LA HERMANDAD DE LOS DRAGONES CAPÍTULO 8: KAHLI

MAR HERNÁNDEZ Y JOSÉ FERREIRA LIJÓ

CAPÍTULO 8: KAHLI

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Kahli miraba con horror la botellita que había en su mano izquierda transformada en garra. El elixir todavía brillaba con el fulgor morado de los hechizos de la Archibruja.

– ¿Qué me has hecho?

–Despertarte –respondió Lura con una leve sonrisa.

Kahli sintió un escalofrío subir por su espalda. Tenía que salir de allí, no había otra alternativa. Quedarse significaba firmar su propia sentencia de muerte.

–Nurabu, Kim. –Lura pronunció esos nombres en voz alta.

La joven apenas le prestó atención. Estaba más preocupada en encontrar la posible ruta de escape del campamento de la División de las Arpías. Itiel seguía a su espalda y le impedía salir corriendo hacia la tienda de los Estrategas, donde se suponía que debería de estar en ese momento; Tampoco había salida posible por los lados porque un centenar de arpías continuaban vigilándola desde sus postes y cuerdas, a una orden de la Archibruja se le echarían encima para hacerla pedazos. Y por supuesto, por delante tenía a Lura y dos hombres que acababan de salir de la tienda del fondo. Kahli se fijó en ellos, el primero parecía un simple humano rubio, mientras que el segundo era sin duda de la raza de los khums, conocidos también como los hombres bestia por su habilidad de transformación.

Ambos tenían la mirada opaca, sin brillo, como si estuviera perdida en un punto lejano que solamente ellos podían ver. La magia morada de Lura se había apoderado de esos ojos vacíos y palpitaba muy despacio.

Los hombres se situaron detrás de la Archibruja, con la cabeza baja y los brazos colgando a ambos lados del cuerpo. Parecían dos estatuas, una de marfil y otra de bronce, vestidas con una falda negra y larga con el escudo de las arpías en su parte central. El resto de sus fuertes cuerpos estaba cubierto por todo tipo de ornamentaciones plateadas: cadenas, pulseras, brazaletes, collares… y sobre sus pechos brillaban sendas runas que latían al mismo ritmo que la magia de sus ojos.

–Llevadla a mi tienda –ordenó la Archibruja sin girarse hacia los recién llegados.

Los dos esclavos se irguieron para obedecer. Kahli dio un paso atrás y se tropezó contra Itiel. La arpía soltó un graznido de advertencia, levantó las alas y las agitó con fuerza, no iba a ceder un milímetro. La joven se giró rápidamente hacia los dos hombres que ya casi estaban encima de ella, entonces sintió como ese algo en su interior, que llevaba revolviéndose desde hacía rato, estaba preparándose para reaccionar. Era como si un instinto muy primitivo la empujara a no rendirse, a luchar.

Sin pararse a pensar lo que estaba haciendo Kahli dejó caer el elixir al suelo y descargó su puño izquierdo en la cara del sirviente humano justo cuando intentaba agarrarla del brazo. El golpe sonó fuerte y sin embargo solo consiguió ladear ligeramente la cabeza del hombre hacia un lado.

Kahli abrió los ojos sorprendida. No entendía qué estaba pasando, hacía nada había herido a una arpía de gravedad; ahora apenas conseguía hacerle un rasguño a uno de los esclavos de Lura.

El hombre volvió la cabeza lentamente hacia la joven, un hilillo de sangre caía desde su labio partido aunque él no parecía sentir nada. La magia morada de sus ojos se hizo más brillante al igual que el fulgor de la runa sobre su pecho.

Kahli volvió a atacar con su mano izquierda, con las garras extendidas para hacer el mayor daño posible. Sin embargo no llegó a alcanzar al sirviente porque algo agarró su muñeca al vuelo con una fuerza tan grande que sintió crujir sus huesos.

– ¡Ah! –Se quejó la joven.

Enseguida giró la cabeza hacia el lado y comprendió que había sido el otro hombre quien la tenía atrapada. Kahli golpeó la mano que la agarraba, tironeó y gritó para liberarse, pero el khum permaneció impasible con el rostro casi oculto bajo una espesa cabellera blanca y rizada. En ese momento, el sirviente humano la cogió del brazo izquierdo y se lo dobló contra la espalda.

