LA HERMANDAD DE LOS DRAGONES CAPÍTULO 9: ASH

MAR HERNÁNDEZ Y JOSÉ FERREIRA LIJÓ

CAPÍTULO 9: ASH

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Ash había cruzado al otro lado del muro sin preocuparse por los gritos de Theo. Él no tenía miedo. Los recuerdos de aquel lugar todavía estaban frescos en su mente a pesar de que habían pasado muchísimos años desde la última vez que estuvo allí. Sonrió un tanto nostálgico y continuó caminando. El corredor en el que se encontraba le condujo hasta una enorme caverna en las entrañas de la meseta donde se asentaba su precioso castillo.

El lugar era tan enorme que hubiera necesitado echar mano de un par de complejos hechizos para poder iluminarlo todo en condiciones. Se encogió de hombros, tampoco hacía falta. Él conocía el camino y su esfera de luz alumbraba lo suficiente para avanzar a buen ritmo. No había de qué preocuparse.

Ash sintió que se reencontraba con un viejo amigo cuando llegó al puente de piedra que cruzaba de lado a lado la gigantesca cueva. Deslizó los dedos sobre los grabados en la roca de sus muros, algunos se habían borrado por el paso del tiempo. Frunció el ceño, no esperaba encontrarlo todo tan estropeado. Se prometió a sí mismo que también restauraría aquella parte de su castillo, si es que alguna vez podría regresar.

-¡Ash!

Theo seguía gritando desde el pasillo que estaba a su espalda.

-¿Qué te pasa ahora? –Preguntó con tono condescendiente sin dejar de caminar – ¿Has visto otra rata?

El mago ya se encontraba en mitad del puente y no prestaba demasiada atención al chico. Estaba más interesado en asomarse por el borde del muro para mirar hacia abajo: La oscuridad tenía una infinidad de ojillos amarillos clavados en él. Sonrió. Ahora también se acordaba de aquellos bichejos, no sabría decir cuántas veces se habían colado en el castillo y habían causado demasiados problemas. Menos mal que lord Hynton lo convenció para cerrar aquella zona porque esas criaturas eran de verdad exasperantes.

-¡Ash, no des un paso más!

Theo salió del pasillo corriendo; la luz que siempre lo acompañaba se extendió por la inmensidad de la caverna aunque no consiguió iluminar sus rincones más oscuros. El joven se detuvo con expresión sorprendida.

-¿Dónde estamos?

-En la antigua ruta de aprovisionamiento del castillo –explicó el mago con cierta melancolía-. Recuerdo que cuando vine a vivir aquí lord Hynton me dijo que no era muy seguro seguir usándola. Creo que estuvo pidiéndome permiso para levantar ese muro –señaló hacia el corredor por el que habían llegado hasta allí- durante varios años… ¿o fueron décadas? –frunció el entrecejo, forzándose a recordar.

-Eso ahora da igual –lo interrumpió Theo, nervioso de nuevo-. He leído algo en el Libro de las Profecías…

-No tienes de qué preocuparte. Estamos perfectamente a salvo y de aquí al laberinto hay solo un paseo.

-Me encantaría que tuvieras razón –replicó el joven abriendo su libro por donde estaba la cinta roja-,  pero he visto algo acerca de…

Theo se quedó sin habla, en su rostro había una expresión de horror y tenía los ojos clavados en un punto sobre el nombro de Ash.

-…Drakolía… -Murmuró aterrorizado.

-¿Qué?

El mago se giró a toda velocidad en ese momento y solo pudo exclamar:

-¡Por todos los demonios!

Una criatura alada se abalanzó contra él desde las sombras. Los dos rodaron por el suelo y empezaron a forcejear.

Ash intentaba defenderse de los ataques de las garras y los colmillos de aquel monstruo de escamas blancas iridiscentes.

-Eso es una… Drakolía –escuchó murmurar a Theo al principio del puente todavía.

