LA HERMANDAD DE LOS DRAGONES CAPÍTULO 7: THEO

MAR HERNÁNDEZ Y JOSÉ FERREIRA LIJÓ

CAPÍTULO 7: THEO

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Theo despertó con el eco de explosiones lejanas. Todo temblaba como las hojas de los árboles en medio de una tormenta y su cuerpo no era ninguna excepción. Había más oscuridad de la que a él le hubiera gustado y lo único que pudo distinguir sobre su cabeza fueron varias cadenas oxidadas que pendían del techo. Se agitaban sin cesar, produciendo un sonido metálico que reverberaba a su alrededor.

Theo no reconocía el lugar donde se encontraba y la falta de luz no era de gran ayuda para situarse, además de que no se sentía muy tranquilo. Entonces recordó los últimos instantes antes de perder el conocimiento cuando la hoja afilada de un arma se alzaba sobre su cabeza para darle el golpe final.

– ¡Las Dreidres! – Gritó mientras se incorporaba de golpe, asustado y con la respiración muy acelerada.

El joven soltó un quejido de dolor y se llevó la mano con cuidado a la parte izquierda de la cara. Tenía el pómulo pringado de una sustancia pegajosa. Enseguida se miró los dedos manchados y no pudo reprimir una mueca de asco.

– ¿Ya te has despertado, marmota?

Theo giró la cabeza con rapidez hacía un lado, hacia un pasillo que parecía sacado de sus peores pesadillas. Al final, delante de una pared mohosa y débilmente iluminada por una esfera mágica suspendida en el aire estaba su amigo observando algo con mucha intensidad.

– ¡Ash! –Exclamó con alivio –. ¿Dónde estamos? – Preguntó mientras miraba a su alrededor sintiéndose cada vez más incómodo.

Todo estaba cubierto de verdín, herrumbre y suciedad. Había viejos barrotes de hierro a ambos lados del pasillo, detrás se podían ver pequeñas habitaciones con trozos de maderas podrida y más cadenas colgando de las paredes. El olor era tan nauseabundo que Theo se llevó la manga de su camisa a la nariz para que no le resultara tan difícil respirar.

–Estamos en las mazmorras de mi castillo –respondió el mago sin variar su expresión meditabunda a la vez que se acariciaba la barbilla con una mano.

A Ash parecía no importarle el irrespirable aire de allí abajo y tampoco tenía reparos en pasar los dedos por las rocas cubiertas de bichos que se apartaban asustados. Theo sintió asco y se preguntó cuántas cosas más estarían correteando cerca de él, amparadas en la penumbra que lo envolvía. Con algo de reparo miró a su alrededor y en efecto, vio formas que se movían.

Theo ahogó una exclamación y se puso en pie casi de golpe, a pesar de que los músculos le dolían por el frío y la humedad que podía sentir allí abajo. Se alejó varios pasos de donde había estado tendido, caminó hacia la luz mientras volvía a tocarse el pómulo sin dejar de mirar su entorno con desconfianza.

– ¿Qué es esto que tengo en la cara? –Preguntó al volver a sentir aquella sustancia tan asquerosa–. ¡Huele fatal!

–Lo sé –dijo el mago con los ojos fijos en el muro que tenía delante –, esperaba que no te dieras cuenta tal y como apesta aquí abajo.

– ¿Qué?

–La culpa es tuya –le advirtió Ash, pasando la palma de la mano sobre la húmeda superficie del muro que tenía delante por segunda vez–. Si me hubieses hecho caso –hizo una pausa, pensativo–. No habría tenido que usar mi preciado ungüento en tu ojo morado.

Theo sintió un escalofrío al recordar el golpe, creía que algo se le había roto por dentro y que iba a quedarse sin ojo. Después las Dreidres… Evitó pensar en ellas mientras en silencio daba a gracias a los Dioses de nuevo por seguir vivo.

–El estado de mi ojo no tiene nada que ver con eso, sino con las Dreidres que querían matarme –replicó Theo un tanto molesto mientras se quitaba las vendas pringadas de sus dedos para sustituirlas por unas limpias–. Obedecí todas tus indicaciones.

–Te dije que no te detuvieras –le recordó Ash usando el mismo tono que utilizaría para dirigirse a un niño desobediente –. Que siguieras la luz…

– ¡Y eso hice! –Aseguró él con sinceridad y abriendo mucho sus grandes ojos claros–. Hasta que llegué a una puerta cerrada. ¡Era imposible continuar!

–Sigo preguntándome si sabes leer, Theo. –Ash lo miró por primera vez arqueando una ceja de esa forma tan particular, parecía un poco cansado–. Había uno de eso típicos proverbios que cuelgan las viejas en sus casas para ahuyentar el mal justo al lado de la puerta. Sólo tenías que leerlo para poder pasar.

