LA HERMANDAD DE LOS DRAGONES CAPÍTULO 11: THEO

MARÍA DEL MAL Y JOSÉ FERREIRA LIJÓ

CAPÍTULO 11: THEO

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Theo observaba a la Drakolía en silencio. Su aspecto le parecía inquietante; todavía podía apreciar los vestigios del monstruo que había sido. El deplorable aspecto de su ropa manchada de sangre y el torso vendado casi consiguieron que sintiera lástima. ¡No! Él no iba a dejarse embaucar como Ash y Zöe.

-No estoy mintiendo –dijo ella y se limpió las lágrimas sin apartar su intensa mirada de Theo.

-No te creo, Drakolía –replicó el chico.

-¿Por qué la llamas así, Teddy? –Preguntó con curiosidad Zöe.

-Porque eso es lo que es –explicó Theo.

-¿Y qué soy?

-Ya lo he dicho, una Drakolía –insistió el joven en llamarla así.

– ¿Se puede saber qué es una Drakolía? –Preguntó la chica sin memoria con el ceño fruncido.

-Tú –respondió Theo señalándole con el dedo-. Bueno, ahora te faltan las alas y…

-¡Alas! –Exclamó ella con los ojos muy abiertos. Después giró la cabeza para mirarse por encima del hombro y con las manos intentó alcanzar su espalda-. ¿Cómo voy a tener alas?

-¿Qué más da cómo sea o lo que sea? –Intervino Ash encogiéndose de hombros.

-Sigo sin entender cómo puedes aceptarla después de lo que hizo –replicó Theo girando la cabeza hacia su amigo e ignorando a la chica.

-Soy un antiguo –se encogió de hombros el mago-. No puedo resistirme a ayudar a una damisela en apuros –añadió burlón.

-No es un asunto para tomárselo a broma, Ash –replicó Theo, estaba empezando a enfadarse, otra vez-. El Libro de las Profecías ya nos advirtió sobre ella: Pertenece a la Hermandad de los Dragones y es un monstruo que ha intentado matarte.  ¿Qué más necesitas para darte cuenta que es muy peligroso para nosotros, para ti, tenerla tan cerca?

-¿Qué yo he intentado matarlo? –Preguntó la joven más sorprendida que antes por lo que estaba escuchando-. ¿Por qué?

Los dos ignoraron a la joven, estaban demasiado inmersos en su discusión.

-¿Si me aparto un poco estarás más tranquilo? –Preguntó Ash con una sonrisa ladeada.

-¿Por qué siempre te burlas de mi cuando te hablo de cosas serias? –Preguntó Theo adoptando esa expresión tan seria que poco tenía que ver con su edad-. Ya ignoraste una vez mis advertencias y ahora tienes que huir de tu castillo para salvar la vida; Espero equivocarme en esta ocasión, porque estarías perdiendo algo mucho más importante que tu hogar.

-No he perdido ni pienso perder nada, Theodorick –replicó el mago mientras cambiaba un poco su postura y volvía a acomodarse en el suelo donde estaban sentados.

-Deja de llamarme así.

-Mi castillo solo ha sido invadido por una plaga de bichos indeseables a los que voy a exterminar en cuanto encuentre el veneno adecuado –explicó el mago sin perder su sonrisa.

-Sigues negando lo obvio, como siempre.

-No. Eres tú quien no ve más allá de lo que tiene en las narices. Hasta que liberes tus pensamientos seguirás sin disfrutar de la vida –fue la extraña respuesta del mago.

-Lo que tú digas…

Theo estaba enfadado y cansado de discutir siempre con Ash. No había terminado de entender sus últimas palabras, tampoco le importaba. Si no querían aceptar que llevar con ellos a la Drakolía era una locura él poco podía hacer para convencer a los dos magos. Esperaba que el tiempo le diera la razón.

Theo se puso entonces en pie, no soportaba estar allí sentado ni un segundo más. La Drakolía había clavado su mirada roja en él de una manera que le gustaba tan poco como la testarudez de Ash y Zöe.

-¿A dónde vas? –Preguntó la maga cuando vio como el chico se sacudía el polvo de la ropa y se colgaba su bolsa al hombro.

– Ya que no vais a hacerme caso ni a mí ni al Libro de las Profecías, voy a ver cómo le va a lord Velam con la puerta del laberinto. Os dejo jugar con la Drakolía. No os molestéis en llamarme cuando vuelva a intentar arrancaros la cabeza a alguno de los dos.

-¡Yo no hago esas cosas! –Protestó la chica.

Él la ignoró. Dio media vuelta y se marchó.

-¡Teddy! No te enfades. Habla conmigo… -la joven se estaba poniendo también en pie.

-Déjalo, Zöe. Necesita aclararse un poco esa cabeza iluminada

La maga miró preocupada como su hijo se alejaba de ellos, pero no hizo nada más.

 

*     *     *

 

Theo estaba realmente furioso y era mejor para todos que mantuviera las distancias. No era el momento ni el lugar para discutir con el mago. No quería que toda la gente que estaba en la cueva se fijara en ellos o se preocuparan. Ash ya se había encargado, a su manera, de tranquilizar a lord Velam y a todos cuando llegaron a la antesala donde estaba la puerta del laberinto. Les había mentido sin pestañear. Toda la odisea que tuvieron que pasar para llegar hasta allí quedó reducida a unas cuantas frases: “Theo me avisó de lo que estaba ocurriendo y usamos la antigua ruta de provisiones del castillo para llegar hasta aquí. Tuvimos algunos contratiempos… Nada que un mago como yo no pudiera solucionar. Como veis, estamos bien”.