Ash no tenía ni idea de lo que el joven estaba hablando, tampoco podía concentrarse en otra cosas que no fuera ese maldito bicho. Aunque era bastante más pequeño que él poseía una fuerza increíble. El mago ya había recibido un par de golpes en la mandíbula que lo habían dejado un poco aturdido, así que muy a su pesar tuvo que echar mano de sus conjuros para defenderse.

El primer hechizo fue un fogonazo frente a los ojos rojos de la Drakolía. La criatura quedó aturdida durante unos segundos y rugió con la fuerza de todos sus pulmones.

Ash reparó entonces en la runa morada que brillaba en su frente, entre sus cabellos enmarañados; también se fijó en los harapos que cubrían ese cuerpo fuerte y flexible tras el cual destacaba una cola con un peligroso aguijón que ahora mismo se movía de una forma muy amenazante.

-¡Ahhh!

Theo se abalanzó sobre la criatura desde atrás. La Drakolía se giró en el último momento y el arma del joven le hizo un corte en el costado izquierdo, destrozando aún más los restos de su vestimenta. La criatura aulló de dolor y atacó con su poderosa cola. Theo recibió el golpe en el estómago que le hizo caer de rodillas en el suelo.

-¿Está bien, Theo? –Gritó el mago.

– ¡Estoy… estoy bien! – respondió él con la voz entrecortada a la vez que se sujetaba el abdomen.

Ash apenas había podido ayudar al chico. Se sentía cada vez más cansado, demasiado torpe para poder salir victorioso del enfrentamiento con aquella criatura. Tenía que pensar en algo… pero no había tiempo, la Drakolía ya se había vuelto hacia él y estaba preparándose para atacarle. Podía verlo en sus ojos rojos, inexpresivos y clavados en él, en su presa.

El mago dio unos cuantos pasos atrás para alejar a la criatura de Theo. También necesitaba tiempo para reunir la fuerza necesaria para el conjuro que estaba creando en su mano izquierda, oculta a su espalda.

– Theo, pase lo que pase… sigue por el camino con baldosas. Te llevará hasta lord Velam –ordenó Ash-. Él te sacará de aquí.

-¡Qué vas a hacer!

En ese instante el mago alzó el brazo izquierdo. La Drakolía se abalanzó contra él, le clavó las garras a ambos lados del cuerpo. Ash puso la mano izquierda envuelta en un hechizo rojo sobre la frente de la criatura, sobre la runa que brillaba con una magia violeta muy peligrosa.

La Drakolía tiró de su presa y clavó sus colmillos en el cuello del mago.

-¡Ash! –gritó Theo, aun en el suelo.

El mago no le escuchó, ni sintió los dientes atravesar la carne ni como su sangre negra se derramaba en la boca de la criatura.

-Solo un poco más…

Se dijo a sí mismo. Usó sus últimas fuerzas para cerrar el puño sobre la frente de la Drakolía y atrapar la poderosa runa morada entre sus dedos. Sintió una fuerte descarga eléctrica que le paralizó el cuerpo mientras las piernas se le doblaban y caía hacia atrás, por el borde del puente.

Entre los brazos de la Drakolía Ash se precipitó hacia la oscuridad con mil ojos amarillos expectantes.

-¡Ashhhhhhh!

 

 

*              *              *

 

 

 

Ash se sentía tan débil… No quería despertarse, estaba justo en ese lugar que hay entre la consciencia y el sueño; ese limbo maravilloso donde la mente se expande a sus anchas.

Sí, el espectáculo de los golems, luchar contra las Dreidres, el pelo de Theo y el numerito de tirar el muro abajo le había salido demasiado caro. Ser el héroe siempre lo era. Pero él no era ningún héroe, era un simple mago que solo quería vivir tranquilo en su torre y dedicarse a sus experimentos. Pero no, el mundo no podía dejarlo en paz. La Hermandad no había tenido suficiente con destrozar su castillo, después de lo que le había costado encontrar uno que le gustara. No, encima, esas despreciables lagartijas habían osado mandar a un monstruo para arrancarle la cabeza. ¡Cómo si él no mereciera una muerte más digna!, y con más público.