– ¿Estuve a punto de morir por culpa de uno de esos ridículos cartelitos? –El joven no daba crédito a lo que estaba escuchando.

–No. –El mago no iba a aceptar tal responsabilidad–. Estuviste a punto de morir porque no te fijas en las cosas a no ser que las tengas delante de las narices –añadió a la vez que retrocedía y contaba los pasos en voz baja.

– ¡Cómo iba a imaginarme algo así! –Se quejó el chico con expresión enfurruñada–. Por lo menos podrías habérmelo comentado.

–Sí, bueno, estaba pensando en otras cosas más importantes… –se justificó Ash –. Por ejemplo, en cómo evitar que las Dreidres se hicieran un collar con mis dientes y unos pendientes con tus ojos.

Theo sintió otra vez un escalofrío, en esta ocasión poco tenía que ver con la humedad de las mazmorras. Era muy consciente de la veracidad de las palabras de su amigo, aunque Ash las hubiera dicho con desenfado, quitándole hierro al asunto.

Sin embargo Theo no podía apartar de su cabeza la idea de que aparte de morir, su cuerpo podía haber sido descuartizado y exhibido como un mero trofeo. Sintió como se le revolvía el estómago. Jamás comprendería los motivos tras una práctica tan bárbara, por muchos tratados de historia antigua que hubiera leído sobre el tema.

Entonces los pensamientos de Theo se vieron interrumpidos por unas explosiones que sonaron demasiado cerca, como si ocurrieran un par de pisos sobre sus cabezas. La mazamorra entera se estremeció con varias sacudidas y del techo se desprendieron varios trozos en el lado opuesto del pasillo a donde se encontraban ellos dos.

– ¡Demonios! –Exclamó Ash mirando hacia arriba–. No va a quedar una piedra en pie de mi precioso castillo.

Theo se sobresaltó cuando escuchó como algo se desplomaba justo en la zona donde habían caído los cascotes del techo, la más oscura de toda la mazmorra y situada a su espalda. Muerto de miedo se giró hacia allí y el corazón le dio un vuelco. Le pareció ver una silueta que se movía en las sombras… Parpadeó para asegurarse de que era real, pero al volver a abrir los ojos pudo distinguir una vieja puerta y un montón de escombros justo al lado.

–Ash, estamos a salvo de las Dreidres en este sitio ¿verdad? – Dijo sin poder disimular la preocupación en su voz.

–Bueno… – El mago tardó unos instantes responder–. La seguridad es relativa.

– ¿Qué se supone que significa eso? – Preguntó el chico sin entender qué era lo que quería decir su amigo– ¡¿Todavía nos persiguen?! –Gritó.

Ash se giró ligeramente hacia atrás, hacia la zona más oscura de la mazmorra. Theo le imitó asustado por la posibilidad de que la silueta que creía haber visto antes siguiera allí y no hubieran sido imaginaciones suyas. Sin embargo no había nada más que la decrepita puerta de madera y los escombros que no serían un gran obstáculo para las Dreidres.

–Por ahora están entretenidas –fue lo que Ash dijo en el instante en que devolvía su atención al muro frente a él.

– ¿Entretenidas? –Repitió Theo incrédulo por la respuesta–. Hablas de ellas como si fueran niñas. ¡Ash, que son unas guerreras tan salvajes que se hacen abalorios con los cuerpos de sus víctimas!

–Precisamente por eso mantengo las distancias –replicó el mago–. No estoy tan loco como Erik.

– ¿De quién estás hablando ahora? –Preguntó confundido el joven, arrebujándose en su capa de lana.

– ¿No conoces a Erik manos largas?

–No tengo el placer –respondió Theo, armándose de paciencia porque otra vez la conversación se desviaba hacia otros temas.

–Erik es un primo lejano de tu abuela –explicó Ash mientras daba golpecitos con los nudillos en las rocas–. Me sorprende que no te haya hablado de él.

– ¿Y qué tiene que ver ese tal Erik en todo esto? –Theo movió los brazos para señalar el entorno en el que se encontraban con intención de reforzar sus palabras y para que su amigo volviera al tema principal del que estaban hablando.

–No mucho, la verdad –Ash se encogió de hombros–. Pero si hubiera estado aquí te aseguro que ya no quedarían Dreidres con vida dentro de mi castillo.

– ¿Y eso por qué? –Preguntó Theo sorprendido– ¿Acaso es un mago más poderoso que tú? –Fue lo único que se le ocurrió preguntar.

Ash estalló en una sonora carcajada y miró al chico por encima del hombro con una expresión muy inquietante.

–No hay mago más poderoso que yo en el mundo, que no se te olvide, Theo –sus labios sonreían, pero no sus ojos–. Además, Erik es un ceporro para la magia –añadió riéndose.

–Lo que tú digas –murmuró Theo, hastiado.

–Es un guerrero, el único que podría hacer frente a las Dreidres cuerpo a cuerpo –continuó Ash al cabo de unos instantes.