Esa fue la escueta explicación. Ash también comentó, casi de pasada, que la chica herida que estaba con ellos era la nueva aprendiza de Zöe y que él mismo había ido a recogerla la noche anterior al pueblo del valle. Theo estuvo a punto de protestar, pero su madre se adelantó. En lugar de decir que llevaban con ellos a un auténtico monstruo, la maga se apresuró a añadir más detalles a la mentira de Ash, diciendo que la joven era una khum, hija de su mejor amiga a quien quería casi como si fuera una hermana. Seguro que los dos ya se habían puesto de acuerdo para presentarla de aquella manera.

Theo no entendía el motivo por el que los magos habían decidido ser tan protectores con la Drakolía. Si por él fuera la habría dejado en el fondo de abismo para que se la comieran los monstruos. Sin embargo no había tenido ni voz ni voto sobre el asunto.

Theo sacudió la cabeza. Era una tontería seguir dándole vueltas al asunto porque no le llevaría a ninguna parte. Tal y como le había dicho a Zöe, se acercó hasta la puerta de entrada al laberinto. En realidad solo pudo llegar hasta el cordón de la escolta privada de lord Velam. Sus hombres se habían desplegado para mantener a todos los curiosos a una distancia considerable de las tres figuras que hablaban en frente de la entrada.

Lord Velam era el más bajo y mayor de los tres. Atendía en silencio lo que le estaba diciendo un joven alto, quien se le parecía bastante, y el capitán de la guardia, enfundado en su armadura roja y con el símbolo de Ethera en el pecho; la hermosa flor por la que era famoso el valle que rodeaba la fortaleza.

Theo no pudo captar una sola palabra de la conversación, estaba demasiado lejos y los tres personajes se esforzaban por hablar en susurros. El chico se fijó en los gestos de lord Velam, parecía algo nervioso por la manera en que señalaba con ambas manos a la puerta dorada. ¿Tanto costaba abrirla?

Según Ash debería ser un ritual de diez minutos, como mucho. Solo hacía falta la llave del lord y seguir el orden exacto de los hechizos. Sin embargo ya hacía más de media hora que llegaron a la antesala del laberinto  y no parecía que la puerta quisiera abrirse.

Theo estaba preocupado. El hecho de saber que las Dreidres corrían a sus anchas por los pasillos solo conseguía aumentar su intranquilidad. Creía que en cualquier momento las guerreras los atacarían y no podrían escapar de allí porque la entrada al laberinto seguía cerrada.

Se fijó entonces en las tablillas que habían colgadas en el muro de roca tallada, alrededor de la puerta. En total eran cinco: una a cada lado, dos en las esquinas superiores y una última, más grande, en el centro de la parte superior. Desde donde él estaba era imposible leer el texto que podía intuirse en cada tablilla, pero conociendo al mago supuso que serían frases tan poco coherentes como lo era él.

Theo quería acercase hasta allí y escuchar la discusión entre las tres personas que no dejaban de señalar los hechizos en el muro. No se movió de donde estaba porque los soldados frente a él lo estaban mirando de una manera muy extraña y no sabía el motivo. Tampoco es que pudiera hacer nada allí de pie, así que decidió buscar una zona solitaria dentro de la cueva. Iba a ser una tarea difícil porque todos los supervivientes del castillo estaban allí. Eran unas cincuenta personas entre los nobles, sus familias y los sirvientes. La gran mayoría se habían reunido en grupos sentados en el suelo; otros no paraban de ir de un lado a otro nerviosos y los más tranquilos se esforzaban por ayudar a que el resto estuviera bien, sobre todo a los niños.

Zöe también había echado una mano al llegar. Después de atender a la Drakolía y al mago se encargó de los heridos de mayor gravedad. Ahora solo quedaba un puñado de personas con daños muy leves en quienes no iban a desperdiciar la magia.

Theo observó la cueva, por segunda vez. Los altos muros de roca estaban cubiertos de escaleras, o lo que quedaba de ellas en algunos casos, que conectaban la parte baja con un gran número de aberturas en las paredes. Como ya había comprobado al llegar, eso agujeros con arcos apuntados eran las salidas de los innumerables túneles que recorrían las entrañas del castillo. Algunas aberturas estaban tapiadas por derrumbes, otras tenían verjas que no se habían abierto en muchos años y junto a las únicas salidas que parecían practicables estaban apostadas una pareja de soldados.

Después de lo que Theo había visto y vivido esa noche sabía que los hombres de lord Velam no podrían detener a las Dreidres. Ahora solo podía rezar a los Dioses para que el lord consiguiera abrir la puerta a tiempo.

Theo se sentó en el suelo, entre dos grupos de civiles que dejaron de hablar por unos instantes y se fijaron en él ¿Por qué lo miraban como si fuera un monstruo? Entonces se dio cuenta de que algunos empezaron a cuchichear. ¡Lo que le faltaba para rematar la noche!

Como no entendía porque lo hacían decidió ignorarlos y sacar su preciado Libro de las Profecías. Lo abrió por la última página escrita con tinta negra. Releyó los párrafos que relataban, de aquella manera tan extraña, lo que él había vivido junto a Ash. No quería recordar el encuentro con las Dreidres, todavía se le erizaba en cabello de la nuca cuando pensaba en ellas…

-¡Hola, Theo! –Le saludó alguien con demasiado ímpetu.