Era el gran mago Ashton Graykon, para acabar con él haría falta algo más que un lagarto albino con trastornos mentales.

Ash estaba indignado y no dejaba de dar vueltas al tema; cuanto más pensaba, más se enfurecía y se lamentaba de su debilidad. No paraba de repetirse una y otra vez que si hubiera estado en perfectas condiciones habría acabado con el Ejército de las lagartijas con un simple chasquido de dedos. Su castillo seguiría en pie, nadie le habría atacado y Theo continuaría siendo igual de insistente con el asunto de ir a ver a su abuela.

Úrsula. Cuándo podría olvidar para siempre a aquella mujer. No quería verla, no. De ninguna de las maneras. La última vez que se encontraron hacía ya ¿diez? ¿Quince años? Daba igual, ella consiguió hacerlo bailar a su gusto y después, cuando el mago no le interesó para nada más, le dio con la puerta en las narices.

¡Típico de Úrsula!

Ash se incorporó con los puños apretados. Los recuerdos del pasado lo devolvieron al presente. Había estado divagando a sus anchas durante un buen rato, pero aún se sentía débil y con el cuerpo tan dolorido como si se lo hubiera llevado por delante una estampida de orcos.

Se frotó la cara con una mano para intentar despejarse. El recuerdo de Úrsula se desvanecía despacio, ella se encontraba muy lejos y él no estaba dispuesto a dejarse manipular tan fácilmente, aunque le hubiera dicho a Theo que irían a verla. El mago ya tenía sus propios planes que llevaría a cabo en cuanto saliera del lugar en el que se encontraba.

La verdad es que Ash estaba bastante cómodo en la oscuridad y estuvo tentando de volver a tumbarse de nuevo, su cuerpo le pedía a gritos un merecido descanso. Solo un ratito más. Theo no tardaría en encontrar a lord Velam… ¿Por qué no dejaba de pensar en él? El chico solo tenía que seguir el maldito camino de baldosas y… ¿A quién quería engañar? Algo le decía en su interior que Theo no le había hecho ni caso porque eran tan condenadamente testarudo como su abuela. Ash no podía quitarse de la cabeza la idea de que el chico estaría al borde de un ataque de nervios, o de corazón, o de ambos.

El mago dejó escapar un largo suspiro de frustración. La situación ya era bastante complicada sin tener que añadir a Theo a la ecuación. De alguna manera, la conciencia de Ash se negaba a ignorar al muchacho y estaba mucho más preocupado por él de lo que quería admitirse a sí mismo.

-Está bien –se dijo-. ¿Qué haría si fuera Theo y hubiera visto al gran mago que admiro caer desde un puente de piedra? –Se preguntó dándose unos golpecitos en el labio con un dedo antes de continuar hablando-. Debería haber obedecido, pero como soy muy testarudo no lo haré; consultaré mi ridículo Libro de las Profecías y entenderé lo que me dé la gana. La excusa perfecta para ir a buscar al mago.

Ash asintió orgulloso de su deducción. Ahora solo le faltaba saber dónde se encontraba realmente porque él tampoco tenía mucha idea.

-Mi descanso va a tener que esperar unas cuantas horas –murmuró resignado-. ¡Lux! –Ordenó después y una esfera amarillenta se formó en la palma de su mano.

El resplandor del hechizo se abrió paso a través de la oscuridad y mostró al mago una montaña de pequeños cadáveres justo en frente.

– ¿Qué demonios ha pasado? –Preguntó sorprendido.

Entonces se dio cuenta de que sobre sus piernas había un cuerpo. Enseguida reconoció los oscuros harapos que llevaba y se puso en pie casi de un salto. Se apartó unos cuantos pasos, por seguridad. Todavía tenía en sus pensamientos el horrible recuerdo del ataque en el puente. Estaba seguro de que aquella criatura en el suelo le saltaría encima de un momento a otro.

