LA HERMANDAD DE LOS DRAGONES CAPÍTULO 6: KAHLI

MAR HERNÁNDEZ Y JOSÉ FERREIRA LIJÓ

CAPÍTULO 6: KAHLI

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Kahli huyó por la parte trasera de la elevada estructura donde se erigía la tienda de los estrategas. No le costó descender entre los postes de madera, siempre había sido muy ágil y daba gracias a los Dioses en ese momento por su habilidad. Después se escondió tras unas cajas de madera allí amontonadas que contenían mobiliarios y objetos que todavía no habían sido colocados en sus respectivos lugares. Si Arkuss se daba cuenta del retraso iba a enfadarse mucho con los jóvenes cadetes, ensimismados ahora por lo que estaba ocurriendo en el campo de batalla.

A Kahli también le hubiera gustado poder quedarse a ver la lucha, pero tenía otros asuntos de los que preocuparse. Y el hecho de que Lura le hubiera dejado bien claro que conocía su enfermedad era el más importante. La Archibruja estaba tramando algo y Kahli había empezado a imaginarse mil cosas; desde que quisiera darle un escarmiento por el incidente con los ayudantes hasta que deseara convertirla en una esclava sin voluntad… Daba igual, Kahli tenía que escapar de allí cuanto antes.

Agatha estaría de acuerdo con su decisión. Su hermana ya le advirtió de que algo así podría ocurrir cuando menos se lo esperara y tenía que estar preparada para hacer lo correcto, pero era difícil darle la espalda a la Hermandad de esa manera, de repente.

– Gideon… –murmuró Kahli esperanzada.

Quizás el General pudiera ayudarle; Quizás él pudiera protegerla de Lura si le contaba toda la verdad. Sí, Gideon podría hacer eso y mucho más, pero Kahli también dudaba. Aunque el General la había estado tratando de manera un tanto especial no termina de entender el porqué. Ella no era nadie… Por otra parte, Kahli tampoco sabía si tendría el valor para contar ciertas cosas muy personales y, sobre todo, no estaba segura si Gideon haría algo contra otro General…

Demasiadas incógnitas, demasiados condicionantes, no podía arriesgarse tanto. No, porque también tenía el presentimiento de que la Hermandad tomaría el control de su futuro si descubrían su enfermedad. Algo que ocurriría más tarde o más temprano ahora que Lura ya lo sabía.

Kahli sacudió la cabeza. No había más tiempo que perder. A veces, los primeros pensamientos, lo más rápidos y poco razonados eran los correctos. Así que, aun con ciertas reservas, se dijo a sí misma que debía abandonar el campamento de la División del Dragón Blanco y alejarse para siempre de la Hermandad de los Dragones.

Sin embargo, era más fácil decirlo que hacerlo. El dolor de cabeza había aumentado mucho en los últimos minutos y tuvo que frotarse las sienes para intentar calmar la presión que sentía, como si algo empujara con fuerza desde dentro… Odiaba estar tan aturdida precisamente cuando más necesitaba todos sus sentidos alerta.

Al cabo de unos instantes se dio por vencida. No conseguía calmar las molestias en su cabeza, así que seguir obsesionándose con el tema era una pérdida de tiempo. Kahli dejó escapar un largo suspiro de frustración y sacó de uno de los bolsillos de su túnica una venda para ocultar las garras en que se había convertido su mano izquierda. No quería que nadie la viera así…

Después centró toda su atención en su entorno. Como ya esperaba, los soldados y oficiales estaban muy ocupados organizándose para el asalto… Y de repente un estruendo desvió la atención de todo el mundo hacia el castillo.

Kahli se giró también. A través de la estructura de madera de la tarima tras la que se ocultaba vio lo que estaba ocurriendo frente a las puertas de la fortaleza y abrió la boca realmente sorprendida. Si el enfrentamiento con los gólems de piedra había sido espectacular no había palabras para describir lo que estaba viendo en ese instante.

La vanguardia del Ejército de la Hermandad se había retirado a toda prisa para apartarse de los furiosos colosos de alzí que ya habían atacado con sus armas en más de una ocasión. Frente a ellos el suelo estaba destrozado y cubierto de un centenar de cuerpos sin vida.

La presencia de los gigantescos defensores del castillo era imponente, pero aun así, alguien se atrevió a dar varios pasos hacia ellos desde las filas del Ejército de la Hermandad.