Él cerró el libro de golpe y giró la cabeza hacia un lado, sorprendido.

-Ho… hola, lady Estela.

Theo la reconoció en seguida, era la jovencísima hija de lord Velam, de catorce años. Desde que se conocieron la chica siempre aprovechaba cualquier excusa para acercarse a hablar con él.

-¿Qué estáis haciendo aquí solo? –Preguntó con su acostumbrada curiosidad mientras se sentaba a su lado.

Demasiado cerca, como de costumbre y Theo se sintió incomodo, como siempre.

-Pen… pensar…

-¿Por eso vuestro pelo parece de fuego?

Theo sintió como se ruborizaba. Se había olvidado por completo del hechizo del mago y ahora solo podía sentir vergüenza. Miró hacia todas partes nervioso, quería hacerse un ovillo y desaparecer. Hundió la cabeza entre los hombros y subió todo lo que pudo el cuello de su capa sin conseguir ocultar la luz de su cabeza.

-¡Ohhh! ¡Es muy suave!

Theo enrojeció aún más cuando ella hundió los dedos entre sus cabellos sin dejar de sonreírle de esa manera tan encantadora.

-Y no quema… -dijo con dulzura mientras continuaba acariciándole el pelo-. ¿Cómo lo habéis conseguido?

-Es… es una de las bromas de Ash –confesó en voz baja al cabo de unos instantes.

-¿Una broma? Pues no la entiendo.

Estela se sentó de nuevo, suplicando una explicación con esos enormes ojos oscuros clavados en él.

– Necesitábamos luz cuando huíamos… y esto fue lo único que se le ocurrió a Ash – dijo malhumorado a la vez que señalaba hacia su cabeza-; convertirme en una antorcha con piernas.

La chica se tapó la boca al reírse, era un gesto que solo se veía entre la aristocracia.

-Ashton es muy ocurrente –dijo ella un poco después y se puso un mechón de cabello oscuro detrás de la oreja.

-Demasiado… ¡Estoy ridículo! –Theo sonaba muy frustrado.

-En absoluto. Me recordáis a los ángeles que hay en los cuadros de la biblioteca –dijo lady Estela con ojos brillantes.

-No os riais de mí. ¡Parezco un fantoche! Ahora entiendo porque la gente me ha estado mirando mal y cuchicheando…

-¡No digáis tonterías! Seguro que están tan maravillados como yo por vuestro hermoso cabello, pero creo que también sienten curiosidad; además, tenéis algo en la cara…

-¡Qué tengo en la cara! –Exclamó Theo.

Lady Estela fue más rápida, rozó con suavidad la mejilla del chico y después le mostró los dedos manchados de una sustancia verdosa.

-Podrían haberme dicho que aún llevaba el ungüento –murmuró él y miró de reojo hacia el lugar donde se encontraban los dos magos, riendo junto a la Drakolía-. Voy a quitarme esta porquería de la cara.

Theo abrió su bolsa y empezó a rebuscar entre sus cosas.

-¿Por qué lleváis ese ungüento? ¿Para qué sirve?

-Me… di un golpe… cuando escapábamos. Ash me puso esto para evitar que el ojo se hinchara, pero ya estoy bien.

Sacó un pañuelo de tela.

-Dejadme a mí.

Estela no le dio opción a replicar y se lo arrebató de la mano. Después volvió a acercarse, demasiado. Theo aplastó todo lo que pudo su espalda contra la roca. Quería apartarse, no podía.

-¿Os hago daño? –Preguntó ella al verlo tan rígido.

-No, no… Es solo que huele muy mal… -intentó disimular.

-Un poco, pero no importa –se encogió de hombros sin dejar de sonreír y retirar el ungüento-. Ya está. Ahora sí que volvéis a ser tan hermoso como un ángel.

-Gra… gracias –las palabras se le atragantaron.

¿Había oído bien? ¿Estaba hablando en serio o se burlaba de él? De repente no podía pensar, estaba paralizado, observando como lady Estela doblaba el pañuelo con cuidado de mantener la parte manchada hacia dentro. Entonces recordó la conversación que tuvo con Ash:

 “-… Las sirvientas del castillo no han parado de cotorrear sobre ti desde el día en que llegaste. Decían que si Theo es muy guapo, que si parece un caballero, que si esto, que si lo otro…

– ¡No es verdad!

– Que tú no lo oyeras porque tenías la cabeza metida en ese librito no significa que no sea verdad. Puedes preguntarle a lord Valem. ¡Mejor aún! Si te atreves, puedes preguntárselo a lady Estela, su hija, cuando la veamos en el laberinto.”

-Tomad –le devolvió el pañuelo.

Theo tardó unos instantes en reaccionar. De una manera muy torpe lo cogió de sus manos y lo guardó en algún lugar que no podría recordar más tarde. Ella se sentó de nuevo a su lado y se apoyó un poco en él.

-No puedo creer que nos esté pasando esto –dijo suspirando-; quiero pensar que es solo una pesadilla y que mañana por la mañana me despertaré en mi habitación…

-No… no os preocupéis –se esforzó mucho para que su voz sonora normal-. En cuanto vuestro padre abra la puerta del laberinto estaremos a salvo.