Dio unos cuantos pasos más hacia atrás y se llevó la mano al cuello, donde el monstruo le clavó los dientes. Esperaba encontrarse con una herida, sangre y dolor, pero se sorprendió al haberse equivocado. Alguien le había puesto una cataplasma de un fuerte olor a hierbas y le había vendando con esmero el cuello.

Entonces miró con renovado interés el cuerpo que yacía en el suelo, bocabajo.

-Primero quieres matarme y luego me salvas la vida…

Las alas habían desaparecido en la espalda de la criatura y en su lugar había dos grandes aberturas en la tela. El cabello blanco estaba enmarañado, sucio y dejaba ver dos pequeños cuernos que eran un triste recuerdo de la osamenta que él recordaba haber visto. La cola también seguía en la base de la espalda, pero era mucho más delgada y el aguijón también era mucho más pequeño.

-Theo te llamó Drakolía, pero no tengo ni idea de lo que eso significa –murmuró Ash mientras cruzaba los brazos delante del pecho y ladeaba la cabeza-. Pero me recuerdas mucho a algo…

Continuó observando como las manos de la criatura habían dejado de ser unas mortíferas garras y se parecían un poco más a las manos de una mujer de piel pálida. Entre sus dedos sujetaba un papel arrugado y una tiza de las muchas que había usado para dibujar un peculiar círculo mágico de protección. Ash se agachó para examinar los trazos toscos del dibujo y se dio cuenta de que había más hojitas de papel por el suelo. Cogió la más cercana, con cuatro runas de protección en el centro y un montón de apuntes debajo que explicaban el orden de los trazos, para qué servía cada una y como se pronunciaban los símbolos.

-Magia de la Hermandad de los Dragones…

El mago examinó un par de papeles más, todos parecían los desordenados apuntes de una estudiante. Luego miró el círculo en el suelo y se dio cuenta de que la Drakolía había dibujado todos aquellos símbolos juntos para protegerlos a ambos de los bichejos, aunque algunas de las runas nunca funcionarían en una composición tan desastrosa como aquella.

-Curioso…

Murmuró Ash con todos los papeles en la mano, observando el círculo mágico y el montón de cuerpos calcinados que había a un lado. El mago soltó las hojas y se arrodillo junto al cuerpo. Despacio le dio la vuelta. Se sorprendió al no encontrarse con el afilado rostro de la Drakolía sino con una chica de la misma edad que Theo.

-Oye, niña.

Ella no dio señales de vida. Ash le buscó el pulso en el cuello, era bastante débil. Se fijó en que su destrozado vestido parecía algún tipo de uniforme al que le habían rasgado la parte superior. Su esternón quedaba bastante a la vista, pero lo que destacaba sobre la piel era una complicada runa. El mago se fijó en los trazos, las formas y los colores. No era magia antigua ni magia de la Hermandad; era completamente distinta y sin embargo a él le resultaba muy familiar… ¿Dónde había visto él antes algo parecido?

De repente Ash percibió un movimiento por el rabillo del ojo. Se giró hacia ese punto con rapidez y empezó a ver como diferentes pares de ojos amarillos empezaban a observarle desde la oscuridad. Se había olvidado por completo de los bichitos que había allí abajo.

Sí, los recordaba: eran erzats. Desde hacía muchos años el mago creía que la solución de Lord Hyton de cerrar ese camino los empujaría a la extinción. ¡Qué poco conocía a esos bichejos! Habían conseguido sobrevivir allí abajo durante mucho tiempo, se habían multiplicado y no desaprovecharían la oportunidad de hincarle el diente a cualquiera de ellos dos.

La débil luz que el mago tenía sobre su cabeza mantendría a esas criaturas a raya durante poco tiempo y después, los más valientes se lanzarían al ataque seguidos del resto.