–Deberías ser más razonable en esta situación –dijo Lura con calma mientras se acercaba hasta Kahli haciendo tintinear todos sus abalorios–. ¿Por qué continúas resistiéndote? Lo único que vas a conseguir es hacerte mucho daño y ni tú ni yo queremos que eso ocurra, por ahora.

–Yo sé… sé lo que quieres –Kahli se esforzaba para que no se notara el miedo en su voz–, pero no lo vas a conseguir tan fácilmente.

–Eso es lo que crees…

Lura extendió la mano derecha hacia la frente de la joven. Kahli se revolvió, intentó apartarse y fue cuando sintió como uno de los esclavos le agarraba la cabeza por detrás. Entonces ya no pudo moverse cuando la Archibruja le clavó la punta de la garra metálica del guante en la frente.

–Podrías estar en lo cierto… –dijo la elfa mientras sus ojos empezaban a girar como dos torbellinos de luz morada–, si no me gustara tenerlo todo bajo control.

Kahli gritó. Sintió como algo abrasador partía desde el centro de la frente y se extendía sobre su piel en círculos concéntricos hasta alcanzar el tamaño de una moneda. La Archibruja movía los labios rápidamente, pronunciando un hechizo en silencio que no iba a quedarse en la superficie sino que empezaba también a introducirse en el cerebro de su presa. La primera reacción de Kahli fue resistirse con todas sus fuerzas al igual que lo hacía ese algo que había en su interior. Ninguno de los quería sucumbir… pero una cosa era lo que ellos deseaban y otra lo que estaba ocurriendo. En tan solo unos segundos el cuerpo de la joven empezó a perder fuerza, todo le pesaba demasiado y se sentía incapaz de mover un solo músculo.

–Llevadla a mi estudio –ordenó Lura a sus esclavos.

Kahli se concentró más en luchar contra el hechizo de la Archibruja. La joven ya había perdido el control de su cuerpo y no estaba dispuesta a dejar que el conjuro le arrebatara también la consciencia. Ese algo interior parecía estar de acuerdo con ella y ambos se unieron por primera vez para presentar batalla y a duras penas consiguieron mantenerse despiertos.

Los esclavos habían obedecido al instante las órdenes de su dueña. Sin mucho esfuerzo llevaron a la joven hasta el interior de la tienda de la División de las Arpías. Si Kahli hubiera estado en condiciones se hubiera dado cuenta de la extraña calidez que reinaba en su interior y el intenso aroma a flores; el cuidado con que se habían dispuesto los muebles ornamentados, algunas copas, comida, elementos decorativos como candelabros, estatuas y espejos. Kahli no pudo reprimir un grito de horror cuando se vio reflejada en uno de ellos. Los dos hombres la llevaban casi en volandas, sujetándola solo de los brazos y su cuerpo parecía el de una muñeca, fofo, inmóvil. Pero lo que más la aterrorizó fue la runa que brillaba en su frente pues era muy similar a la que llevaban los esclavos de la Archibruja sobre su pecho.

– ¡No! –Chilló por segunda vez cuando se fijó en que la magia de Lura también empezaba a apoderarse de sus ojos oscuros.

Kahli hizo un último esfuerzo para intentar liberarse de los poderosos brazos que continuaban arrastrándola hasta el fondo de la tienda, hacia una cortina oscura y tan pesada como sentía ella todo su cuerpo.

Alguien retiro la tela para que los tres pudieran pasar y la joven sintió como si entrara en un mundo sacado de sus propias pesadillas. Aunque todo estaba en penumbra se podían distinguir más muebles repletos de objetos extraños, frascos, líquidos de los que emanaba una magia muy poderosa, libros, pergaminos…. Aquel lugar no podía ser otro que el estudio de la Archibruja.

En el centro de aquel espacio y perfectamente iluminada desde arriba por el poder de una linterna mágica destacaba también lo que parecía ser una mesa….

No, eso no es una mesa”, pensó Kahli cuando se fijó más en los detalles.

Tenía forma ovalada y una infinidad de runas, que jamás había visto, alrededor del borde y justo en el centro. En ambos extremos podían verse sendas estatuas de arpías talladas en madera que hacían las veces de maestras de ceremonia con sus ojos de citrinos fijos en la pulida superficie.

–Quitadle la capa y dejadla sobre el altar –ordenó Lura desde algún rincón oscuro de la estancia mientras se escuchaba como trasteaba entre objetos de cristal.