Kahli reconoció al Gran Brujo Isrym por su extravagante aspecto. Vestía con prendas que eran más propias de un actor de teatro antiguo que de alguien que ocupaba un puesto tan importante como el suyo.

Isrym parecía diminuto frente a los colosos de alzí. Sin embargo no estaba tan indefenso como podía parecer en un principio.

El Gran Brujo movió los brazos frente a él y el despliegue de poder mágico fue tan grande que hasta Kahli lo sintió en su propio cuerpo, a pesar de la distancia a la que se encontraba. Una infinidad de piedras de tamaños muy diversos volaron desde todas partes hasta girar alrededor del Gran Brujo. Rápidamente las rocas empezaron a unirse siguiendo los movimientos de los brazos de Isrym y su poderosa magia.

En menos de unos minutos el Gran Brujo había creado su propia estatua humanoide. No tenía ningún detalle, pero rivalizaba en altura con los colosos de azlí.

Entonces Isrym se elevó en el aire, hasta que llegó a la altura de la cabeza de su escultura, abrió los brazos y atravesó la piedra envuelto en un halo amarillo. Varias runas del mismo color aparecieron repartidas por todo el cuerpo de su creación y segundos después, en una cara sin rasgos, se abrieron tres ojos brillantes: en uno de ellos destacaba la silueta del Gran Brujo.

La estatua se movió por primera vez, mucho más rápido de lo que cabía esperar de algo tan grande y pesado. Seguidamente esquivó sin problemas la espada de alzí que había intentado partirla en dos.

El arma del coloso se incrustó en el suelo con un golpe tan fuerte que provocó el derrumbe de algunas partes muy dañadas del castillo y varias tiendas que no estaban todavía bien aseguradas. Entonces el gólem de alzí se ofuscó en intentar recuperar su arma. Hubiera sido un blanco muy fácil para Isrym si el otro coloso no hubiera intervenido con un nuevo y rápido ataque de su espadón.

El Gran Brujo se limitó a esquivar, mostrando un gran dominio sobre aquel montón de piedras que se sostenía en pie únicamente gracias a su magia.

Isrym no estaba actuando al azar, sino siguiendo una clara estrategia. Con una par de fintas y movimientos muy calculados consiguió colocar a sus enemigos justo donde quería: delante de él y de manera que uno impidiera al otro atacarle directamente.

En ese momento el Gran Brujo, sin dejar de moverse para no perder su aventajada posición, se centró en el coloso que más cerca tenía. Como sabía que los ataques físicos no servían de nada contra la roca alzí creó una enorme lanza de luz roja en las manos de su estatua.

A Kahli se le escapó una exclamación de sorpresa y se llevó las manos a la boca para acallar. Había que ser muy poderoso para poder usar un conjuro así y no quedarse medio muerto. Ahora entendía por qué todo el mundo alababa tanto al Gran Brujo, a pesar de su peculiar forma de ser.

La estatua de Isrym volvió a esquivar una de las espadas del coloso más adelantado. Esperó el momento en el que su enemigo quedaba sin posibilidad de defenderse y atacó.

La lanza mágica consiguió hacer un corte profundo en la piedra de alzí y produjo un sonido tan espeluznante que todo el que lo escuchó tuvo que taparse los oídos. Kahli dio un paso atrás con las manos a cada lado de la cabeza. Jamás en su vida había oído algo así. No existían palabras para describir ese sonido, eran tan poderoso y agudo que había conseguido clavarse en su interior, igual que lo habría hecho la punta de una flecha.

Entonces miró a su alrededor. No había sido la única en intentar protegerse del ruido. Algunos soldados cercanos se erguían despacio, sorprendidos y confundidos por igual, mientras seguían el titánico enfrentamiento entre los gólems de alzí y la estatua del Gran Brujo.

Kahli aprovechó las circunstancias. Se escabulló entre las cajas amontonadas, varios carros repletos de mercancías y un grupo numeroso de animales de tiro. Continuó alejándose de la tienda de los estrategas durante varios minutos hasta que alcanzó la retaguardia del Ejército. Con un par de pasos abandonaría para siempre a la Hermandad de los Dragones y a su querida Agatha.