– ¡Ah! –Respondió el chico muy poco impresionado–. Me parece perfecto, pero no nos sirve de mucho si no está aquí con nosotros.

– ¡Pero que quisquilloso que eres! –Exclamó Ash–. Encima que te hablo de un miembro importante de tu familia. Eres un desagradecido.

–Y tú no me has aclarado nada –replicó el joven cruzando los brazos frente al pecho e intentando ocultar su miedo por la situación en la que se encontraban–. Todavía no sé si las Dreidres van a aparecer para arrancarnos la cabeza y…  –Theo se interrumpió– ¿Se puede saber qué haces, Ash?

–Estoy buscando algo –dijo tranquilamente el mago y continuó pasando la mano sobre la pared.

– ¿El qué?

–Te lo diré en cuanto lo encuentre –fue lo último que dijo sobre ese asunto.

– ¡Perfecto! –Exclamó frustrado el joven–. Si no muero de pulmonía aquí abajo las Dreidres se harán un collar con mis orejas.

–Refunfuñas como un viejo –comentó el mago mientras giraba sobre sí mismo un par de veces.

Ash dio unos cuantos pasos hacia el interior de la celda que había a la izquierda del pasillo. Theo le siguió envolviéndose más en su capa, sin dejar de tiritar de frío. No iba a separarse de su amigo ni de la pobre esfera de luz que flotaba junto al mago.

–No te preocupes tanto por las Dreidres, Theo –dijo Ash al cabo de unos instantes, moviendo una mano para quitarle importancia al asunto–. Nuestras amiguitas estarán peleándose con las armaduras de los pasillos.

– ¿Y crees que tus marionetas podrán entretenerlas hasta que encuentres lo que sea que estás buscando? – Preguntó el joven dubitativo y con un suspiro de resignación.

– Se llaman go–lems –le rectificó Ash levantando el dedo índice de la mano derecha y sin mirarle.

– ¿Y crees que tus golems podrán vencerlas? – Theo repitió la pregunta con desgana y haciendo hincapié en la correcta pronunciación de ese término.

–No.

– ¡Qué!

–Theo, los golems y mis trampas mágicas las mantendrán entretenidas durante el tiempo suficiente –dijo el mago al girarse para salir de la celda y dirigirse a la que había en frente–. Espero…

– ¡Cómo qué esperas! –Gritó el chico llevándose una mano a la cara desesperado y dio un respingo al rozarse la parte magullada y volver a pringarse los dedos del potingue maloliente–. ¡Ah!

Ash se giró hacía él.

–Déjame echarle un vistazo a eso –dijo con tranquilidad.

Antes de que Theo pudiera reaccionar el mago ya le había cogido la cabeza entre las manos para moverla hacia todas partes mientras examinaba detenidamente la zona golpeada.

–Esas malnacidas te dieron fuerte –dijo sonriendo–, pero hice que se arrepintieran –entonces su sonrisa se ensanchó y por un momento a Theo le pareció que su amigo adoptaba una expresión demasiado siniestra.

El joven se estremeció. Quiso dar un paso atrás, pero las manos de Ash aún seguían sujetándole la cabeza y sus extraños ojos, de un azul irreal, seguían fijos en el pómulo magullado. El mago tenía una mirada intensa, con la pupila dilatada como la de un felino, y parecía realmente cansado cuando frunció el ceño.

– ¿Qué ocurre? –Preguntó Theo alarmado al ver la expresión contrariada de su amigo.

–Se supone que la magia del ungüento tendría que haber funcionado ya –murmuró soltando la cabeza del joven para rascarse la barbilla después–. Ese potingue casi podría resucitar a un muerto y sin embargo todavía tienes la zona un poco hinchada. –El mago se encogió de hombros–.  A lo mejor se ha echado a perder. La última vez que lo usé fue hace unos –enumeró con los dedos de una mano–, uno, dos, tres… cinco años.

– ¿No será mejor que me lo quite? –Theo ya estaba buscando un pañuelo entre sus cosas.

– ¡No! Aunque la magia se haya perdido el ungüento impedirá la inflamación de la cara.

– ¿Estás seguro de eso? Acabas de decir que a lo mejor se ha echado a perder…

–No. El ungüento no se estropea –explicó el mago adoptando ese aire de profesor–, es la magia la que se pierde.

– ¿Entonces estás completamente seguro de que no se me va a caer la carne a trozos ni nada por el estilo? –Insistió Theo porque continuaba sin fiarse.

– ¿Y arriesgarme a sufrir la ira de tu abuela? – Respondió el mago arqueando las dos cejas en esta ocasión–. No estoy tan loco.