La tela se rasgó cuando uno de los esclavos arrancó la prenda de los hombros a la joven, después la dejaron sobre la dura madera del altar de las Arpías. Entonces los sirvientes se retiraron a un rincón en penumbra. Kahli los siguió con la mirada porque había llamado su atención un tatuaje en el brazo del esclavo khum que destacaba en blanco sobre su piel broncínea. Ella ya había visto ese símbolo antes, una preciosa flor que solamente crecía en las tierras de donde eran oriundos los hombres que podían transformase en bestias.

–Mi señora –habló alguien al otro lado de la pesada cortina de la entrada al estudio de la de la Archibruja y Kahli reconoció tanto el acento como la voz del joven ayudante–, el Gran Brujo vendrá en cuanto le sea posible. Todavía se encuentra un poco… indispuesto.

– ¿Y cuánto tardará en recomponerse?

–Sus ayudantes me han asegurado que no más de media hora.

–Es lo que pensaba…

Todo quedó en silencio durante unos instantes. Kahli se dio cuenta de que en esa zona incluso los sonidos del exterior, del Ejército, estaban amortiguados, era como estar dentro de una burbuja.

–Mi señora, el General Gideon acaba de llegar –fue Raél volvió a romper el silencio–. Está esperando a la entrada de la tienda.

Kahli sintió como se le aceleraba el corazón. Quizás el General pudiera ayudarla.

–Hazlo pasar –ordenó la Archibruja.

Lura salió de su rincón oscuro. Sus ojos brillaban con su poderosa magia y se había quitada el pesado manto de plumas que llevaba. Su atuendo dejaba al descubierto sus hombros y su pronunciado escote de plumas realzaba sus pechos con elegancia. La elfa se irguió alzando la cabeza antes de salir del campo visual de Kahli y abandonar el estudio, acompañada por el tintineo de sus brillantes abalorios.

–General Gideon, bienvenido al campamento de la División de las Arpías –dijo la Archibruja con orgullo.

–Buenas noches, General Lura –respondió él en tono formal, frío y tan distante como siempre–. Espero que tengáis un buen motivo para haber cambiado los parámetros de nuestra misión.

–Si hubierais dedicado un poco más de tiempo a conocerme sabríais que nunca actúo a la ligera. Siempre tengo buenas razones para hacer lo que hago.

–Sorprendedme.

Kahli escuchó la voz de Gideon amortiguada por las pesadas cortinas o por la magia de aquel sitio, no sabría decirlo aunque realmente le daba igual. Estaba más preocupada por intentar escuchar sus palabras mientras se iba convenciendo a sí mima que él la ayudaría, la salvaría y la protegería de Lura porque el General ya había estado cuidando de ella desde que salieron de la sede de la Hermandad. No podía ser de otra manera, así que la joven se aferró a esa idea y aunque no podía moverse sí que pudo gritar:

– ¡General! –Chilló con toda la fuerza de sus pulmones– ¡Auxilio!

De repente la pesada cortina se apartó con brusquedad. La impresionante silueta de Gideon se recortaba contra la suave luz de las linternas mágicas que iluminaban la tienda de la Archibruja.

– ¡General! –Volvió a gritar Kahli mientras sentía cierto alivio.

Los ojos de Gideon se abrieron ligeramente por la sorpresa de ver a su joven ayudante sobre el altar de las Arpías. Después el General se giró hacia Lura con el semblante serio.

–Hablad –exigió.

–Si me seguís hasta…

–No.

La Archibruja se situó a los pies de Kahli. Gideon cruzó los brazos frente al pecho mientras aguardaba con impaciencia mal disimulada a que la elfa empezara a explicarse.

– ¡Ella me ha… me ha… envenenado! –Mintió Kahli.

El General clavó una mirada muy significativa en Lura.

– ¡Por favor! –Dijo ella simulando que estaba ofendida– ¿Acaso me tomáis por una vulgar brujilla que necesita de esas taticas tan ruines? Me decepcionáis.

–Vuestra fama os precede.

–Ya sabéis lo que dicen de la reputación… –Lura sonrió.

– ¡No estoy mintiendo! –Gritó de nuevo Kahli, estaba desesperada–. ¡No puedo moverme por lo que me ha hecho beber!

–Silencio –ordenó la Archibruja.

Kahli sintió como la runa en la frente se hacía más poderosa y la obligaba a obedecer. Entonces miró al General a los ojos, le suplicaba que le ayudara porque él era su última esperanza. Gideon sostuvo la mirada de su ayudante durante unos segundos antes de volverse de nuevo hacia la Archibruja.