Uno, dos o incluso tres erzats no representaban un peligro muy grande. Eran como perros de tamaño medio y bastante débiles si atacaban en solitario. El problema era que siempre lo hacían en manada.

Ash no tenía tiempo que perder así que se apresuró en registrar todos y cada uno de los bolsillos y bolsas de tela que la chica tenía en su cinturón: Encontró ingredientes que parecían simples tizas de colores a ojos de cualquiera que no supiera nada de magia; también había papel, grafito y unas cuantas cartas. Ash las hojeó por encima. El nombre de Agatha aparecía unas cuantas veces y se preguntó si así es cómo se llamaría la joven. Ya lo averiguaría después, si es que conseguían salir con vida de allí. Se guardó los papeles en el bolsillo interno de su chaleco junto a las cartas de Úrsula.

En una de las bolsas también encontró algunas medicinas básicas, vendas, hierbas curativas y ungüentos. Era un inventario bastante decente para una maga, si es que realmente era una, pero Ash no estaba muy seguro después del ridículo círculo de protección que la chica había creado.

Los erzats en la oscuridad cada vez estaban más nerviosos. Habían empezado a emitir chillidos, como si se estuvieran llamando al resto de la manada para acudir a un gran banquete.

Ash no estaba dispuesto a convertirse en comida para ningún bicho. Se concentró un poco en su mano izquierda y recitó unas palabras para crear otra esfera luminosa más poderosa que lo iluminó todo mucho mejor.

El mago enseguida se arrepintió de su hechizo porque el corazón se aceleró y empezó a faltarle el aire en los pulmones. Se inclinó un poco hacia delante, para tranquilizarse y respirar profundamente un par de veces. Odiaba sentirse así de débil.

Los bichos retrocedieron bastante, la claridad los había asustado aunque no sería por mucho tiempo.

Cuando Ash recuperó un poco el aliento volvió a erguirse y observó su entorno. Se encontraba sobre una plataforma de roca alargada, de unos diez pasos de ancho y un poco más de largo. Desde allí no podía ir a ninguna parte porque no había aberturas en las dos paredes de la caverna a donde se sujetaba el pedazo de piedra donde se encontraba. Entonces se acercó a uno de los bordes y miró hacia abajo. El abismo se prolongaba hacia la oscuridad. ¿Hasta dónde llegaría? Se preguntó con su acostumbrada curiosidad. Algún día tendría que investigarlo, pero aquel no era el momento.

Miró hacia arriba. Estaba vez sí que reconoció un poco lo que la luz de sus hechizos le estaba mostrando. Había unos cuatro puentes tallados que cruzaban la cueva de lado a lado. Por el que él había caído se encontraba arriba del todo y apenas era una silueta oscura. Era imposible llegar allí así que debería conformarse con alcanzar el puente que estaba sobre su cabeza, después no le costaría demasiado encontrar a Theo, o eso esperaba.

La esfera luminosa de mayor tamaño empezó a perder intensidad. Despacio la oscuridad invadió los rincones de la cueva y se volvieron a escuchar los chillidos de las criaturas que tenían sus ojillos fijos en el premio de esa noche.

A pesar de todo Ash seguía tranquilo. Había estado en situaciones peores y había salido vivito y coleando ¿no? Pues se negaba a morir devorado por una panda de perros sarnosos que escalaban rocas.

-¡Habrá que improvisar! –Dijo con una sonrisa ladeada.

Primero se encargó de coger a la chica por debajo de los brazos y la arrastró por el suelo hasta la esquina que formaba las paredes de la cueva con el saliente en el que se encontraban. De esta manera tendrían la espalda protegida de cualquier ataque sorpresa.

Entonces se dio cuenta del rastro de sangre que había dejado el cuerpo de la joven al moverlo. ¡Cómo no había recordado que Theo la hirió cuando era el monstruo alado que quería matarlo! Ahora entendía porque su pulso era tan débil.