-Pero tendremos que abandonarlo todo.

-Ash recuperará el castillo, no os preocupéis.

Ella se incorporó y lo miró con mucha intensidad.

-¿Habláis en serio?

Theo asintió.

-Lleva repitiéndomelo desde hace horas…-dijo con intención de tranquilizarla.

-¿Y le ayudareis?

-Haré lo que pueda…

-Sois mi héroe. -Lady Estela cogió una de sus manos y se la estrechó con cariño entre las suyas.

¿Cómo podía decirle esas cosas tan a la ligera? Su corazón estaba acelerado, otra vez sentía el calor subirle por las mejillas y la cabeza derretirse como si fuera queso fundido. Pero él no había hecho nada heroico en toda su vida y el simple hecho de ayudar a Ash a recuperar su castillo no creía que entrara dentro de esa categoría.

Theo no sabía qué decir ante ese comentario y desvió la mirada, nervioso, de un lado a otro hasta que se fijó en las tres figuras que se alejaban de la puerta del laberinto. Lord Velam iba al frente y andaba con paso decidido hacia otra parte de la cueva. Le seguían muy de cerca el joven alto y el capitán.

Lady Estela también giró la cabeza en la misma dirección hacia donde estaba mirando el chico.

-¿A dónde van mi padre y mi hermano? –Preguntó en voz alta lo que Theo pensaba- ¿No han conseguido abrir la puerta?

Ella se puso en pie con más agilidad de la que aparentaba. Él la imitó, aprovechando el momento para alejarse un poco.

La gente también se había percatado de que el lord no había conseguido abrir la puerta y los comentarios pronto se convirtieron un murmullo de preocupación.

Theo quería saber más. Seguía preocupado, aunque en la antesala de laberinto parecía que estuvieran a salvo él sabía que no era así. La Hermandad de los Dragones se extendía por el castillo como una plaga con las Dreidres como avanzadilla. Era cuestión de tiempo que llegaran hasta allí.

El joven echó a andar también hacía donde el trío se dirigía.

Theo y lady Estela llegaron hasta donde estaban los magos y la Drakolía al mismo tiempo que lord Velam y sus dos acompañantes.

-¡Conozco esa expresión, lord Velam! Vais a darme una mala noticia. –Fue lo primero que dijo Ash sin moverse de donde estaba recostado.

-Eso me temo, Ashton –respondió el hombre con un profundo suspiro-. No conseguimos abrir la puerta al laberinto –añadió en un susurro.

-¡Eso es imposible! –Replicó el mago incorporándose, molesto-. Solo necesitáis recitar los hechizos en el orden que os dije y usar vuestra llave. No hay más misterio.

-Os suplico que bajéis la voz. No queremos asustar a la gente más de lo que ya está.

Ash miró hacia el resto de la cueva con expresión indiferente. No parecía nada interesado en qué podrían pensar o sentir los demás.

-Hemos repetido el proceso tres veces –explicó el hombre para recuperar la atención del mago.

-También hemos probado con la opción de seguridad –se apresuró a añadir el hijo del lord-, tampoco funciona.

-¡Demonios!

Ash se quedó unos instantes con la mirada perdida en un punto indefinido, sus labios se movían muy deprisa, pero nadie conseguía entender ni una sola palabra de lo que estaba murmurando. De repente sacudió la cabeza y se puso en pie despacio, parecía demasiado agotado.

-¿Os encontráis bien? –Preguntó lord Velam.

-Perfectamente –respondió el mago aunque las manchas oscuras y la palidez de su rostro indicaban todo lo contrario.

-¿Puedo ayudar en algo? –Intervino Zöe, levantándose del suelo con los ojos brillantes.

-No te molestes -dijo él-, seguro que es una menudencia. Quédate con Agatha, no deberíamos dejarla sola.

Ash y Zöe se miraron durante unos instantes de una forma muy significativa. Theo se preguntaba qué más estarían tramando.

La Drakolía no se dio cuenta de este detalle, aún seguía sentada en el suelo y envuelta en una capa oscura. Theo la miró con desconfianza, si no recordaba nada cómo es que el mago había empezado a llamarla por su nombre.

-Tienes razón –respondió Zöe un poco desilusionada y volvió a sentarse.

Ash echó a andar al frente del grupo. Theo también los siguió, quería saber el motivo por el que la puerta no podía abrirse, aunque ya había empezado a barajar varias teorías al respecto y ninguna era muy esperanzadora. Debería consultar el Libro de las Profecías, aunque sus palabras eran enrevesadas estaba seguro de que la información que podría leer en sus páginas sería de gran ayuda para la situación en la que se encontraban.

Los soldados que custodiaban la puerta del laberinto se apartaron para dejar el camino libre al mago y sus acompañantes, pero no a Theo. Él se detuvo frente a los hombres cuando cerraron el círculo sin decir una sola palabra, no hacía falta, sus acciones hablaban por sí solas.

-¡Ash! –Lo llamó él.

El mago se giró. Parecía que hasta ese momento no se había percatado de la presencia del joven.

-¿Puedo ayudar? –Fue lo único se le ocurrió decir a Theo, aunque en realidad quería gritar muchas otras cosas.

Ash sonrió, seguro de sí mismo.

-Vete a jugar con tu librito y no te preocupes. Lo tengo todo bajo control.

El mago le dio la espalda para dirigirse hacia la entrada del laberinto.