Kahli sintió un vuelco en el corazón al pensar en su hermana. Sin poder evitarlo se le empañaron los ojos, pero enseguida se limpió las lágrimas con rabia. Sacudió la cabeza reprochándose a sí misma ser tan sentimental. Tenía que centrase en el presente, en el camino que había elegido y que se perdía en la negrura de la Noche del Silencio. Kahli miró hacia esa oscuridad sin miedo. Estaba preparada para enfrentarse a lo que pudiera esconder.

Antes de marcharse, miró por última vez hacia lo que abandonaba: la Hermandad que la había acogido desde que era una cría. Era difícil dejar atrás el único hogar que había conocido, sin embargo no podía permanecer ni un segundo más entre las filas del Ejército cuando sabía que su existencia peligraba tanto como la de los gólems de alzí.

La lucha aún podía contemplarse desde aquella distancia. Fue fácil ver como Isrym modificaba su extraña lanza hasta que uno de sus lados se convirtió en un peligroso filo. Con un par de fintas y un golpe certero, la nueva arma del Gran Brujo cercenó de un solo golpe la pierna del coloso que tenía más cerca. El sonido resultante fue mucho peor que el primero. La gente gritó y se llevó las manos a los oídos. Algunos incluso cayeron inconscientes al suelo.

A Kahli sin embargo le bastó con volver a taparse las orejas. La distancia la había salvado del sufrimiento. Sin pensarlo mucho más giró hacia la oscuridad de la noche y echó a correr con todas sus fuerzas.

 

Mientras tanto, el gólem cojo intentaba contraatacar sin mucho éxito. Enseguida perdió en equilibrio y cayó al suelo con un estruendo. La sacudida fue tan fuerte que consiguió derribar a un numeroso grupo de soldados que aún estaban demasiado cerca del enfrentamiento.

El Gran Brujo no desaprovecharía su oportunidad y se lanzó para acabar con el enemigo caído. Sin embargo, el gólem que aún estaba en pie embistió la estatua de Isrym y la mandó contra los muros del castillo. Todo tembló de nuevo. Varias grietas se abrieron en el suelo y hubo más derrumbes en el interior de la fortaleza. Pero las murallas aguantaron el impacto y el empuje de la lucha.

No ocurría lo mismo con la creación del Gran Brujo. El coloso había conseguido atrapar a la estatua de Isrym entre su gran cuerpo, una torre de azlí y el muro del castillo. Como no tenía maniobra para atacar con su gran espada, el gólem usó el puño para golpear.

Las primeras filas del Ejército volvieron a retirarse de manera apresurada para evitar la lluvia de los proyectiles, tan grandes como un barril, que saltaban con cada nuevo ataque del gólem a la estatua de piedra.

Isrym no se dio por vencido. Tras unos momentos de forcejeo logró salir de aquella situación tan desafortunada. Para conseguirlo tuvo que sacrificar el brazo izquierdo y parte del tórax de su escultura. No importaba porque su magia aún le proporcionaba la movilidad necesaria para seguir adelante con la lucha.

La creación del Gran Brujo intentó de nuevo acerarse al coloso que se arrastraba por el suelo. La reacción del otro gólem fue la misma: lanzarse contra el enemigo. En esta ocasión Isrym estaba preparado. Su estatua esquivó el ataque como si fuera un bailarín, con un giro completo, que le permitió clavar su extraña lanza en la espalda del coloso. Lo hizo con tanta fuerza que consiguió atravesarlo y la punta quedó incrustada en el suelo.

Todo el mundo chilló por tercera vez y más soldados cayeron aturdidos. Entonces un grupo de brujos corrió a ocupar la primera línea del Ejército y enseguida comenzaron a recitar un conjuro al unísono.

La estatua del Gran Brujo se irguió. Los tres ojos de su cara sin rasgos brillaron con más intensidad mientras levantaba lo que quedaba del brazo derecho. Entonces la roca se volvió incandescente al principio y cambió hasta adoptar matices azulados, rodeada por la magia palpitante en su interior. Y en ese momento Isrym bajó el brazo con violencia.

La cabeza del gólem rodó por el suelo varios metros. En esta ocasión el sonido no fue tan fuerte gracias a la barrera que los brujos habían conseguido levantar para proteger al Ejército. Sin embargo la lucha no había llegado a su fin. El gólem ensartado por la extraña lanza seguía moviéndose como un gusano y por lo tanto era peligroso.

Entonces el Gran Brujo se apresuró a repetir su poderoso ataque una y otra vez, hasta que convirtió al coloso en un montón de piedras tan pequeñas que la magia que les había dado vida se desvaneció.