La situación se iba complicando por segundos. Quería atender a la joven, no podía dejarla morir; no después de que su aspecto le trajera tantos recuerdos del pasado. Necesitaba saber más y su curiosidad siempre había sido mucho más fuerte que su sentido común. Sin embargo no podía curarla mientras los bichos continuaran avanzando hacia ellos con las intenciones de atacar de un momento a otro.

Lo más difícil de todo para Ash era prescindir de su magia. Odiaba volver a usar métodos rudimentarios, pero no tenía otra opción si quería salir con vida de allí. Así que se apresuró a coger dos tizas de inventario de la joven. A simple vista parecían los colores que podría usar cualquier niño pero en realidad eran dos ingredientes básicos para realizar hechizos muy sencillos.

El mago  trazó un cuadrado rojo en el suelo. Se aseguró de que era lo bastante grande para poder moverse con cierta libertad en su interior. Después dibujó dos rectángulos tan altos como él en los muros de roca cercanos y que conectaban directamente con dos de los lados de la figura en el suelo.

Los trazos eran rojos, gruesos y no tan rectos como a Ash le hubiera gustado. No había tiempo de ser quisquilloso y continuó con su trabajo. Añadió varias líneas más finas y dibujó runas con la otra tiza de color naranja.

Como último componente de su creación artística añadió un símbolo en el centro del cuadrado, en el suelo, que unió con trazos a las líneas exteriores que había dibujado al principio. Puso la mano sobre esa nueva runa y le dio una orden silenciosa. Una ráfaga de viento agitó su pelo y sus ropas y sintió como le fallaban las fuerzas. Hincó una rodilla en el suelo mientras apretaba los dientes.

– Supongo que funcionará… – dijo, no muy convencido.

Por ahora no podía hacer más así que tiró los pequeños trozos de tiza, dentro del cuadrado y se sentó al  lado de la chica.

Ash rasgó un poco más la tela del vestido para ver el estado de la herida del costado. No sangraba demasiado, eso era bueno ¿no? Rebuscó entre las medicinas básicas que había sacado del cinturón de la joven. Las abrió todas y cada una y tuvo que guiarse por su olfato para deducir qué contenía cada botecito.

Un grito de dolor seguido de una llamarada y el olor a carne quemada sobresaltaron al mago. Los ezrats se impacientaban y el más atrevido había encontrado la muerte cuando se acercó demasiado al dibujo del suelo.

– ¡Pues al final sí que va a funcionar mi caja! – Exclamó sonriendo.

No le prestó mucha más atención a los bichos, por ahora. Estaba centrado en desinfectar la herida con cuidado. Después le aplicó un ungüento para ayudar a cicatrizar y lo tapó todo con un trozo de venda.

Con los dedos impregnados en un líquido verde dibujó una runa sobre la tela blanca. Tenía la sensación de que en vez de curarla le había puesto un triste remiendo. A fin de cuentas él no era ni médico ni sanador y había hecho todo lo posible para evitar su muerte, de eso estaba seguro.

Con un último esfuerzo terminó de vendar parte del torso para proteger la herida, situada entre las costillas. Después se dejó caer contra la pared del fondo para recuperarse. Sólo necesitaba descansar unos segundos…

Ash no pudo evitar que se le cerraran los ojos, tenía tanto sueño…

Dos chillidos y dos criaturas calcinadas lo devolvieron a la realidad de golpe.

La primera esfera que creó al despertar empezó a apagarse y las sombras los iban cercando como también lo hacían los depredadores.

Si Theo estuviera allí estaría muerto de miedo… Ash no podía creerse que después de todo lo que había pasado en su larga vida fuera a acabar devorado porque había agotado la poca magia que le quedaba en el cuerpo…

Tres bichos más saltaron hacia el mago que permaneció impasible observando cómo los cuerpos de las criaturas se calcinaban en el mismo instante en que intentaban atravesar cualquiera de los muros invisibles de la caja que había creado con los distintos trazos del suelo y la pared.