Theo no le había creído ni por un momento. A esas alturas había aprendido que cuando Ash decía que lo tenía todo bajo control en realidad significaba que estaban en problemas.

Si antes estaba preocupado por la posibilidad de que las Dreidres los encontraran allí, ahora estaba seguro de que iba a ser un hecho.

Theo observaba a Ash. El mago estaba examinando las tablillas mágicas colgadas en la pared. Después palpó la puerta unas cuantas veces con ambas manos. Intercambió algunos comentarios con el grupo junto a él, se rascó la cabeza y volvió a repetir el proceso. Era un poco exasperante observarlo desde aquella distancia y no saber más, aunque la base del problema saltaba a la vista: no se podía abrir la puerta.

-Volvamos con vuestra madre –dijo lady Estela agarrándole del brazo-. Aquí no podemos hacer nada y quiero que me presentéis a la chica khum.

Theo dio un respingo y la miró de reojo, no se había dado cuenta de que la tenía al lado hasta ese momento, demasiado cerca.

-¿Qué? –Acertó a decir.

-La ayudante de vuestra madre –repitió ella estirándole del brazo con insistencia-. Nunca he conocido en persona a ningún khum.

Theo no se opuso. Lady Estela tenía razón, poco podían hacer allí y él quería sentarse en algún lugar a consultar su libro.

La joven lo arrastró por la cueva como su fuera un muñeco.

-Saludos, lady Zöe –dijo ella al llegar hasta donde la maga se encontraba hablando con la Drakolía.

-Hola lady Estela  ¿cómo os encontréis?

– Bien, supongo… –se encogió de hombros.

-¿Y vuestra familia? –Preguntó Zöe.

-Gracias a vuestra ayuda se han salvado todos –explicó dejando escapar un suspiro de alivio-. Pudimos alcanzar los túneles antes de que empezara el ataque. No quiero ni pensar en lo que podría haber ocurrido…

-No les deis más vueltas a esos pensamientos –dijo la maga sacudiendo la mano-, si no queréis que os salgan arrugas antes de tiempo.

-¿Ya tengo arrugas? ¿Con catorce años? –Preguntó alarmada la joven y se llevó las manos a la cara.

-No. Tenéis una piel preciosa –dijo Zöe para tranquilizarla y le sonrió-. Pero es importante que empecéis a cuidarla cuanto antes. Las preocupaciones innecesarias y la falta de sueño son los principales enemigos de la belleza.

-¿Y qué debería hacer? Decidme.

A Theo no le interesaba la conversación lo más mínimo, se sentía fuera de lugar y tampoco sabría qué decir. No podía marcharse, Lady Estela aún lo sujetaba por el brazo y no parecía que estuviera dispuesta a dejarlo marchar.

– Ejem –carraspeó un            poco el joven para llamar la atención de las tres chicas-. Me encantaría quedarme a discutir sobre el apasionante tema de la belleza femenina… pero tengo que… tengo hablar de algo muy importante con Ash –acertó a decir un poco nervios-. Me acabo de acordar ahora…

Lady Estela le dedicó una mirada cargada de decepción. Parecía suplicar a Theo que se quedara allí.

-Volveré enseguida –se apresuró a añadir él, forzando una sonrisa.

-Os suplico que volváis cuanto antes –dijo la chica con un tono demasiado infantil y entonces lo soltó.

El joven respiró aliviado. Lady Estela se sentó en el suelo junto a la maga y continuaron con su conversación sobre las arrugas.

Theo volvió a alejarse de ellas. Buscó un lugar en el que poder esconderse de la mirada de la hija de lord Velam y lo encontró tras un grupo de gente que estaban de pie hablando sobre la situación en la que se encontraban. Ellos también parecían preocupados.

El joven se arrodilló en el suelo. Por fin, un momento para hacer lo que llevaba un buen rato deseando hacer. Sacó el Libro de las Profecías y volvió a pagar el precio de la sangre para acceder a sus secretos.

Theo se centró completamente en la última página, donde el futuro volvía a reescribirse sin cesar en violeta. Las palabras, frases enteras mutaban tan rápido que era imposible entender algo… hasta que de repente el texto se volvió rojo:

“Las Dreidres conquistarán, destruirán y arrasarán. Sus pasos las extinción de los erzats será.

            Los pasadizos ya no serán secretos, ya no serán seguros; no podréis escapar por ninguno sin pagar un buen tributo.

            Ellas avanzarán y los soldados detenerlas no podrán. Retrasarlas con magia, quizás; pero hasta la antesala del laberinto llegarán.

            Las Dreidres, la muerte traerán.

            Sin embargo hay una posibilidad, tus manos podrán tocar lo que en el tiempo no se ha sabido cuidar y la esperanza renacerá.”

El Libro de las Profecías no había contado nada nuevo acerca de las Dreidres y lo que podían hacer. Lo único que había llamado su atención era la última frase. Por unos momentos se miró las manos extrañado. No había nada fuera de lo normal, salvo por las vendas en sus dedos… ¿Y qué era eso de lo que en el tiempo no se ha sabido cuidar? No entendía nada.

-¡Ayuda! –Gritó alguien.

Todos los presentes dirigieron su atención hacia uno de los túneles que se encontraba en la parte más alta. Los centinelas allí apostados estaban ayudando a otro compañero herido a descender las escaleras.