Ash sacudió la cabeza y Theo entendió que no iba a obtener ninguna respuesta más clara de su amigo sobre el tema. Tampoco necesitaba mucho más, había comprendido que esa era su forma de decirle que no corría ningún peligro. Así que Theo se tranquilizó bastante acerca del ungüento que no parecía funcionar tan bien como debiera porque había perdido su magia. A pesar de todo no podía más que estar agradecido por todo lo que el mago había hecho, y estaba haciendo por él: Acogerlo en el catillo, darle una de las mejores habitaciones, aguantar a Zöe, salvarle la vida en varias ocasiones y preocuparse por que su ojo no se hinchara demasiado. En ese momento Theo casi podría perdonar lo irritante y desesperante que podía llegar a ser Ash.

– ¿Te encuentra bien? – Preguntó entonces el chico, cuando ya no pudo pasar más por alto el aspecto cansado de su amigo–. No tienes buena cara.

– Y tú no tienes buenos ojos – respondió Ash, un tanto a la defensiva, pero sin perder el buen humor–. Estoy perfectamente.

Theo casi podría perdonarlo, aunque no lo haría.

Una vez más se sintieron varias explosiones. Esta vez sonaron cercanas. Las paredes temblaron con más fuerza que antes y una pequeña parte del muro junto a la entrada de la mazmorra se derrumbó.

El mago no dijo nada esta vez, ni si quiera echó un vistazo a lo que había pasado.

–Ash, deberíamos irnos de aquí cuanto antes –dijo Theo asustado, su voz era casi un susurro–. Si no nos encuentra la Hermandad moriremos aplastados aquí abajo.

– ¡Shush! –Fue todo lo que el mago le dio por respuesta.

Ash tenía la atención puesta en la celda en la que se encontraba y no dejaba de recorrer las piedras con los dedos mientras murmuraba cosas ininteligibles. Después de unos instantes salió de allí a toda prisa para volver a la primera pared que había investigado al principio, la que se encontraba al final del corredor principal de la mazmorra.

Al cabo de unos minutos más exclamó:

– ¡No lo entiendo! –Se llevó ambas manos a la cabeza y se alborotó su cabello negro y azul como si estuviera intentando resolver algún problema complejo–. ¡Aquí tendría que haber un pasillo! –Exclamó con exasperación y señalando con ambas manos hacia el muro que tenía delante.

Theo arqueó una ceja y miró fijamente a la pared. No hacía falta ser un experto para darse cuenta de que aquellas piedras llevaban allí muchísimo tiempo. Estaban desgastadas, sucias y cubiertas de moho, como casi todo lo que había allí abajo.

– ¿Estás seguro de eso?

– ¡Por supuesto!  – Exclamó el mago un poco ofendido.

Ash se rascó la cabeza. Después se sentó en el suelo con piernas y brazos cruzados para continuar con sus murmuraciones.

Theo se acercó hasta él. Quería ayudar de cualquier manera para salir de allí y entonces reparó en un pequeño detalle que le hizo tragar saliva.

– No estamos quedando sin luz –comentó en cuanto vio como la esfera luminosa en el pasillo perdía intensidad mientras que los ruidos de la batalla iban en aumento.

– ¿Tienes miedo? – Preguntó el mago con tono distraído pues sus ojos estaban clavados en el muro que tenía delante.

– ¡Por supuesto que no! – Theo mintió y sonó infantil.

Ash lo miró de reojo con ese alzamiento de ceja que dejaba claro que no le había creído ni por un momento.

Theo no dijo nada más. Giró la cara hacia un lado, no estaba dispuesto a admitir delante de su amigo que tenía tanto miedo a la oscuridad como podría tenerlo a la Hermandad de los Dragones que intentaba matarlos.

De repente Ash se puso de rodillas en el suelo, sin importarle en absoluto que sus ropas pudieran mancharse y se acercó a gatas hasta el muro. Recorrió varias piedras con la yema de los dedos, después puso la oreja pegada a la roca.

Theo lo miraba sin saber si reírse o exigirle que le explicara, de una vez por todas, porque estaba actuando de esa manera tan extraña.

– ¡Lo he encontrado! –Exclamó golpeando el muro con la palma de la mano–. El camino que nos llevará hasta el laberinto está justo aquí, pero alguien lo tapió hace mucho tiempo.

– ¡Qué! ¿Por qué?

– ¡Y yo que sé! La gente hace cosas muy raras. –El mago se encogió de hombros, después se levantó del suelo despacio, como si el cuerpo le pesara demasiado.

– ¡Es tu castillo! –Exclamó Theo–. Y como bien has asegurado antes, se supone que sabes todo lo que hay que saber sobre él.

–Bueno, técnicamente esto son las mazmorras –dijo ladeando la cabeza–. Yo solo me intereso por las cosa bonitas –añadió señalado hacia arriba.