–Explicadme de una vez por qué está Kahli aquí, en este estado cuando debería estar en la tienda de los Estrategas, bajo el cuidado de la División del Dragón Blanco –exigió él con un tono muy serio.

La joven ayudante estaba muerta de miedo y no pudo hacer nada más que limitarse a observar a los dos Generales.

–Creo que vuestros hombres os resolverían todas esas dudas mejor que yo. La niña estaba a su cargo ¿no es así? –Respondió la Archibruja encogiéndose de hombros.

–No me gusta lo que estáis insinuando –la voz de Gideon se hizo más grave y sus ojos se estrecharon.

–A mí tampoco me gusta que se me cuestione, pero las cosas no son siempre de nuestro agrado –replicó Lura sin perder esa media sonrisa que la hacía aún más atractiva de lo que ya era.

–Dejaros de rodeos y responded –ordenó el General alzando un poco la voz.

La Archibruja no parecía en absoluto intimidada por Gideon, ni por su presencia y mucho menos por sus órdenes.

–No os debo ninguna explicación –dijo ella al cabo de unos instantes mientras lo miraba directamente a los ojos, muy segura de sí misma–. No soy ninguno de vuestros subordinados para que me exijáis nada.

Él abrió la boca para replicar sin embargo no pudo.

–Pero –Lura levantó la mano para hacerlo callar– como sé que no vais a parar hasta que os responda y me preocupa el bien de la misión, estoy dispuesta a contaros lo que ha pasado –añadió con un tono condescendiente–. Vuestra ayudante decidió desertar precisamente esta noche. Por suerte, mis arpías la encontraron antes de que fuera demasiado tarde y la trajeron hasta aquí.

–Mis hombres la estaban vigilando…–se apresuró a replicar el General–. Y Kahli no actuaría así.

–Creéis conocerla bien…

–La conozco lo suficiente para saber que nunca desertaría del Ejército sin un buen motivo –afirmó él.

–Quizás sea ese el problema, vuestro interés en esta cría está nublando vuestro juicio y ya tenemos bastante con un demente entre nosotros ¿No creéis? –Lura le dedicó una sonrisa enigmática.

–No os preocupéis por mí. Nunca tontearía con mis subordinados; Aunque no podría decir lo mismo en vuestro caso –inclinó la cabeza hacia los dos esclavos de una manera muy significativa.

Lura rió tapándose la boca con una mano, como solían hacer las aristócratas.

–Cada uno tiene sus fetiches, pero los míos nunca han afectado a mis deberes –dijo son perder la sonrisa.

–Pues explicadme que otros motivos os han llevado a modificar así nuestros planes –volvió a pedir el General aunque en esta ocasión su tono intentaba ser más cordial y menos una orden–. No veo a Kahli en las mismas condiciones en las que la dejé hace tan solo una hora. No creo que pueda cumplir con la misión que le teníamos reservada para esta noche.

La joven ayudante movió los ojos para mirar a Gideon, estaba realmente sorprendida por la última frase. Kahli no se sentía cualificada para formar parte de ninguna misión y mucho menos de una que parecía ser tan importante como aquella, al menos que…

– ¡Qué observador! –Exclamó la Archibruja divertida y la joven hubiera dado un respingo si hubiera podido–. La niña se encuentra perfectamente.  Solo he acelerado las cosas y he usado una runa de control para que deje de hacer tonterías mientras tanto.

Kahli quería gritar. Ella solo estaba intentando escapar porque, como ya sabía desde que se tomó el elixir hechizado, sus mayores temores se estaban convirtiendo en realidad.

– ¿Qué le habéis hecho? –Preguntó Gideon impaciente.

–Lo que había que hacer: He sustituido el elixir represor por uno estimulante –dijo muy orgullosa de sí misma.

– ¡Qué! –Exclamó Gideon sorprendido – ¡Cómo os habéis atrevido a hacer algo así! Ese no era el plan.

–Es gracioso que alguien ajeno a la magia se atreva a cuestionar cómo preparo mis rituales cuando estoy cansada de hacer este tipo de conjuros. –Entonces Lura lanzó una fugar mirada a sus esclavos.

– Isrym nos dio unas órdenes muy concretas a los dos. Las mías eran cuidar de Kahli y mantenerla vigilada en la tienda de los estrategas hasta que llegara la hora del ritual; las vuestras se limitaban a llevar hasta allí todos los potingues del conjuro. Nada más.