En ese instante, el otro gólem atacó a Isrym desde el suelo. El coloso no se detendría hasta que su creador le diera la orden o acabara como su compañero de piedra. Y eso era precisamente lo que se proponía hacer el Gran Brujo cuando volvió a levantar su brazo incandescente.

 

Kahli acababa de dejar atrás la lucha y continuaba corriendo. Su primer pensamiento fue buscar un sitio donde poder esconderse, pero no lo encontraría tan cerca del Ejército. La meseta donde se encontraba el castillo estaba completamente desierta, salvo por un par de árboles marchitos y unas piedras descoloridas. El resto del camino tampoco mejoraba mucho. Kahli lo había comprobado esa mañana, cuando pasó por allí con el Ejército de la Hermandad. No había visto ni una sola brizna de hierba, solo los troncos resecos de árboles que alguna vez habían sido frondosos. Las rocas se habían convertido en arena que se precipitaba al vacío por los acantilados que flanqueaban ambos lados del camino.

Su única opción era continuar corriendo hasta llegar al pueblo más cercano. Recordaba que estaba situado justo en el valle que había a los pies de la meseta, a unos pocos kilómetros del lugar donde empezaba la ruta de ascensión hasta el castillo de muros de alzí que las Hermandad estaba atacando esa noche.

No iba a ser una tarea fácil llegar hasta esa pequeña población. La marcha por aquel paraje había sido muy difícil de día, pero en la Noche del Silencio se había vuelto extremadamente peligrosa. Aun así, Kahli no podía permitirse el lujo de usar un hechizo para iluminar su huida, no quería que las criaturas voladoras de la Hermandad la descubrieran demasiado pronto.

Kahli tenía puestas sus esperanzas en que su agudeza visual no le fallara precisamente esa noche, cuando más falta le hacía. No es que fuera capaz de ver perfectamente en la oscuridad, pero sí podía distinguir formas y siluetas. Esperaba que fuera suficiente para no acabar despeñándose por ninguno de los acantilados que flanqueaban el camino. Por si acaso, se encomendó también a los Dioses, les suplicó que guiaran sus pasos hasta llegar al pueblecito que había en el valle. Una vez allí podría elegir entre esconderse o buscar un medio de transporte más rápido que le permitiera alejarse para siempre de la Hermandad.

Kahli se centró en alcanzar cuanto antes el pueblecito, en su respiración, en mantener el ritmo constante de su carrera y en estar muy atenta a las extrañas formas que podía intuir a su alrededor. De esta manera había conseguido relegar su incesante dolor de cabeza a un segundo plano, por el momento.

Tampoco había podido dejar de preocuparse por el poco tiempo que tenía antes de que alguien se diera cuenta de su ausencia. No sabía si la delatarían los cadetes; si sería Arkuss quien se daría cuenta de su huida o el mismísimo Gideon, pero de lo que sí estaba segura era que cuando eso ocurriera enviarían a alguna criatura voladora tras ella para localizarla.  Kahli se preguntaba si serían los duendes del viento, algún estirge o quizás algo más grande como…

– ¡Y si envían un grifo! –Exclamó asustada.

¡Por todos los Dioses! No quería pensar en esa posibilidad porque los grifos no solían tratar demasiado bien a los desertores.

Kahli se dio cuenta entonces, si sus cálculos no la engañaban, que había alcanzado ya la mitad de camino hacia el valle. No estaba cansada en absoluto, podría continuar corriendo durante horas antes de sentir cualquier tipo de agotamiento físico. Sonrió levemente, enseguida llegaría al pueblecito y… Un grito que conocía demasiado bien sonó a su espalda. Kahli giró la cabeza por instinto. En la negrura de la noche pudo distinguir varias siluetas aladas en el cielo. Tenían sus ojos amarillos clavados en ella e iban ganándole terreno con facilidad.

Kahli murmuró una maldición. Sus temores se estaban convirtiendo en realidad demasiado pronto, aún le quedaba un buen tramo hasta llegar al valle. No se rindió. Apretó los dientes y se esforzó todo lo que pudo para correr un poco más rápido.

No fue suficiente.

Kahli sintió un golpe en la espalda que le hizo perder el equilibrio, rodó por el suelo varios metros y volvió a ponerse en pie al mismo tiempo que lanzaba un puñado de polvos hacia delante. Enseguida hubo un fogonazo y la luz se abrió paso a través de la oscuridad. Ahora podía ver claramente gracias a las partículas de polvo que seguían incandescentes por todo el suelo como si fueran las brasas de una hoguera.

