-¡Corre! –Gritó el mago.

Theo se dio la vuelta y… se quedó paralizado ante la oscuridad que tenía frente a él. Sus piernas se negaban a dar un paso más. Algo se movía en la negrura… unas formas extrañas que no entendía…

– ¡Pero qué te ocurre! – Ash agarró al chico del brazo–. ¿Deseas morir?

Theo consiguió avanzar solo porque su amigo tiró de él cuando las primeras mujeres llegaron a la puerta.           Al joven le costaba moverse porque acababa de darse cuenta de que la oscuridad le aterraba mucho más que las Dreidres.

Las mujeres los perseguían por un pasillo en el que no se veía nada, sin embargo Ash sí que parecía saber cómo moverse. Seguía agarrando a Theo del brazo y unas cuantas veces tiró con fuerza para corregir la carrera del chico, hacerle girar hacia un lado o evitar cualquier obstáculo.

Después de unos minutos de huida el mago lanzó algunos ataques mágicos hacia atrás y Theo giró la cabeza sediento de luz. Varios pedazos del muro cayeron sobre las Dreidres más adelantadas.

– ¡No te detengas, Theo! –Le gritó el mago a la vez que lo soltaba.

– ¡No veo nada, Ash! –Gritó con desesperación el joven al perder el contacto con su amigo.

El cuerpo de Theo se detuvo en seco, se negaba a seguir obedeciéndole. Los chillidos de las Dreidres se escuchaban cada vez más cerca, iban acompañados del horrible sonido de sus armas arañando las paredes y el suelo. No quería morir allí, no de esa manera, no en la oscuridad.

Entonces vio como dos luces verdes envolvían las manos de Ash, plantado en mitad del pasillo y mirando hacia donde se veían los ojos rojos de sus enemigas. Theo pudo entonces hacerse una idea del lugar en el que se encontraban mientras el poder del hechizo del mago iba aumentando de intensidad e iluminaba el ancho pasillo en el que estaban parados. Había un espejo, varios cuadros y mobiliario hecho a mano, aparte de armaduras antiguas con largas lanzas que custodiaban un arco de piedra frente a ellos.

Ash terminó de pronunciar sus palabras mágicas justo en el momento en que un grupo de seis Dreidres llegaban junto al arco de piedra que adornaba el pasillo. El mago lanzó dos rayos verdes hacia ese lugar. Entonces hubo una violenta explosión que lanzó a Theo contra uno de los aparadores del pasillo. Un jarrón cayó al suelo y se hizo añicos.

– ¿Estas bien? – Preguntó el mago mientras ayudaba al joven a recuperar el equilibrio.

– No veo nada  –respondió Theo casi gimiendo de pánico.

Se escuchó un chasquido y una pequeña llama apareció en el dedo índice de Ash.

– Tenemos que continuar –dijo un poco preocupado y con la respiración entrecortada–. El derrumbe no las detendrá durante mucho tiempo.

Theo giró la cabeza hacia su derecha y vio como buena parte del pasillo estaba bloqueado por una montaña de escombros que empezaban a moverse por el empuje de las Dreidres desde el otro lado. Varios cascotes cayeron rodando y dejaron al descubierto el rostro de una de aquellas mujeres que enseñó sus dientes afilados en una horrible mueca.

– ¡En marcha! – Ordenó Ash cogiendo al joven del brazo, otra vez.

Theo volvió a dejarse arrastrar. Tenía la atención fija en como las Dreidres atravesaban los escombros mientras la oscuridad del pasillo las engullía y solo se veían sus ojos rojos.

– ¡Corre! –Insistió el mago.

A él no le había hecho falta mirar hacia atrás para saber que las guerreras habían superado el obstáculo y les ganaban terreno con demasiada rapidez. Entonces Ash cerró el puño libre y después de pronunciar unos salmos, volvió a abrirlo con una esfera de luz palpitando en la palma de su mano.

– ¡Síguela, Theo! – Ordenó–. ¡Y no te detengas!

– ¡Qué!