–No todos los potingues… –replicó ella sonriendo.

–No os preocupéis por ese detalle… –dijo él un tanto molesto–. Deberíamos estar en la tienda de los estrategas para el ritual.

–En este caso el lugar es irrelevante. Porque lo importante para esta ceremonia es el tiempo, y por mucho que le cueste a vuestra cabeza cuadriculada entenderlo, he hecho lo que había que hacer para conseguir ese valioso ingrediente. Podremos proseguir con nuestro plan en cuanto Isrym nos honre con su presencia.

–Espero que sepáis lo que estáis haciendo porque si Kahli no resulta útil para la misión vamos a tener muchos problemas –advirtió él–. Y seréis las primera perjudicada.

–No os preocupéis tanto. La niña servirá y yo lo tengo todo bajo control.

Gideon no dijo más y Kahli supo entonces que él también estaba al corriente de su secreto y por cómo se había desarrollado la conversación el Gran Brujo también lo sabía. Ahora entendía porque la habían estado tratando de una manera tan distinta a los otros ayudantes; por qué siempre había alguien a su lado y porqué se había convertido en la ayudante del mismísimo General Gideon.

Kahli cerró los ojos y dos lágrimas se escaparon de sus ojos. No quería saber nada más y así se rindió ante la magia de la Archibruja que había estado intentando apoderarse de su conciencia desde el principio. Ya no importaba nada. Dedicó un último pensamiento a su hermana Agatha y perdió el conocimiento.

 

*              *              *

 

Kahli no sabía cuánto tiempo había pasado hasta que empezó a escuchar de nuevo voces. No entendía lo que decían, pero poco le importaba. Seguía hecha un ovillo en su interior y su estado no tenía nada que ver con el poder de la runa que tenía en la frente. Se sentía demasiado cansada, demasiado desanimada para seguir luchando contra ese algo que no podía detener porque iba haciéndose cada vez más real en su interior; ese algo que le hacía compañía en su escondite y que no paraba de empujar para salir, para enfrentarse al mundo; ese algo no se había rendido….

–Despierta –le ordenó alguien desde la realidad.

Kahli abrió los ojos muy despacio. Al principio lo vio todo borroso, como si continuara percibiendo el mundo desde el interior de la burbuja donde se había escondido. Parpadeó unas cuantas veces hasta que todo empezó a enfocarse y volvió al mundo real del que deseaba huir. Entonces se dio cuenta de que el hechizo de Lura ya no la tenía tan inmovilizada como antes. No sabía si la runa había perdido efectividad o si había sido la Archibruja quien la había liberado, un poco. Kahli apostaba por la segunda opción, Lura nunca dejaba las cosas al azar y si ella podía mover los dedos de las manos y la cabeza era porque la elfa así lo quería.

La joven percibió que había mucho ajetreo en el estudio. Ella continuaba sobre el altar mientras a su alrededor había gente que iba y venía, se escuchaban órdenes, el sonido del cristal y metal y… un hombre que se inclinó ligeramente sobre ella hasta ocupar todo su campo de visión.

–Despierta de una vez, niña –repitió y entonces Kahli reconoció la voz.

Él era quien la había llamado desde el mundo real la primera vez. Cuando la joven se fijó más en el aspecto de aquel hombre se dio cuenta de que no era tan mayor como le había parecido en un principio. Se podía decir que tendría una edad similar a la de Gideon aunque no había muchas más similitudes entre ellos dos.

El hombre que continuaba inclinado ligeramente sobre ella tenía la piel muy pálida y el cabello oscuro que parecía una nube esponjosa flotando alrededor de su cabeza. Podría haber sido muy atractivo si no fuera por sus ojos extraños, completamente negros con el iris dorado. De ellos emanaba un poder indescriptible, mucho más impresionante y sobrecogedor que el que podía sentirse al lado de la Archibruja.

El hombre la observaba con intensidad, como si estuviera buscando algo que solamente él podría ver o encontrar.

–Eres tan poco cosa… –murmuró levantando ligeramente una de las comisuras de sus labios–. Pero no seré yo quien se dejé engañar por las apariencias…

Él sonrió con una mueca inquietante, inhumana. Kahli tuvo miedo de aquella expresión y quiso volver a esconderse en su interior, en su burbuja, para siempre.

–Sé que estás ahí… –Dijo con un tono cantarín, casi burlón.

–Estoy preparado, Isrym.