Cuando llegaron abajo lord Velam ya los estaba esperando junto a su hijo y el capitán de su escolta. Ash se les unió unos instantes después, le había costado demasiado moverse.

Zöe, la Drakolía y lady Estela llegaron hasta el grupo a la vez que Theo, a tiempo de escuchar las palabras del soldado herido:

-El enemigo ha tomado tres de los pasadizos secretos de la zona sur –hizo una pausa para tomar aire-. Mi unidad consiguió bloquear uno, pero no los otros dos. Se acercan rápido.

Las malas noticias se extendieron entre la gente que también se había reunido alrededor de las escaleras para saber qué estaba ocurriendo. Pronto empezaron los gritos de pánico entre los más asustadizos.

-¡Silencio! –Ordenó Ash de repente y todo el mundo enmudeció -. Así no se puede pensar.

Después instó al lord para que continuara.

-Mantengamos la calma –dijo en voz alta lord Velam para intentar tranquilizar un poco a la gente-. ¿Cuánto tiempo tenemos hasta que lleguen aquí? –Preguntó al soldado que tenía delante.

-Unos diez minutos, es lo que yo he conseguido sacarles de ventaja.

Los murmullos empezaron de nuevo, aunque nadie se atrevía a alzar la voz como antes.

-¡Demonios! Necesito algo más de tiempo para abrir la puerta –dijo el mago rascándose la barbilla.

-Haremos lo que esté en nuestra mano –respondió el lord con solemnidad y después se dirigió hacia el capitán de su guardia-. Reunir a la gente allí, parece la zona más segura y alejada del peligro. Reforzar la vigilancia en las salidas de los pasillos más vulnerables y preparaos para contener el ataque.

-¡Cómo ordenéis!

El capitán se giró hacia los soldados y empezó a organizarlos según las órdenes de lord Velam. En unos instantes ya había dos grupos bien diferenciados. El primero, y más numeroso, subía las escaleras que llevaba hasta las salidas de los dos túneles por donde supuestamente iba a llegar el enemigo; el otro, se dedicaba a instar a la gente a que se agrupara en la zona que su superior había designado para su seguridad.

-Esta noche está siendo movidita –dijo Zöe en voz baja-. Teddy, cuida de Agatha.

-No necesito que nadie cuide de mi –replicó la Drakolía envuelta en su capa prestada.

-¿Cómo sabes su nombre? –Preguntó Theo en un susurro -¿Y por qué tengo que cuidar de ella?

-Como no recuerda nada estuvimos sugiriéndole nombres para poder llamarla de alguna manera –explicó la maga-. Al final eligió Agatha de la lista que Ash propuso y yo perdí mi apuesta.

-¿Qué te apostates con él? –Preguntó el joven preocupado.

-Un favorcillo de nada  -dijo ella sonriendo nerviosa mientras se alejaba del chico hacia donde lord Velam estaba.

-¡Qué! –Theo se le acercó.

-Mi ayuda para arreglar las catacumbas del castillo cuando lo recuperemos –confesó con desánimo.

-Como se te ocurre… -Theo no pudo acabar la frase, su madre tenía puesta toda su atención en lord Velam.

-Si no necesitáis nada más debería asistir a mis hombres, Ashton…

-¿Puedo ayudar en algo? –Irrumpió Zöe en la conversación.

-¿Te pican las manos? –Preguntó Ash con una sonrisa y alzando una ceja.

-Nada que unos cuantos hechicitos no puedan solucionar –respondió ella con los ojos demasiado brillantes.

-Creo que nos ayudaríais mucho si pudierais asistir a mis soldados en contener el ataque –dijo lord Velam-. Aunque no querría que corrierais riesgos innecesarios…

-No os preocupéis por mí.

-El capitán Rafas os informará de la estrategia de defensa –explicó el lord-. Está en esa plataforma.

El hombre señaló al soldado con la armadura roja y el símbolo de la flor de Ethera en el peto.

-En un segundo estaré lista.

-Muchas gracias por vuestra ayuda, lady Zöe. –Inclinó la cabeza a modo de saludo-. Si me disculpáis, tengo que ayudar a mis hombres.

-¿Estas segura de lo que vas hacer? –Preguntó Ash cuando el lord se marchó.

Ella asintió con la cabeza mientras se quitaba la capa y la doblaba con meticulosidad para guardarla después en el bolsito rosa y mágico que llevaba colgando en la cintura. Lady Estela y la Drakolía lo observaban todo en silencio y con el miedo reflejado en sus rostros.

-¿Qué le pasa a la puerta, Ash? ¿Por qué no puede abrirse? –Fue Theo quien se atrevió a preguntar en voz alta lo que todos estaban pensando.

-Es lo que estoy intentando averiguar –se encogió de hombros-. Seguro que es una tontería de nada.

-Pues como no te des prisa no vamos a salir vivos de aquí –dijo el joven con el rostro muy serio.

-No seas tan melodramático, Theodorick.

-No me llames así.

Ash le dedicó una sonrisa socarrona, cuanto más le demostrara que le molestaba que utilizara su nombre entero el mago más lo usaría. Era así de retorcido.

-Y no soy melodramático. Estamos atrapados, las Dreidres van a atacar en minutos y a ti parece que no te preocupa nada. No entiendo cómo puedes estar tan tranquilo.

-Porque ponerse histérico no va a solucionar nada; y porque tu madre va encargarse de mantener a esas malnacidas en su sitio –sonrió de una forma muy siniestra.