Kahli entornó los ojos y se llevó una mano al lateral de la cabeza. El esfuerzo que acababa de hacer le estaba pasando factura. Entonces dio un paso atrás conteniendo la respiración.

Dos arpías–cuervo se erguían frente a ella. Las criaturas eran más alta que un hombre adulto y había extendido sus alas oscuras para parecer aún más grandes. Graznaban sin cesar con una boca llena de dientes muy afilados.

Kahli dio otro paso atrás, hacia el borde del camino.

Al instante descendieron otras dos arpías, aún más grandes que las primeras. Una de aquellas criaturas tenía una mechón blanco entre su cabellera oscura y Kahli la reconoció enseguida.

– Itiel –murmuró el nombre de la arpía que una vez había sido una hermosa mujer.

Kahli no se dejó llevar por aquella triste historia que tantas veces su hermana le había contado. Tenía que estar alerta. Así que flexionó las rodillas e inclinó el cuerpo hacia delante sin dejar de observar como las arpías se iban acercando. Se estaban comportando de una manera muy extraña, con las alas extendidas y sin dejar de gritar. No parecía que quisieran hacerle daño, pero tampoco estaban dispuestas a dejarla en paz.

Las criaturas continuaban avanzando en una organización semicircular que obligaba a Kahli a retroceder hacia el borde del precipicio si quería mantener una distancia prudente. Llegaría el momento en el que tendría que elegir entre enfrentarse a las arpías o era mejor no pensar en la alternativa.

Kahli se agachó lentamente para recoger una roca tan grande como su mano. No dejó de observar a las criaturas que tenía delante y se sorprendió a sí misma por no estar muerta de miedo. Lo que realmente estaba sintiendo en su interior solo podía calificarse como furia.

Las arpías avanzaron de nuevo y sin pensarlo mucho Kahli lanzó la piedra contra la que le pareció más peligrosa por su cercanía. El proyectil le dio de lleno en la frente a Itiel. La criatura soltó un doloroso gruñido que fue coreado por sus nerviosas compañeras. Entonces sin previo aviso una de las arpías más pequeñas se atrevió a atacar.

Kahli consiguió esquivar el primer golpe. No tuvo tanta suerte con el segundo ataque y las garras superiores de la arpía alcanzaron su brazo derecho. El dolor la enfureció aún más.  En ese momento sintió un hilillo romperse en su interior y como algo volvía a removerse.

Las cosas ocurrieron muy rápido.

Kahli no se lo pensó dos veces y se agachó en el mismo instante en que la arpía pretendía golpearle con una de sus alas. Entonces la joven atacó con su brazo izquierdo, su mano convertida en garra consiguió abrir una brecha en el pecho de su enemiga. La sangre salpicó a Kahli en la cara al mismo tiempo que la arpía chillaba de dolor. La criatura no se alejó si no que se revolvió para atacar, en esta ocasión con todo el salvajismo por el que eran famosas las arpías de Lura.

Kahli no consiguió reaccionar a tiempo. Su enemiga la embistió con tanta fuerza que ambas cayeron por el borde del camino en un revoltijo de plumas, gritos, golpes y polvo. La arpía intentaba morder a su presa en el cuello mientras Kahli se esforzaba en mantenerla a raya con la fuerza de su mano izquierda. Sin embargo ese no era su mayor problema.

La criatura fue la primera en darse cuenta del peligro en el que se encontraba y reaccionó. Con un par de movimientos muy bruscos se deshizo fácilmente de Kahli, abrió las alas y se quedó suspendida en el aire, todavía con lamentos de dolor por la herida en el pecho.

Kahli continuó cayendo.

De un momento a otro se estrellaría contra las rocas que había al fondo de precipicio. No se resignaría a morir de una manera tan ridícula. Metió la mano en uno de los bolsillos de su cinturón y sacó una pintura con la punta rota. No sabía de qué color podría ser, solo esperaba que sirviera. Rápidamente dibujó una runa sencilla sobre lo que quedaba de la venda que cubría la palma de su mano izquierda. Pronunció una única palabra y apuntó con esa misma mano hacia abajo.