– Me parece que al final tú y yo no vamos a conocernos –se dirigía hacia la chica que seguía inconsciente a su lado-. Es una pena, porque me recuerdas mucho a algo que intenté una vez…

La luz casi se había extinguido.

Los ojos de Ash estaban medio cerrados por el cansancio.

Los depredadores aguardaban justo en el borde del cuadrado del suelo.

– Úrsula se va a enfadar mucho.

En ese instante la luz se apagó.

Las criaturas chillaron antes de atacar.

Los muros se activaron como si fueran una cortina de fuego que devoraba cualquier cosa que intentara atravesarla. Los alaridos eran aterradores como la cantidad de criaturas que habían saltado a la vez hacia ellos dos. Los muros no aguantarían mucho y Ash lo sabía. Estaba viendo las primeras fisuras en el de la derecha.

Cogió el cuerpo de la chica y lo situó tras de sí. El héroe volvía a hacer su aparición, aunque él lo detestara. Murmuró las palabras de un hechizo para usar la última gota de magia en sus venas. Una espada mágica de color rojo apareció en su mano derecha; si iba a morir sería luchando.

El muro de la derecha fue el primero en ceder. Tres ezrasts se colaron por allí. Ash, con las piernas temblorosas, se deshizo de ellos con unos cuantos movimientos torpes de su arma. El mago sabía que cuando las criaturas atacaran en grandes grupos harían subir la temperatura de las paredes tanto que la pintura del propio hechizo se evaporaría.

Sin poder evitarlo se colaron más criaturas por la misma brecha y entonces el muro izquierdo también empezó a fallar.

Ash se defendió con su espada mágica todo lo que pudo hasta que las fuerzas le fallaron y cayó al suelo. Entonces los depredadores se abalanzaron contra él, le clavaron los dientes en los brazos que usó para protegerse la cabeza, en el torso, en las piernas… Creía que moriría allí mismo.

De repente escuchó como las criaturas aullaban de dolor y una poderosa ráfaga de aire lo envolvía con una intensa fragancia a lavanda.

– ¡Ash! –Gritó alguien desde arriba.

-Ya hemos encontrado al mago –dijo una voz femenina.

Ash apartó las manos de su cabeza. Había luz de nuevo y no tenía nada que ver con sus hechizos. Todas las criaturas que habían atacado hacía solo unos instantes estaban destrozadas en el suelo; era como si alguien se hubiera dedicado a arrancarles los miembros y las cabezas de una forma muy salvaje. El mago también se fijó en que de entre todos los cuerpos mutilados todavía salían unos pequeños girones de niebla de color rosa, sin duda, eran los restos de un hechizo.

-¿Estás bien?

El mago levantó la mirada hacia arriba, hacia el puente más cercano, por el borde del muro asomaba la brillante cabeza de Theo, con su luz había apartado la oscuridad de aquella zona. El chico todavía llevaba la cara pringada con el ungüento verde. A su lado había una joven rubia cuyos ojos aun brillaban con los restos de su magia rosada. Se parecía mucho a Theo, aunque ella era unos cuantos años mayor, más alta, esbelta y menos asustadiza.

-Sí, estoy bien –dijo Ash, apoyándose contra la pared de roca que tenía más cercana mientras comprobaba que los mordiscos de los bichos no eran tan graves como él había creído en un primer momento.

El mago vio entonces como cuatro soldados de lord Velam se unían a los dos jóvenes en el puente. Ash sintió remordimientos al haber pensado tan mal de su joven amigo.

-Debemos marcharnos cuantos antes –dijo uno de los recién llegados-. Estos caminos no son muy seguros. Los ataques del enemigo han abierto varias brechas en los pisos superiores.

-Lord Velam nos está esperando en la antesala del laberinto –comentó otro soldado mirando al mago-, pero cerrará las puertas si no llegamos a tiempo.