La joven reconoció la voz del General y sintió el aguijón de la decepción clavándose en su corazón. Nada ni nadie podrían salvarla de lo que iba a ocurrir.

El hombre se irguió al mismo tiempo que giraba la cabeza hacia un lado y sonreía con esa expresión inquietante.

–Acercaos –dijo.

Gideon obedeció.

A pesar de la precaria situación en la que Kahli se encontraba no pudo evitar sorprenderse al ver como el General se acercaba un poco hasta al altar con una expresión grave que ella nunca le había visto en la cara. Él iba desnudo de cintura para arriba, pero no se parecía en nada a cómo la joven ayudante se lo había imaginado.

El cuerpo de Gideon era fuerte, con la musculatura propia de un guerrero o de una de las hermosas estatuas de héroes que adornaban la gran mayoría de los jardines de la sede de la Hermandad. Su aspecto rivalizaba también con los esclavos de Lura, pero estos detalles no eran ni mucho menos lo más sorprendente: todo el cuerpo del General estaba cubierto de runas negras.

El Gran Brujo observó tranquilamente a Gideon, lo cogió de los hombros y lo movió como si fuera un muñeco hasta situarlo delante de él, más cerca de Kahli.

Ella se fijó entonces en la infinidad de símbolos que alguien había dejado sobre su piel. Los había de muchas clases y tamaños; de magia antigua y magia moderna; de trazos finos, elegantes, gruesos, toscos… Todos ellos estaban unidos entre sí, relacionados de alguna manera para que los hechizos que representaban pudieran funcionar en armonía. En conjunto, las runas parecían una compleja tela de araña que envolvía todo el cuerpo del General salvo su rostro.

Isrym dio un par de vueltas alrededor de Gideon, examinado con sus extraños ojos todos aquellos símbolos. A veces extendía la mano para tocar alguna runa y el General apretaba los dientes intentando parecer ajeno al dolor que sentía en ese instante.

–Esto solo puede ser obra un loco, un demente –murmuraba el Gran Brujo– ¿En qué pensabas? ¿Creías que no podría entenderlo? ¿Qué soy un estúpido?

Kahli se fijó en Isrym, vestido con sus exóticos y coloridos ropajes parecía más alguien que había perdido el juicio que el Gran Brujo de la Hermandad; tenía una mirada enfermiza clavada en los símbolos que recorrían el hombro izquierdo del guerrero, no había dejado de hablar para sí mismo y poco le importaba lo que los demás pudieran pensar de él.

–Quieres engañarme con estos garabatos, malnacido. No, no voy a caer en tus trampas para principiantes… Te he estudiado durante demasiado tiempo y sé lo que tengo que buscar.

El dedo del Gran Brujo seguía un grupo de símbolos hacia el pecho del guerrero.

–Apartar la paja…

Gideon apretó la mandíbula y se escucharon sus dientes rechinar, aun así continuó erguido, mirando al frente y sin dejar escapar más muestras de su sufrimiento que un leve temblor de sus puños cerrados.

–Obviar el grano…

La mano derecha de Isrym empezó a brillar con un resplandor dorado, el color de una magia poderosa que muy pocos podían alcanzar.

–Hasta encontrar la aguja.

Sus dedos se detuvieron justo sobre el corazón del General, sobre un grupo de runas de trazos gruesos y entrelazados. Kahli se preguntaba cómo el Gran Brujo era capaz de entender ese galimatías de dibujos sobre la piel de Gideon.

–Ya podemos empezar –anunció Isrym con una sonrisa exagerada que mostraba unos dientes demasiado blancos.

–Como ordenéis –respondió Lura.

Kahli giró la cabeza hacia el lado contrario sintiendo como el terror ante lo que iba a ocurrir se iba apoderando de ella mientras que ese algo en su interior seguí empujando. Allí estaba la Archibruja de pie. Unos pasos por detrás se encontraban sus esclavos. El hombre khum sostenía una caja plateada con filigranas, al lado también se encontraba el ayudante Ráel.

Lura se inclinó hacia Kahli y comenzó a desabrocharle el cuello del vestido. Sin muchos reparos rasgó la tela cuando le impidió llegar precisamente a la zona que quería.

– ¡No! –Gritó la joven al sentir como sus hombros quedaban al descubierto y poco podía hacer para volver a cubrirse pues no había recuperado el control total de su cuerpo.

– ¡Silencio! –Replicó la Archibruja poniéndole una de sus garras plateadas sobre los labios–. No me obligues a volver a usar la runa de control.