De repente apareció un poderoso rayo verde que se estrelló contra las rocas del suelo que estaban peligrosamente cerca. Kahli sintió un intenso dolor en el brazo, pero a cambio la velocidad de su caída descendió bastante. La magia de su hechizo desapareció tan rápidamente como había aparecido y ella continuó cayendo. Ya no había tiempo de hacer nada más que cerrar los ojos y cruzar los brazos delante de ella.

Kahli sintió un tirón tan fuerte que creía que se iba a partir en dos. Por unos instantes flotó en el aire para después elevarse a toda rapidez hacia arriba. Abrió los ojos incrédula y levantó la cabeza para ver como la gran arpía con el mechón blanco la llevaba sujeta entre sus garras inferiores. La criatura emitió varios graznidos que sonaron a reprimenda y continuó elevándose con poderosos aleteos.

En apenas unos segundos Kahli vio los restos del polvo incandescente que todavía brillaba en el camino por el que había intentado huir. Rápidamente Itiel la alejó de la débil luz de aquella magia tan sencilla y la chica sintió como se deslizaba entre los dedos su única oportunidad de escapar.

Kahli quería gritar de rabia. Se revolvió furiosa y sintió como las zarpas de Itiel apretaban sus hombros para sujetarla con más fuerza. La presión era tan grande que la chica apenas podía moverse sin arriesgarse a que las garras de la arpía le atravesara la carne. Aun así intentó alcanzar uno de los bolsillos internos de su túnica. Estiró los dedos de las manos, una y otra vez hasta que se rindió, cansada y frustrada a partes iguales. Era imposible alcanzar ninguno de sus ingredientes mágicos que tenía escondidos. Kahli soltó un par de maldiciones, frunció el ceño malhumorada y se resignó a parecer una muñeca en las garras de la arpía.

En unos minutos Itiel sobrevolaba de nuevo la retaguardia del Ejército de la Hermandad en dirección al precioso castillo de muros de alzí. Las linternas mágicas se extendían con su fulgor verdoso hacia todas partes. Su luz cortaba la oscuridad de la noche hasta los pies de la fortaleza. Justo allí era fácil ver los estragos del enfrentamiento que acababa de tener lugar; innumerables cuerpos de la vanguardia del Ejército yacían destrozados entre montañas de piedras, los restos de los gólems de alzí… Y la impresionante estatua del Gran Brujo que seguía en pie, rodeada de un centenar de brujos que no paraban de lanzar hechizos contra la creación del mismísimo Isrym.

A Kahli le pareció una situación muy extraña. Le hubiera encantando seguir mirando para entender qué sucedía realmente, sin embargo Itiel realizó un brusco giro hacia la derecha, dejó el impresionante castillo a su izquierda y continuó volando hacia ese mismo flanco del campamento.

En esa zona la mayoría de tiendas ya estaban en pie, con sus estandartes ondeando al viento para que no hubiera duda alguna de la División a la que pertenecían; El Dragón Blanco destacaba entre todas las demás.

Sin embargo Itiel se mantuvo a gran altura cuando sobrevoló la tienda de los estrategas sin variar su rumbo. Kahli la miró sorprendida.

–¿A dónde me llevas? –Preguntó un tanto preocupada, aunque en su interior sabía la respuesta desde el mismo instante en que vio aparecer a las arpías en el cielo.

Itiel continuó volando durante unos minutos más. Soltó un poderoso graznido antes de descender hacia una gran tienda situada en un extremo apartado del Ejército de la Hermandad. Aunque Kahli nunca había estado allí era fácil saber dónde se encontraba. La lona de la tienda tenía ese característico color morado con detalles en negro y un montón de pequeños ornamentos brillantes. Y por si aún tenía dudas, en el punto más alto de ese emplazamiento ondeaba el estandarte de esa División: la silueta de una gran arpía con las alas desplegadas.

Alrededor de la estructura principal se levantaba otra construcción de madera y cuerdas donde descansaban un innumerable número de arpías de todos los tamaños, colores y razas imaginables. Algunas de aquellas criaturas echaron a volar sobresaltadas cuando Itiel descendió; otras empezaron a chillar y a graznar como si hubieran enloquecido.

Kahli tragó saliva asustada. Ahora entendía el motivo por el que ninguna otra patrulla de criaturas voladoras había ido en su busca y era porque nadie en todo el Ejército se había percatado aun de su huida. Nadie, salvo la General de las Arpías.