Ash lanzó entonces la esfera hacia delante con todas sus fuerzas. La luz iluminó el pasillo, definió formas y tamaños; más muebles, cuadros, espejos, cortinas, ornamentos…

– ¡Si no me obedeces vamos a morir los dos! –Gritó el mago. No, no estaba bromeando.

Theo siguió a la luz como si fuera lo más preciado en su vida. No soportaba la idea de quedarse a oscuras mientras a su espalda escuchaba golpes, gritos, explosiones y alguna que otra maldición por parte de Ash.

La esfera le condujo por el pasillo, giró varias esquinas y bajó por escaleras hasta pararse frente a una puerta cerrada de madera. Theo la embistió con fuerza, como ya había hecho antes, pero solo consiguió rebotar y caer al suelo con el hombro más dolorido aún.

Se escuchó un crujido, como si algo se rompiera por el otro lado de la hoja de madera. Theo se incorporó. Agarró el picaporte y lo movió con fuerza hacia arriba y hacia abajo. La puerta permanecía inamovible mientras él se desesperaba golpeándola.

Las explosiones se oían tan cerca como los gritos de las Dreidres. No parecían mujeres sino auténticos monstruos. Su raza pasaría a engrosar la lista de las cosas que más aterrorizaban al joven, después de la absoluta oscuridad, que ostentaba el primer puesto.

Theo detuvo el forcejeo que mantenía con la puerta durante unos instantes para recuperar el resuello y miró hacia la esquina débilmente iluminada del corredor, inquieto. Vio una figura aparecer por allí con el cabello largo.

-¡Ash!

No, no era él. Su amigo no era tan esbelto y no tenía los ojos rojos.

Muy asustado, se volvió hacia la puerta. Le dio puñetazos y patadas; Le gritó, la insultó, tiró con violencia del picaporte, sabiendo que no iba a conseguir nada.

Tragó saliva y se dio la vuelta despacio.

La guerrera avanzaba por el pasillo inclinada hacia delante y con una de sus espadas extendida hacia un lado. La hoja manchada de sangre arañaba las paredes, los muebles, el metal. El sonido era crispante y se mezclaba con tantos otros que lo único que conseguían era aterrorizar más al chico.

Tras la primera Dreidre aparecieron dos figuras más. Sus zancadas eran silenciosas, elegantes como bailarinas que solo sabían repartir muerte. Sí, porque si ellas estaban ahí significaba que Ash…

¡No! Theo se negaba a creer que el mago, su amigo, hubiera muerto.

El joven dio un paso atrás y su espalda golpeó la puerta que le impedía seguir huyendo. Sabía que poco podría hacer contra las Dreidres, pero si tenía que morir allí por lo menos lo haría luchando por su vida, como lo haría cualquiera de los héroes de los libros de caballería que tanto le gustaban.

Despacio, desenvainó su espada corta. La sujetó delante de él, reuniendo el poco valor que le quedaba en el cuerpo. Se concentró en intentar recordar las enseñanzas del maestro de esgrima.

Las Dreidres no estaban impresionadas y Theo se mostraba demasiado nervioso. El sudor le resbaló por la frente…

Una de las guerreras hizo un amago de ataque para tantearlo. El joven respondió con rapidez, dirigiendo la punta de su espada hacia la amenaza y dejó al descubierto su flanco derecho. Ese error de principiante fue aprovechado por otra de las Dreidres para llegar hasta él y descargar su arma con la clara intención de abrirle el cuerpo de arriba abajo.

Theo vio el ataque como si el tiempo se ralentizara a su alrededor. Reaccionó sin pensar, por instinto y consiguió desviar la hoja de la espada atacante, pero no el rápido puñetazo salido de la nada que le siguió después. El golpe le dio de lleno en la cara y lo mandó contra la pared del pasillo, a su derecha. Entonces sintió como todo el aire se le escapaba de los pulmones y se desplomaba en el suelo.

Theo se esforzó por incorporarse. El cuerpo no le respondía y solo pudo ver como una de las Dreidres levantaba su espada para darle el golpe de gracia que acabaría con su vida.

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