Kahli tragó saliva despacio, aterroriza y no se atrevió a decir nada más.

La Archibruja se quitó entonces sus guantes de garras metálicas. Después situó sus manos sobre el esternón de la joven y cerró los ojos. Empezó a mover los labios muy deprisa, pronunciando las palabras de algún hechizo complicado. Kahli sintió un intenso hormiguero justo donde estaban las manos de Lura, después un agradable calor se extendió desde allí.

–Vamos a hacer historia –dijo Isrym.

Kahli se fijó entonces en lo que ocurría al otro lado del altar en el que estaba tumbada.

Gideon asintió en silencio. El Gran Brujo tenía sus manos sobre el pecho del guerrero y sin decir una palabra más la magia dorada empezó a brillar en sus extraños ojos; ese poder se extendió como si fueran rayos sobre su piel pálida. Primero cubrió parte de su cara, corrió por su cuello hasta esconderse bajo su colorido atuendo y volvió a reaparecer en sus antebrazos para seguir avanzando hacia sus manos. Cuando la magia alcanzó sus dedos se formó una gran esfera de luz que se tragó por completo la oscuridad que los rodeaba.

El General permaneció erguido con los puños apretados. Su expresión denotaba un gran sufrimiento, pero tal era su determinación que se mantuvo en pie con la mirada fija en algún punto fuera del campo visual de Kahli.

La magia del Brujo palpitaba a través de los surcos dorados que recorrían su cara, su cuello y sus manos y la luz iba aumentando de intensidad. Era tan poderosa que incluso podía escucharse su presencia, como si una multitud de rayos eléctricos estuvieran gritando.

El Brujo retiró lentamente las manos de la piel del guerrero y un grupo de runas se separaron del cuerpo del General dejando unas horribles marcas en su torso. Los símbolos se quedaron flotando en el aire durante unos instantes hasta que Isrym los atrapó en su mano con rapidez. Seguidamente apretó el puño y en unos instantes un líquido negro comenzó a gotear entre sus dedos. Se apresuró a recogerlo en un pequeño vial.

Gideon dejó escapar un largo suspiro de alivio a la vez que se sentaba en una silla apartada, cerca de las pesadas cortinas oscuras. El guerrero respiraba con dificultad y se había llevado la mano al pecho, a la zona donde antes habían estado esas runas. Parecía confundido, con la mirada perdida en el vacío.

La Archibruja pasó por delante del General sin mirarlo. Estaba más centrada en abrir la caja que su esclavo khum le tendía. De allí sacó un frasco de cristal con una sustancia roja, vibrante que no paraba de moverse y una pluma con la punta dorada que sumergió en el líquido mágico.

–Ni se te ocurra moverte –advirtió.

Kahli tenía mucho miedo, aun así se esforzó por intentar moverse. Después de mucho esfuerzo consiguió levantar la mano izquierda y golpear la pluma que sostenía Lura. El objeto salió volando al otro lado de la estancia y cayó a los pies de Gideon con un sonido metálico. La joven sabía que no iba a poder detenerlos, pero por lo menos les demostraría su rebeldía, aunque solo fuera por última vez.

– ¡Maldita mocosa! –Gritó la Archibruja.

La reacción de Lura no se hizo esperar. Extendió una mano hacia la frente de Kahli y presionó con fuerza el mismo punto donde la runa de control seguía estando presente. La joven sintió como perdía el control de su cuerpo primero y como el conjuro se iba apoderando de su conciencia, otra vez.

Kahli dejó de sentir en ese momento para convertirse en una espectadora de lo que iban a hacer con ella. La realidad empezó a desvanecerse también y apenas notó un ligero pinchazo en el pecho cuando Lura empezó a dibujar sobre su piel con la pluma que su esclavo humano le había entregado de nuevo.

Con cada nuevo trazo Kahli percibía como más hilos se iban rompiendo en su interior, como si las costuras de un viejo vestido estuvieran abriéndose porque eran demasiado pequeñas para el nuevo cuerpo que crecía sin cesar.

La punta dorada de la pluma se deslizaba sobre la piel de la joven a toda velocidad creando un símbolo que iba creciendo tanto en complejidad como de tamaño conforme pasaban los minutos.