Itiel descendió hacia la parte delantera de la tienda, una entrada construida con madera y arcos cubiertos de elementos colgantes. Sin previo aviso, la arpía abrió las garras y soltó a su presa sin muchos miramientos.

Kahli se esforzó por caer lo mejor posible sobre la tarima, pero no lo consiguió y acabó de rodillas sobre la madera. Cuando empezó a incorporarse escuchó una voz femenina, demasiado familiar, con ese acento extraño que delataba su linaje élfico. A cualquier otra persona le podría haber parecido una voz bonita, musical, pero a Kahli consiguió erizarle el cabello de la nuca.

– Aun no entiendo por qué siguen confiando en Isrym para estas cosas. Sus hechizos son ridículamente caros… –habló la mujer desde el otro lado de las ligeras telas que hacían las veces de puerta en la tienda de color morado–. ¿Cuánto vamos a tener que esperar para continuar con la misión? –Preguntó con desidia.

– Mi señora, los acólitos aseguran que tienen la situación controlada –respondió una voz masculina, en un tono mucho más humilde, pero con un acento muy similar– y que es cuestión de minutos.

Kahli se puso en pie de un saltó y echó a correr. No pudo llegar muy lejos pues varias arpías–cuervo le cortaron el camino y la obligaron a retroceder hasta el mismo lugar en el que había caído. Allí le cortaba el paso Itiel mientras otras arpías más pequeñas se acomodaban con elegancia en los postes situados alrededor de la tarima de madera; la entrada a la tienda la flanqueaban dos arpías–águila, más grandes incluso que Itiel.

– Me fío tanto de sus acólitos como de él –comentó la mujer sin reparos–. Sus tonterías nos están haciendo perder demasiado tiempo –añadió con frialdad.

Kahli quería huir de allí, pero no podía, no con todas aquellas criaturas vigilándola con sus ojos brillantes.

– Advierte a esos inútiles aspirantes a brujos –ordenó la mujer manteniendo la calma– que si Isrym no está aquí en diez minutos se convertirán en carnaza para mis arpías.

– Sí, mi señora –respondió él suavemente.

– Avisa a Gideon –exigió ella–. Dile que en cuanto Isrym se recomponga empezaremos con el ritual, aquí mismo. Por culpa de ese mago engreído no tenemos tiempo de hacerlo según habíamos acordado.

– Como ordenéis,  mi señora.

Unos instantes después la cortina de la entrada de la tienda se abrió. Kahli dio un respingo al reconocer al joven elfo que acababa de aparecer. Sería unos pocos años más mayor que ella, alto, atractivo y vestía con los colores morado y negro de la División de las Arpías.

– El ayudante de Lura… –murmuró la chica.

Él también pareció sorprendido al verla allí de pie. Apretó la mandíbula y tensó el cuerpo al tiempo que se llevaba una mano al pómulo izquierdo, a las marcas del incidente que ocurrió varios días atrás.

Kahli se preguntaba cómo era posible que no hubiera usado la magia para curarse… Tampoco tendría porqué importarle demasiado. Era un engreído y se merecía la paliza que le dio.

El joven levantó la cabeza con orgullo y caminó con paso firme hasta Kahli. Cuando estuvo a su altura se detuvo sin mirarla y se inclinó ligeramente para susurrarle algo al oído:

– Espero que te hayas encomendado a los Dioses –dijo con malicia–. Mi tía está de muy mal humor está noche y no creo que te consienta vivir hasta mañana.– Se inclinó aún más sobre Kahli–.  Espero que tu alma nunca descanse en paz, mocosa arrogante.

El joven se irguió mostrando una sonrisa de superioridad.

– Si es cierto lo que dices, pediré a los Dioses que me conviertan en fantasma –replicó Kahli sin pensar en lo que estaba diciendo y que sonaba precisamente como una niña –, para poder atormentarte el resto de tu patética vida.

– ¿Eso es una amenaza? – Preguntó divertido el elfo mirándola por encima del hombro.

– ¡No!–replicó ella muy segura de sí misma–.  Es una promesa.

El chico abrió la boca para responder a la provocación, pero no pudo.

– Ráel, deja de perder el tiempo con tonterías –dijo la mujer con un tono frío, pero sin alzar la voz–. Tienes órdenes que cumplir.