– Ya veo…

Ash se giró con urgencia hacia la puerta de la mazmorra y apenas tuvo tiempo de levantar los brazos mientras pronunciaba rápidamente las palabras de un hechizo. Todo ocurrió  muy rápido. Theo escuchó un gran estruendo en el piso de arriba y entonces hubo una explosión en el fondo de la mazmorra. Una infinidad de proyectiles salieron disparados hacia todas partes junto con una nube de polvo y una poderosa onda expansiva que sacudió nuevamente los cimientos del lugar. Sin embargo nada llegó a dañar a Theo y mucho menos a Ash.

El joven se dio cuenta de que su amigo había levantado un escudo a su alrededor justo a tiempo para salvarles la vida.

La mazmorra entera se sacudió un par de veces más y el techo terminó de derrumbarse al fondo del pasillo también, aunque Theo no pudo verlo por culpa de la nube de polvo que aun los rodeaba.

Cuando todo volvió a calmarse Ash sacudió la mano hacia delante con fuerza. Los escombros se apartaron así como la nube que les impedía ver. El mago estaba serio ahora y con dos zancadas se acercó hasta el fondo de la mazmorra acompañado de la mortecina luz de su esfera mágica. Theo se apresuró a seguirlo en silencio.

– ¡Malditos lagartos que no tiene ningún respeto por las obras de arte! –Exclamó el mago, bastante enfadado–. Como le ponga la mano encima al inútil que está dirigiendo este ataque va a dedicar el resto de su vida a poner en su sitio cada una de las piedras de mi castillo.

Theo miró a su amigo. Estaba realmente furioso, con ese tic característico en su ojo mientras apretaba los puños.

– Bueno –Ash se encogió de hombros al cabo de unos instantes, ya parecía el de siempre –, hay que mirar el lado bueno de las cosas. Ahora es imposible que las Dreidres nos ataquen –dijo señalando hacia los escombros que tenía justo delante.

Theo no estaba tan seguro de compartir su optimismo; La única salida de las mazmorras había desaparecido por culpa de la explosión. En su lugar había una gran montaña de piedras, hierros retorcidos y pedazos de madera irreconocibles. Y el camino que debería llevarlos hasta su ruta de escape en el laberinto también estaba completamente tapiado. ¿Qué iban a hacer ahora? Si no salían de allí pronto se les acabaría el aire o el moho se les metería en los pulmones o algún bicho les contagiaría algo o… Theo estaba empezando a imaginarse mil y una formas de morir allí abajo y ninguna parecía lo suficientemente rápida para él.

Se arrebujó en la capa un poco más y se dio cuenta de que Ash no parecía en absoluto preocupado. ¿Cómo podía mantener la calma cuando ambos estaban encerrado en uno de los peores sitios del mundo?

El mago se dio la vuelta con tranquilidad y regresó de nuevo a la pared que llevaba un buen rato examinando.

– ¡Ya me acuerdo! –Exclamó cuando se plantó frente a ella–. Lord Hynton tapió este pasillo porque tuvimos una invasión de unos bichitos muy desagradables… Parecían perros deformes… No recuerdo como los llamaban, pero entraban por aquí –señaló el muro.

–Entonces ¿qué vamos a hacer? –Se atrevió a preguntar Theo, desesperado.

El mago ladeó la cabeza.

–Pues seguiremos por aquí –dijo mientras golpeaba con los nudillos la pared que les impedía el paso.

– ¿Cómo?

–Derribando estas piedras –habló con naturalidad, como si acabara de decir algo perfectamente lógico.

–Estás completamente loco –afirmó Theo mientras se apoyaba en uno de los muros cercanos que había aguantado en pie. Ya le daba igual mancharse o pillar cualquier cosa.

Ash se acercó al joven y puso sus dos manazas sobre los hombros para darle ánimos.

–Confía en mí, Theo –dijo con esa característica sonrisa ladeada que dejaba claro que tramaba algo–. Aún no ha llegado el día en que este mago no consiga hacer lo que se proponga.

El joven lo miró agradecido, aunque seguía teniendo miedo.

– Siéntate a jugar con tu ridículo librito un rato y deja trabajar a los mayores –lo empujó suavemente para alejarlo del muro.

Theo fue a protestar por cómo había calificado a su valioso libro pero Ash ya se había dado la vuelta con toda su atención puesta en la pared.

El joven no dijo nada más. Después de dar varias vueltas sobre sí mismo algo inquieto eligió un lugar lo más cerca del mago posible, pero sin llegar a molestarle y se sentó, mirando con recelo a su alrededor.

– Ponte cómodo –dijo Ash sin mirarlo–. Voy a tardar un rato en derribar esto.

Theo observó como el mago dejaba el zurrón mágico en el suelo y se quitaba la capa. Luego se arremangó la camisa blanca hasta los codos y dio una sonora palmada frente a su pecho. Después sacó del bolsillo del pantalón una tiza blanca y dibujó un rectángulo desde la base del muro hasta más o menos la altura de su cadera.

– Creo que tendremos bastante espacio para pasar –murmuró.