Kahli supo que moriría en el mismo instante en que sintió como el último hilo de su interior se rompía para siempre. Entonces escuchó un rugido contenido durante dieciséis años y como ese algo en su interior, ese monstruo al que temía y odiaba por igual, emergía en el mismo instante en que la Archibruja terminaba el último trazo de su runa morada.

El cuerpo de Kahli se tensó.

El Gran Brujo se acercó al altar y puso ambas manos sobre las runas que había en el borde.

– ¿Hacéis los honores? –Preguntó con una pícara sonrisa dirigida a la elfa.

Ella sonrió halagada, ocupó su puesto al otro lado de la joven y situó sus manos también sobre las runas talladas en la madera. Entonces ambos brujos empezaron a recitar las palabras del conjuro. Los símbolos del altar se iluminaron canalizando todo el poder de Isrym y Lura hacia el cuerpo de Kahli.

La magia se hizo palpable por unos instantes. Era tan poderosa que había creado una corriente de viento en el interior de aquella sala de paredes de telas oscuras.

–Ha llegado el momento de darle la sangre –dijo Lura sin poder disimular su excitación.

Isrym sacó de uno de sus bolsillos el frasco donde había recogido la sustancia negra en la que se habían licuado las runas del General. Por unos instantes contempló su contenido con una sonrisa de satisfacción.

–Esta noche voy a vencerte, por fin –dijo.

Isrym levantó ligeramente la cabeza de Kahli y apoyó el frasco en sus labios. Ella quiso resistirse, pero su conciencia ya estaba muy lejos de su propio cuerpo. El brujo vació todo el contenido en su boca.

Kahli tragó el líquido para no ahogarse, al principio con mucho asco y luego con avidez. El sabor no era metálico sino dulce y cuanto más bebía más deseaba.

–Su sangre te llevará hasta él, hasta nuestro fundador, hasta el traidor, aquel de los mil nombres –ordenó el Gran Brujo.

Isrym le sujetó la cabeza con fuerza y la miró a unos ojos que ya habían dejado de ser humanos.

–Encuéntralo para nosotros –repitió– y mátalo ahora que es débil como un niño.

Con esas últimas palabras apareció otra runa en el pecho de la joven, en este caso era dorada y se entrelazó con la roja que ya había dibujado la Archibruja.

Entonces hubo una explosión de luz en el pecho de Kahli y todos se apartaron de golpe, todos menos Lura. La Archibruja extendió rápidamente la mano para tocar el símbolo que todavía palpitaba en la frente de la chica y susurró las palabras de otro hechizo.

El cuerpecillo de la joven ayudante se transformaba sacudido por incontables espasmos. Sus orejas dejaron de parecer humanas para estirarse con una forma completamente desconocida para los allí presentes. Las manos se deformaron en garras mucho más mortíferas que la de las propias arpías. El pelo perdió su oscuridad para brillar con un blanco muy luminoso y en lo alto de la cabeza aparecieron unos cuernos retorcidos hacia atrás que parecían de bronce. La piel entonces también se volvió de un blanco iridiscente y se cubrió de brillantes escamas.

A estas alturas el maltrecho vestido de Kahli estaba hecho girones sobre su nuevo cuerpo pero a ella ya no le importaba. De un salto se puso en pie sobre el altar, observando a los que allí estaban con unos ojos alargados y de pupilas verticales. Tenían un tono rojo muy intenso. Su rostro también se había deformado un poco, volviéndose más afilados y agresivos sus rasgos. Una larga cola rematada por un peligroso aguijón se movía a su espalda. Y cómo último estadio de transformación se desplegaron unas impresionantes alas membranosas, blancas y tan brillantes como su cabello.

El viento que hasta entonces había convertido el interior de la tienda en un desastre se detuvo. Kahli terminó su metamorfosis y sintió como se desvanecía para siempre. Había dejado de ser ella para convertirse en un monstruo al que ya no podía controlar. Ahora empezaba su vida como la herramienta de la Hermandad de los Dragones.

– ¡Mátalo, Drakolía! – Ordenó nuevamente Isrym.

La criatura respondió con un gruñido y salió de la tienda con rapidez. Las arpías en el exterior empezaron a gritar nerviosas ante su presencia. La Drakolía las miró por unos instantes y soltó un poderoso rugido que las hizo enmudecer a todas sin excepción. Después levantó la cabeza y la movió como si estuviera buscando algo en el aire. Sus extraños ojos se clavaron en el castillo que estaba a su izquierda.

Con un nuevo gruñido la Drakolía desplegó sus alas y echó a volar hacia su presa.

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