Ambos se giraron hacia la entrada de la tienda. La mismísima Archibruja Lura estaba allí de pie. La elfa impresionaba, alta y esbelta como solamente alguien de su raza podía ser. Tenía el cabello rubio platino recogido en un complejo peinado con plumas y un montón de cristales brillantes, perlas y cadenas plateadas. Llevaba sobre los hombros un pesado manto de telas oscuras, pero brillantes, adornado también con plumas enormes en el cuello. Debajo continuaba vistiendo de negro, con ropajes ceñidos y que realzaban las formas suaves de su estilizado cuerpo. Los adornos brillantes y plateados siempre estaban presentes y destacaban tanto en los tacones de sus altas botas, hechos de plata, como en las garras de metal de sus guantes de terciopelo. Lura dedicó a Raél una extraña mirada en la que iba implícita una clara advertencia. El joven se puso rígido, inclinó la cabeza y dijo:

– Sí, mi señora.

Entonces se marchó de allí con paso rápido.

Kahli tenía miedo. La Archibruja le imponía con esa mirada intensa de ojos morados que palpitaban con la magia que corría por sus venas.

– Creía que eras más inteligente –dijo Lura con menosprecio–. Pero no eres más que otra sanguijuela que quiere aprovecharse de la Hermandad.

Kahli no terminaba de entenderla. Se le había acelerado el corazón tanto que casi podía oírlo latir.

Lura acarició a las dos arpías que estaban situadas a ambos lados de la entrada a su tienda. Las criaturas le respondieron suavemente mientras ella volvía a hablar:

– Después de todos los años y recursos que la Hermandad ha invertido en una patética niña sin un ápice de talento para la magia como tú –dijo sin poder esconder su desaprobación– ¿te atreves a abandonarnos cuando todo ese esfuerzo por fin tendrá sentido?

– Yo… – balbuceó Kahli sin saber muy bien qué decir o hacer, se sentía paralizada ante la Archibruja.

– Debería arrancarte la cabeza por desertora –afirmó Lura mientras extendía una sola mano hacia delante–. Aquí, ahora mismo.

Los ojos de la Archibruja brillaron intensamente. Sus labios dejaron escapar unas cuantas palabras y entonces Kahli sintió como alrededor de su cuello se cerraban unas garras invisibles. La joven luchó por soltarse, pero el conjuro era poderoso y poco podía hacer ella para evitar que la magia oprimiera lentamente su garganta.

– Por suerte para ti no lo haré. –Lura se irguió con superioridad–. Por ironías de la vida no puedo castigarte como te mereces.

La presión en el cuello de Kahli desapareció tan rápido como había aparecido. Tosió un par de veces hasta que recupero el ritmo de su respiración. Lura acababa de demostrarle una ínfima parte de su poder y le estaba dejando muy claro que si seguía viva era por una buena razón.

Kahli se estremeció entonces y ese algo en su interior volvió a agitarse, esta vez con tanta fuerza que sintió un pinchazo en uno de los laterales de la cabeza. El dolor fue tan agudo que tuvo que cerrar el ojo izquierdo y llevarse la mano hasta la sien para intentar aliviar la molestia.

– Duele ¿verdad? – Lura sonrió–. Te diría que si no te resistes todo será más fácil, pero te estaría mintiendo.

La Archibruja dio unos cuantos pasos hacia delante y sus botas de tacones de aguja metálicos brillaron entre la oscuridad de su atuendo. Se detuvo frente a Kahli y la joven sintió el gran poder que emanaba de la Archibruja. Era sobrecogedor.

– Ya ha empezado –dijo la mujer mientras cogía la mano izquierda de la joven y empezaba a retirar la venda con tranquilidad.

Kahli no se resistió, continuaba sintiéndose paralizada ante la presencia de Lura.

– Ni tu ni nadie puede detener el proceso… –La Archibruja susurró las palabras con la atención puesta en los dedos deformados que estaban quedando al descubierto–. Ni si quiera tu preciado elixir podrá salvarte después de haber ingerido mi poción.

La Archibruja depositó un pequeño frasquito en la palma de la mano, ahora convertida en garra, de Kahli. La chica reconoció el vial y vio que el líquido en su interior no era transparente sino que brillaba con la magia morada de la General de las Arpías.

– Es hora de despertar a la Drakolía –dijo la Archibruja con una gran sonrisa de dientes blancos.

Sus criaturas gritaron excitadas.

Kahli dio un paso atrás y supo que no podía hacer nada para detener a Lura.

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