-No esperaba menos de lord Velam –respondió Ash.

-¡Pues no tenemos más tiempo que perder! –Exclamó Theo-. Zöe, sácalo de ahí.

Ella puso los ojos en blanco.

-Siempre me toca hacerlo todo a mí  -murmuró.

Movió los labios en silencio, recitando las palabras de un poderoso hechizo. Levantó las manos y en cuestión de segundos una luz rosada envolvió a Ash. El mago sintió un agradable cosquilleo, todo un cambio después de las dentelladas de los bichos que querían comérselo. Después su cuerpo se volvió ligero y sus pies empezaron a separarse de la roca.

Ash se apresuró a garrar el cuerpo de la chica inconsciente y se lo echó al hombro.

-¿Pero qué haces? –Preguntó Theo confuso.

-¿No es evidente? –Replicó el mago cuando su cuerpo levitaba a mitad de camino entre la plataforma y el túnel.

-El Libro de las Profecías nos advirtió de esa cosa –dijo el joven, señalándola con el dedo-. Intentó matarnos.

Ash se encogió de hombros en cuanto sus pies volvieron a posarse sobre terreno firme, en el puente, justo delante de Theo.

-Nadie es perfecto –le dijo con una media sonrisa ladeada- y yo tengo debilidad por las cosas raras. Me recuerda mucho a…

-Es una Drakolía, una herramienta del Ejército de la Hermandad de los Dragones –le interrumpió el chico muy preocupado-. No creo que sea buena idea que te lleves a ese monstruo como si fuera una mascota.

-No es un monstruo.

-Es cierto, es una jovencita como tú –dijo Zöe.

La joven había apartado la maraña de pelo blanco de la cara de la chica que el mago todavía llevaba echada al hombro como si fuera un fardo. Theo se acercó con cierto reparo y también la observó.

-No es como yo –replicó molesto-. Tiene cuernos; y una cola; y garras.

-Eso la hace más interesante ¿no crees? –Ash le guiñó un ojo, se estaba divirtiéndome mucho a costa del chico.

En ese momento se escucharon unos gritos procedentes desde la parte superior de la cueva. Todos levantaron las cabezas y vieron como varias siluetas se asomaban por allí. Sus gritos de guerra y esos ojos rojos eran inconfundibles.

-Dreidres –dijeron Ash y Theo a la vez.

-Si nos damos prisa podremos llegar hasta la entrada del laberinto antes que ellas –explicó uno de los soldados que ya se había encaminado hacia la parte izquierda del puente-. Nosotros estamos más cerca de lord Velam.

-¡Ash, no dijiste que no podían pasar por las mazmorras! –Replicó Theo, asustado.

-Te recuerdo que están dejando mi castillo lleno de agujeros. Esas sabandijas pueden meterse por cualquier lado. Pero no pienso quedarme aquí para darles la bienvenida.

El mago no dijo nada más y echó a correr detrás del soldado que se había metido por el túnel en la pared de roca, hacia donde llevaba el puente en el que se encontraban.

-¡Otra vez corriendo! –exclamó Zöe exasperada.

-Si no quieres vértelas con las Dreidres… -dijo Theo mientras se unía a la carrera.

-¿Quiénes son esas Dreidres? –Preguntó ella con curiosidad y esforzándose por alcanzar al chico.

-Unas guerreras horribles que se harán abalorios con tus ojos, orejas o cualquier cosa que les guste de tu cuerpo –explicó él con la respiración entrecortada.

-Eso me gustaría verlo…

El grupo cruzó rápidamente el puente. Seguían el camino marcado por el soldado que iba a la cabeza y sabía hacia donde deberían dirigirse, hacia la entrada del laberinto.

En cuanto Theo abandonó la cueva la oscuridad se apoderó del lugar y una infinidad de ojitos amarillos volvieron a abrirse, tenían puesta toda su atención en las nuevas presas para esa noche.

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