Zöe se estaba recogiendo el pelo en una coleta alta.

– ¿No confías en mí, Teddy?

-No es eso. Es solo que en mi libro he leído que…

Ash levantó una mano para que se callara.

-Si en tu librito no dice cómo podemos abrir la puerta más rápidamente, no me interesa –dijo con un tono frío.

-Pero…

-Sush. Vete a sentarte con las niñas y deja a los adultos trabajar –el mago le dio un empujoncito hacia las dos jóvenes que no se habían atrevido a decir una palabra.

Theo se detuvo a unos cuantos pasos de las dos chicas. Lady Estela lo miraba asustada, parecía que estaba a punto de echarse a llorar; La Drakolía se esforzaba por esconder su miedo tras un ceño fruncido, pero tenía los dedos temblorosos. Theo se sintió impotente en ese instante, él también quería hacer algo por ayudar, por salvar a toda la gente en la cueva, incluyendo a la chica sin memoria. Se giró de golpe y gritó.

-¡Ash!

El mago se alejaba hacia la puerta del laberinto e ignoró su llamada.

-Ya estoy lista –dijo Zöe con excitación.

-¿Por qué siempre me ignora? –Preguntó con rabia.

-Supongo que es porque está acostumbrado a hacer las cosas a su manera y porque es demasiado orgulloso –dijo ella con un suspiro.

-Pero mi libro ya le ha demostrado –miró de reojo a las dos chicas que seguían la conversación-… ya le ha ayudado y creo que puede volver a hacerlo ahora.

-¿Cómo?

Theo cogió a Zöe del brazo y la apartó de las dos jóvenes, no quería que escucharan lo que iba a decirle.

-Con la última predicción –explicó en susurros-, aunque no estoy muy seguro. Habla del ataque de las Dreidres, algo que ya sabemos que va a ocurrir. Pero lo que me ha llamado la atención ha sido la última frase: tus manos podrán tocar lo que en el tiempo no se ha sabido cuidar y la esperanza renacerá.

La maga cogió las manos de su hijo y las examinó buscando algo especial; las palmas, el dorso, los dedos…

-¿Qué es lo que tienes que tocar, Theo? –Solo cuando hablaba en serio lo llamaba así.

-No lo sé. Y tampoco entiendo por qué tengo que hacerlo yo. No soy nadie…

Zöe le sonrió con dulcura. Entonces le acarició la mejilla donde aún quedaban algunos restos de ungüento verde.

-Nunca se sabe –se encogió de hombros-. Tengo que irme o tus predicciones se volverán más sangrientas.

Zöe se inclinó y le dio un beso en la mejilla. Pocas veces le demostraba su afecto de esa manera. Su fragancia a lavanda le envolvió y por unos momentos Theo se sintió transportado a la seguridad de su hogar.

-Ten cuidado, mamá.

La maga sonreía un poco nerviosa. Miró por unos instantes hacia las dos jóvenes que había tras el chico. La expresión de Zöe se volvió seria, como si de repente estuviera preocupada por algo más.

-¿Qué ocurre? –Preguntó Theo a la vez que se giraba hacia donde ella estaba mirando.

Lady Estela y la Drakolía seguían allí de pie sin esconder su miedo.

-Nada –le respondió la maga sacudiéndole el pelo con una mano-. No hagas ninguna locura, Teddy.

-Eso debería decírtelo yo a ti –el joven le sonrió también.

La maga se separó de su hijo unos cuantos pasos y dijo:

Lévitâre.

Sus ojos se iluminaron por unos instantes con una luz rosada y en seguida empezó a flotar hacia el capitán Rafas, situado en la salida más alta de uno de los túneles por donde esperaban el ataque.

-Reuniros con los demás –dijo entonces un soldado a los tres jóvenes-. Aquí estáis en peligro.

Obedecieron sin replicar. Theo no paraba de volver la cabeza hacia atrás para ver lo que su madre estaba haciendo. Seguía levitando como si fuera una mariposa y movía sus brazos para dirigir su hechizo.

Los tres jóvenes se detuvieron junto al resto de gente en el otro extremo de la cueva. Theo continuaba observando cómo Zöe arrancaba con su poder mágico unas de las verjas de otra de las aberturas que parecían tapiadas. Después dirigió los hierros hasta situarlos en la salida del túnel por el que había aparecido el soldado herido.

La maga se posó con gracia en el borde de la plataforma y comenzó a dibujar runas alrededor del arco apuntado que hacía las veces de puerta. La cueva se llenó pronto de un aroma extraño, hierro fundido que se clavaba en la piedra.

Theo notó como la gente empezaba a murmurar a su alrededor. Algunos se maravillaban de las hazañas de la maga, como si nunca hubieran visto actuar a una tan de cerca; otros se lamentaban de la situación y se preguntaban por qué Ashton no había conseguido abrir todavía la puerta del laberinto para salvaros a todos.

-Vuestra madre es increíble –comentó lady Estela situada a su derecha.

-Es una maga muy poderosa –dijo él con orgullo.

Los gritos de las Dreidres empezaban a escucharse y solo Theo era capaz de imaginárselas corriendo por los pasillos con sus largos cuerpos. El escándalo se escuchaba cerca. La gente estaba aterrorizada y empezaron a retroceder hasta que no hubo más espacio. Se apiñaban porque no podían escapar y ellos tres acabaron engullidos por el grupo.