Enseguida se puso a hacer más extraños dibujos en el centro y los bordes  del rectángulo.

Theo no entendía absolutamente nada de magia así que decidió sacar su Libro de las Profecías. Tenía la esperanza de que las cosas se hubieran calmado un poco y que esta vez las palabras no fueran un galimatías sin sentido. Volvió a pagar el precio de la sangre y buscó la última página.

– ¡No puedo ver ni una sola palabra! –Exclamó molesto después de acercarse el libro a los ojos y quedarse casi bizco intentando leer una frase que se creaba y deshacía a toda velocidad. – Aquí hay muy poca luz.

El joven se acercó un poco más a la esfera que flotaba al lado de su amigo y ambos notaron como la magia del hechizo empezaba a fallar. La luz parpadeó unas cuantas veces y su intensidad volvió a disminuir dejando todo aún más oscuro.

– ¿Úrsula no te ha dado ninguna linterna mágica? –Preguntó el mago sin dejar de trabajar en su dibujo. A él no parecía afectarle lo más mínimo la ausencia de luz.

–No –respondió Theo pesaroso–. Ese tipo de cosas eran para Zöe, por ser una maga. A mí me dio un farolillo de cristales de luz.

– ¿Y dónde está?

– ¿Ves como no escuchas a la gente, Ash? –Se molestó el chico–. El primer día que llegué al castillo te conté los pormenores de mi viaje. –Theo empezó a enumerarlos usando los dedos vendados de su mano derecha–: como nos habían intentado robar; como habíamos perdido nuestro equipaje y cómo habían muerto dos de los escoltas que nos acompañaba a Zöe y a mí.

–Lo recuerdo.

–Llegamos aquí con lo puesto, Ash –añadió Theo con tristeza–. Y no sabes lo que daría porque nunca me faltara la luz en lugares tan oscuros como este…

El joven dejó escapar un largo suspiró de resignación. No lo estaba pasando demasiado bien. Seguía mirando a su alrededor, incomodo. La poca iluminación y los ruidos que podían escucharse de la batalla le estaban jugando una mala pasada. Era muy difícil concentrarse en nada con esa horrible sensación de que había algo cerca que no podía ver, pero sí sentir.

– ¿Te falta mucho para derribar esa pared? –Preguntó inquieto al cabo de unos minutos.

–No seas impaciente.

Los dos permanecieron en silencio durante largo rato. Ash seguía inmerso en su extraño dibujo sobre la roca sin percatarse del nerviosismo que se estaba apoderando del joven. Entonces Theo dio un respingo.

– ¡Ahh! ¿Qué ha sido eso? –De un salto se puso en pie abrazando el Libro de las Profecías contra su pecho.

Ash dejó el dibujo que estaba haciendo y se acercó hasta él armándose de paciencia.

– ¿Qué te pasa ahora? – Su tono era demasiado condescendiente, pero Theo no se dio cuenta.

– ¡Ahí hay algo! – Señaló un grupo de piedras pequeñas y sueltas que se movían justo donde él había estado sentado hacia unos instantes.

El mago lo miró sin decir una sola palabra. Sacudió la cabeza un par de veces y se agachó para apartar las rocas.

– Es solo una rata  –dijo sin mucho entusiasmo.

Theo se acercó tímidamente y pudo ver, en efecto, una gran rata negra olisqueando el suelo.

– ¡Mátala! –Gritó el chico con una voz excesivamente aguada.

– ¡A ti sí que te voy a matar! – Le respondió Ash con el ceño fruncido – ¡Se puede saber qué te ha hecho este pobre bicho, aparte de ser condenadamente feo!

– ¡Es peligrosa! ¡Si me muerde podría contagiarme cualquier enfermedad!

– Pues no te acerques a ella. – Ash se levantó tranquilamente.

– ¡Ella es la que se ha acercado a mí! –Theo dio dos pasos atrás y empezó a mirar nervioso a su alrededor –. Seguro que hay muchas más escondidas en la oscuridad.

– Theo, cálmate.

Las palabras de Ash no servían de nada. El chico había retrocedido tanto que tenía la espalda contra el muro en el que el mago había dejado su trabajo sin acabar.

– ¡Están en todas partes!

– ¡Ya está bien! –Gritó el mago –. ¡Voy a acabar con tu fobia a la oscuridad de una maldita vez!

Theo lo miró perplejo, sin entender cómo lo había podido descubrir.

Ash se le acercó de dos zancadas y lo observó seriamente durante unos segundos. Después su rostro se relajó y apareció esa media sonrisa que no auguraba nada bueno.

– ¿Qué vas a hacer?

– Darte luz –respondió el mago sin dejar de sonreír.

Entonces Ash puso ambas manos sobre el cabello castaño del joven y cerró los ojos para pronunciar un hechizo rápidamente. Después abrió sus ojos azules y frunció el ceño contrariado.