Lady Estela estaba muerta de miedo, sea abrazó al chico y hundió la cabeza en su pecho. Empezaría a llorar en cualquier momento. La Drakolía estaba también al lado de Theo, miraba a su alrededor muy asustada, buscando una manera de salir de allí.

-Van a matarnos muy fácilmente –dijo ella en un murmullo que él escuchó.

-¿Qué has dicho?

-Estamos atrapados en esta cueva, si consiguen entrar nos mataran a todos –habló de nuevo la Drakolía en voz baja.

-Zöe nos protegerá.

-Espero que tengas razón, pero ella es una maga y yo he contado diez posibles entradas a la cueva que nadie está vigilando…

-Pero el soldado ha dicho que solo eran peligrosos dos túneles…

La Drakolía no dijo nada más. Theo la miró con sorpresa. Los gritos de las Dreidres se mezclaban con el pánico de los civiles a su alrededor que los empujaban a los tres de un lado a otro.

-Si entran aquí será una matanza… -murmuró él.

De repente se escuchó una explosión y varios gritos. Todo el mundo se quedó en silencio y miró hacia donde la maga estaba preparando un nuevo ataque mágico en su mano derecha a la vez que recitaba las palabras de su hechizo. Cuando llegó el momento oportuno movió su mano hacia delante para lanzar una multitud de rayos a través de las verjas oxidadas con las que había tapiado la salida que tenía en frente.

Su ataque surtió efecto, pero aun así desde donde Theo se encontraba pudo ver como el brazo de una de las Dreidres muertas caía a través de los barrotes. No se detendrían hasta entrar o morir intentándolo. ¡Cómo iban a salir de ahí!

Sin que nadie se lo esperara varias Dreidres aparecieron en un uno de los túneles de los que la Drakolía había hablado. Theo volvió a sentir el mismo pánico que la primera vez que las vio. Cuatro guerreras saltaron a la escalera más cercana con agilidad y en seguida se vieron rodeadas por los soldados más cercanos. La lucha comenzó.

La gente gritó desesperada. Algunos echaron a correr, presas del pánico y subieron las escaleras buscando una salida alternativa a través de los túneles del lado opuesto al que estaba siendo atacado. Iban directos a una muerte segura.

Theo sabía que la única manera de salvarse residía en Ash quien se encontraba solo frente a la puerta del laberinto porque tanto lord Velam como sus hombres estaban ocupados repeliendo a otro grupo de Dreidres que intentaban entrar por el segundo túnel que vigilaban.

-Sígueme –ordenó a la Drakolía.

La chica no se movió. Estaba paralizada con los ojos clavados en una de las guerreras que acababa de cortarle la cabeza al soldado al que se enfrentaba. La mujer llevaba una alabarda y un casco de huesos con cuernos de minotauro.

La Dreide levantó la vista y también miró a la Drakolía, con curiosidad. Ladeó la cabeza. A Theo le pareció que ambas se conocían y sin embargo la chica sin memoria dio varios pasos atrás, tan asustada como el resto de gente que allí había.

-¡Vamos! –Gritó Theo a la vez que tiraba de su brazo.

El chico echó a correr con lady Estela de la mano también. La Drakolía los seguía con torpeza porque en más de una ocasión estuvo a punto de caerse por mirar hacia atrás, hacia la guerrera con cuernos de minotauro que seguía cercenando vidas con su alabarda.

Los tres llegaron hasta el mago. Seguía absorto en sus pensamientos, ajeno completamente a lo que estaba ocurriendo en el resto de la cueva.

-¡Ash! –Gritó Theo- ¡Nos atacan!

-No funciona –dijo.

-¡Qué! –Theo sintió el pánico como le subía a los hombros.

-Mis hechizos han perdido su poder –confesó-. Hay tan poca magia que la puerta está bloqueada.

-¡No puedes estar hablando en serio! Tienes que hacer algo o las Dreidres van a matarnos a todos.

Ash giró la cabeza hacia la batalla que estaba teniendo lugar. Los soldados no eran rivales para las guerreras; lord Velam retrocedía herido y Zöe se esforzaba todo lo que podía con sus hechizos en mantener a raya a las Dreidres que también habían alcanzado a algunos de los supervivientes que corrían aterrorizados por la cueva.

-Ni si quiera funciona el hechizo de seguridad –murmuró el mago centrándose en el chico que tenía delante.

-¿Quieres decir que no hay manera de abrir la puerta?

-No digas sandeces. Siempre hay una manera, Theodorick. Solo hay que….

-¡Déjate de tonterías y abre de una vez la maldita puerta!

Gritó Theo y en ese momento le dio un puñetazo a la superficie dorada de metal. Estaba muy furioso.

La puerta se estremeció. Hubo un chasquido extraño, como si algo se rompiera por dentro y un fogonazo de luz procedente de los siete hechizos que la rodeaban. Las tablillas en las que estaban escritos se prendieron fuego instantáneamente y se consumieron.

-¿Qué es lo que has hecho, Theo? –Preguntó Ash, sorprendido.

-¡Nada! -respondió él mirando asustado hacia la puerta.

El mago le dedicó entonces una mirada extraña que lo recorrió de arriba abajo. Casi podía verse como su cerebro pensaba aunque no iba a decir nada.

-¿Qué?

Entonces Ash empujó la puerta que se abrió despacio.

-¡Cómo…!

-Eso deberías decírmelo tú.

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