– No te muevas.

El mago volvió a pronunciar las palabras de un hechizo diferente, sonaban mucho más serias e intensas que las primeras, además de que él las pronunciaba con más calma y contundencia, como si fueran órdenes que no pudieran ser desobedecidas.

Cuando Ash terminó su hechizo Theo sintió una ligera ráfaga de aire a su alrededor. Un suave cosquilleo en su cabeza, en el pelo y como todo se iluminaba a su alrededor. Ahora podía ver bastante mejor la mazmorra, o lo que quedaba de ella después del derrumbe. Las ratas corrieron despavoridas hacia la oscuridad, hacia la protección de los agujeros en los viejos muros.

– ¿Qué… qué has hecho?

– Algo que debería haber hecho Úrsula hace tiempo –dijo el mago apartándose de él–. Siempre que estés en un sitio oscuro la luz te acompañará.

– ¿Cómo es posible?

Theo se movió de un lado para otro y comprobó que el mago no le había mentido. La luz iba con él hacia todas partes, pero no conseguía verla. Levantó la cabeza y la movió hacia ambos lados, no podía ver el foco hasta que percibió por el rabillo del ojo un mechón de pelo encendido como si fuera una llama.

– ¿Qué es esto?

Cogió el cabello entre el pulgar y el índice con cierta precaución y tiró hasta poder verlo mejor.

– ¡Qué es lo que me has hecho, Ash!

El mago estalló en carcajadas. Llevaba un buen rato conteniéndose.

– ¡Ash!

Theo estaba realmente asustado. Tenía luz, sí, pero a costa de qué. Las carcajadas del mago tampoco ayudaban mucho así que el chico desenvainó su espada corta e intentó usar su brillante superficie como espejo.

Cuando se vio no pudo más que gritar:

– ¡Por todos y cada uno de los Dioses!

Su cabello castaño se había vuelto incandescente y flotaba alrededor de su cabeza como si fuera la llama de un poderoso fuego.

– ¡Parezco una antorcha!

La risa de Ash incrementó.

– ¡No tiene gracia! –se quejó Theo con expresión enfurruñada y los puños cerrados.

– ¡No te quejes tanto! –Apenas pudo responderle el mago–. ¡Ahora siempre tendrás luz! –Entonces clavó los ojos en el chico y ladeó la cabeza con expresión contrariada–. Aunque brillas poco.

– ¡Quítame el hechizo!

– ¡No!

– ¡Ash!

–Aunque no lo creas, te estoy haciendo un gran favor, Theo – apenas pudo responder entre carcajadas–. Ya me lo agradecerás después.

– ¡Cómo  voy a agradecerte esto! –Señaló hacia su cabeza– ¡Parezco una cerilla!

–Ahora, las mujeres dirán que además de mono eres –agitó la mano mientras buscaba la palabra adecuada–… ardiente –añadió con otra sonora carcajada.

Theo abrió los ojos sorprendido y en cuestión de segundos sus mejillas se volvieron tan incandescentes como su propio cabello.

–No… no digas tonterías –apenas pudo hablar–. Las mujeres nunca se fijarían en alguien como yo.

–Creo que quien no ha estado escuchando a la gente has sido tú, Theo – se mofó Ash con las manos en las caderas–. Las sirvientas del castillo no han parado de cotorrear sobre ti desde el día en que llegaste. –Entonces continuó con sus palabras, pero imitando la forma de hablar y los gestos típicos de las criadas–. Decían que si Theo es muy guapo, que si parece un caballero, que si esto, que si lo otro…

– ¡No es verdad! – Exclamó el chico avergonzado y sin perder el tono purpura de sus mejillas.

– Que tú no lo oyeras porque tenías la cabeza metida en ese librito no significa que no sea verdad. Puedes preguntarle a lord Valem –dijo el mago sin dejar de sonreír–. ¡Mejor aún! Si te atreves, puedes preguntárselo a lady Estela, su hija, cuando la veamos en el laberinto.

Theo abrió los ojos aún más sorprendido. Estaba sin habla ¿Cómo iba a preguntarle algo así a lady Estela?  Seguramente Ash estaría burlándose de él. A parte de Úrsua y Zöe, quienes no contaban mucho en este asunto, no había oído nunca a ninguna mujer comentar que era atractivo, guapo y mucho menos un caballero. Sin embargo sí que había oído habladurías similares en el castillo sobre Ash. Y no sólo eso, había visto a más de una mujer, daba igual si era sirvienta o noble, suspirar al fijarse en el mago, ya fuera que él estuviera paseando, asomado a una ventana o rascándose una oreja.

No, no iba a caer en la trampa de Ash. Seguramente le había soltado todo ese rollo para distraerlo y que no discutiera más sobre el hecho de que su pelo parecía una llama. Le costaba reconocer que el hechizo era útil. Ahora que podía ver bastante bien todo lo que había a su alrededor estaba mucho más tranquilo, pero aun así no iba a perdonárselo. Ash no le había dado opción a decidir y eso era lo que más le enfurecía. En cuanto salieran de esos pasillos oscuros le exigiría que le quitara el conjuro de encima o iba a comprobar lo persistente que podía llegar a ser cuando se proponía algo.

Ahora no podía seguir insistiendo sobre el tema porque el mago había vuelto a trabajar en el dibujo de la pared, la única salida de las mazmorras. Entonces Theo volvió a sentarse en el suelo, pero un poco más cerca de su amigo. Retomó su libro por la página que había permanecido abierta durante aquel tiempo y lo sostuvo cómodamente sobre su regazo para observar las frases.

Las palabras seguían cambiando a un ritmo frenético y los párrafos se reescribían sin cesar. Todo continuaba siendo demasiado caótico como para entender algo. Y entonces…

– Algo no va bien –murmuró el chico confuso–. Las palabras de la profecía han desaparecido…

– No es un buen momento para eso, Theo –la voz de Ash sonaba entrecortada.

El joven levantó la cabeza del libro. El mago estaba de rodillas en el suelo con la mano en la pared, sobre el centro del rectángulo que había dibujado con tiza. De su palma salía una sangre densa y oscura que iba recorriendo los trazos del dibujo con rapidez.

– ¡Qué estás haciendo! –Gritó el joven, olvidándose de todo lo demás.

A Ash le fallaron las fuerzas y cayó hacia atrás con el rostro más pálido que antes. Theo llegó justo a tiempo de sujetarlo para que no se desparramara por el suelo.

– ¡Te has vuelto loco! –Le gritó más preocupado que furioso.

– Mira. –Fue la débil respuesta de Ash quien sonriendo señaló hacia delante con los ojos medio cerrados por el agotamiento.

La sangre negra de la pared se movía de manera extraña, como si tuviera vida propia.

– Antes podía hacer estas cosas tan fácilmente… –comentó el mago riendo.

– Eres más viejo de lo que quieres admitir –replicó el chico con tono condescendiente–, deberías dejar estas locuras para los jóvenes.

Theo ayudó a Ash a apoyarse en otro muro cercano. Se sacó un pañuelo de tela del bolsillo y le vendó la mano, justo donde se había hecho un profundo corte para poder llevar a cabo del hechizo.

– Los jóvenes no pueden derrumbar muros con su sangre –dijo el mago mirando sobre el hombro del chico.

Theo se volvió justo en el instante en que las rocas se disolvían bajo la sangre negra de Ash. El joven no pudo más que abrir los ojos sorprendido ante aquella proeza. Lentamente la abertura al pasadizo iba agrandándose hasta los límites del dibujo del mago. Al otro lado podía intuirse un camino que se prolongaba entre las tinieblas. En cierta manera Theo no pudo más que dar gracias en silencio a su amigo por haberle regalado el hechizo de la luz, aunque no estaba dispuesto a admitirlo delante de él.

– Vámonos de aquí –dijo Ash incorporándose despacio.

– ¿Estás bien para continuar? –Preguntó el joven preocupado mientras ayudaba al mago a recuperar el equilibrio.

– Estoy perfectamente –respondió Ash, recogiendo su zurrón mágico y su capa del suelo con algo de torpeza–. Este viejo solo necesita un buen trago y unos minutos para recuperarse.

– ¡No vuelvas a hacer algo así! –Le reprimió Theo–. ¡Me has dado un susto de muerte!

– No ha sido para tanto.

– ¡Podías haber muerto!

– No digas tonterías – protestó el mago, no parecía muy dispuesto a soportar ninguna regañina y mucho menos de un crío de dieciséis años–. Vámonos ya o Lord Velam entrará en el laberinto sin nosotros.

Se escucharon golpes cerca, al otro lado del derrumbe de la mazmorra, quizás de la puerta. Después un par de chillidos que hicieron estremecerse a Theo.

– Déjame echar un vistazo primero –dijo el mago mientras pasaba por el agujero en la pared–. No te olvides de tu librito, Theo – añadió Ash desde el otro lado acompañado de una débil esfera luminosa.

El chico no se había olvidado del Libro de las Profecías. En cierta manera le gustó y sorprendió a partes iguales que su amigo le hiciera ese comentario. Seguro que Ash acabaría aceptándolo.

Theo caminó hacia donde le esperaba su mochila. Cogió el libro abierto con cuidado y se fijó en que habían aparecido nuevas frases escritas en rojo.

– ¡Por fin, algo de información! –Exclamó por las buenas noticias.

Se apresuró a leer las palabras escritas sobre el papel y en ese momento deseó que las predicciones de su libro no le hubieran mostrado lo que iba a suceder.

– ¡No! –Gritó Theo asustado– ¡Ash!

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